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Un mundo FILIJ

Por Alejandra Eme Vázquez:

Mi verbo más odiado es reflexivo: engentarse. Quiero decir, andar por un espacio cuyas dimensiones no son suficientes para que se muevan por él cómodamente las personas que necesitan o desean, o deciden ocuparlo. Y eso de cómodamente tiene su trampa, porque depende de cómo entienda cada quien de espacios personales e invasiones; yo, por ejemplo, soy de las que procuran tanto no molestar a nadie ni con el pétalo de mis codos en los espacios públicos, que cuando alguien no tiene las mismas consideraciones conmigo puedo llegar a niveles de amargura casi grinchescos. Odio engentarme, no tengo tapujos en confesarlo: defiendo mi espacio personal como si lo mereciera, pero a veces cedo a mi neurosis de metro cuadrado cuando se trata de experiencias colectivas en las que convivir con mucha gente significa compartir en lugar de robarse el aire. Odio engentarme, sí, excepto cuando amo con locura añadir mi humanidad a acontecimientos tan intrínsecamente gentosos como la FILIJ.

Este año, la Feria del Libro Infantil y Juvenil celebró su edición número 35 en el Centro Nacional de las Artes de la ciudad de México. Como yo trabajo ocupándome de la escolarización justamente del grupo objetivo de la feria, mis visitas siempre son en los días de caos, de encontrar todo atascado, de recorrer el caminito de entrada en carriles brevísimos que exigen a cada visitante reducirse a su mínima expresión, siguiendo las indicaciones de unos jovencitos con megáfono que insisten en CAMINAR POR LA IZQUIERDA, SI SE DETIENE EN UN STAND NO ESTORBE EL PASO. Me engento en la FILIJ porque sólo puedo ir los días y en las horas que la mayoría puede; apuesto a que hay experiencias sublimes de quien ha entrado a sus anchas, ensayando piruetas de ballet, cambiando de carril a voluntad y sin niños corriéndole enfrente. Pero al ir después de clases, los fines de semana o los días festivos, la experiencia es radicalmente distinta y a lo mejor de eso se trata: de engentarse en el sentido de hacerse más gente, por todo lo que se conecta cuando somos convocado por una actividad tan rica como la literatura y por categorías tan juguetonas como la niñez y la juventud.

“Es que leer está de moda, maestra”, me aseguró una vez una de mis alumnas. Que cuando los jóvenes están en sus grupos de amigos, sin adultos presentes, una de las actividades más apreciadas es el acercamiento a los libros, y qué libros: sagas de a cuatrocientas páginas por ejemplar, historias complejísimas de las que hay que hacer notas para asegurar el entendimiento a largo plazo, planteamientos duros que los enfrentan con situaciones nada complacientes, empatías que les exigen salir de sí mismos para entender otras formas de ser, sinsentidos en los que quisiera uno quedarse a vivir. Pero también está de moda despreciar los libros que leen los niños y jóvenes de ahora, porque ya que es indudable que las nuevas generaciones están haciendo caso a esa urgencia heredada por poner los ojos encima de los libros, ahora parece que hay que desconfiar de que eso que leen y les gusta tanto sea correcto, sea sustancioso y sea trascendente. Qué patada en la espinilla puede llegar a ser esa adultez que todo lo quiere fiscalizar y para la que nada, pero nada, es nunca jamás suficiente. Porque entonces si lees ciertas cosas no lees “tan bien” como el que lee aquellas otras, las aceptadas como canónicas por quienes se esmeran en agrupar tajantemente una producción viva en categorías muertas.

Pero éjele, que así como todos los que despreciamos Harry Potter cuando resultó best seller tuvimos que aceptarlo años después no sólo como un clásico sino como un fenómeno que marcó umbral en la literatura y hasta en el mundo, seguro que mucho de lo que ahora se pone en tela de juicio después entrará sin problemas en esa lista de lo que sí es bueno leer, de la literatura “de calidad”. Y aunque esto es una dinámica común en lo artístico, todo parece indicar que lo escrito para niños y jóvenes tiene ventajas al respecto por su particularidad de dirigirse a un grupo que no va a dudar en detenerse en seco cuando algo le parezca valioso, sin importar si produce un efecto dominó en todos los que iban detrás suyo, o de botarlo sin más cuando deja de serle interesante. Lo que pasa cuando niños y jóvenes toman cada año los jardines del Centro Nacional de las Artes es revelador en términos de humanidad, pues los espacios personales dejan de ser infranqueables para dar lugar a un espacio común en donde todos somos parte de lo mismo, sin contornos tan categóricamente definidos. No tengo dudas en que ese andar por el espacio en las primeras edades se reproduce en su forma de acercarse a la literatura, y creo entender en ese rasgo por qué todos los autores que se dirigen a ese público se ven tan felices y tan satisfechos: son los únicos que pueden estar seguros de que no son leídos por compromiso (ni siquiera si es mandato de una escuela, que ese puede romperse fácilmente) y que están en un entorno en el que sin importar su fama ni su nombre, se enfrentarán a lectores implacables. Incluso cuando los leen adultos, porque la LIJ también tiene el don de provocar esas lecturas de reconexión con algo que me niego a llamar “niño interior”, pero que en todo caso se le parece bastante.

La FILIJ es entrañable porque al reunir bajo una etiqueta específica a la literatura como ente vivo, provoca en todos sus visitantes una lectura distinta y no sólo de los libros sino del mundo. También es ya un foro invaluable de reflexión sobre escritura profesional para niños y jóvenes, con sus talleres y clases magistrales que cada vez van afirmando más la necesidad de replantear las formas de escribir y leer desde la óptica de las primeras edades. Por eso es que una se olvida de que odia engentarse y en lugar de claudicar, año con año debe ir a buscar esa alegría especial que da ver a las palabras en plena exploración. No es posible salir de ahí sin trofeos. En mi caso, este año presumo con euforia un libro firmado por el maravilloso Toño Malpica de playera y sonrisa de superhéroe, y un montón de momentos en los que sentí una gran esperanza en el futuro: cómo no, si yo también creo firmemente en el placer de la lectura y me emociono cuando veo a los niños y a los jóvenes tomar sus espacios con tanta naturalidad. Tan generosos. Tan engentados.

Así que gracias, FILIJ. Hasta la próxima.

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