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Un minuto de silencio

Por Alejandra Eme Vázquez:

La fotografía muestra a Federico Pérez Fernández, Santiago de la Hoz, Manuel Sarabia, Benjamín Millán, Evaristo Guillén, Gabriel Pérez Fernández, Juan Sarabia, Antonio Díaz Soto y Gama, Rosalío Bustamante, Tomás Sarabia, Ricardo Flores Magón y Enrique Flores Magón en los balcones de la oficina del periódico El hijo del Ahuizote en el centro histórico de la ciudad de México (Calle Cocheras, hoy República de Colombia, número 3). Era 1903 y el movimiento antirreeleccionista contra el Porfiriato estaba a punto de llegar a su punto más álgido, por lo que el cartel ostentando la frase “La Constitución ha muerto” significaba más que una provocación: era una declaración de principios y, tristemente, el vaticinio de lo que depararía a un país agobiado por lutos permanentes y revoluciones inconclusas.

El 8 de febrero, día de publicación del periódico, Ricardo Flores Magón escribió la editorial sobre la provocativa fotografía, comenzando por afirmar lo doloroso de la consigna, pero convencido de que no había, ni hay, razón para guardar silencio ante lo terrible de la realidad: “Cuando ha llegado un 5 de febrero más y encuentra entronizada la maldad y prostituido al ciudadano, cuando la justicia ha sido arrojada de su templo por infames mercaderes y sobre la tumba de la Constitución se alza con cinismo una teocracia inaudita, ¿para qué recibir esta fecha, digna del mejor pueblo, con hipócritas muestras de alegría? La Constitución ha muerto, y al enlutar hoy el frontis de nuestras oficinas con esta fatídica (frase), protestamos solemnemente contra los asesinos de ella, (que teniendo) como escenario sangriento al pueblo que han vejado, celebran este día con muestras de regocijo y satisfacción”.

Catorce años después, la Constitución fue reformada. Se abolió la reelección y se proclamaron derechos vanguardistas para la época, es cierto, pero a 98 años sabemos que los cambios no significaron necesariamente su vuelta a la vida: a la Carta Magna de 1917 tampoco le ha ido mejor en el ideal de ser realmente regidora de lo que se realiza en la práctica. Quizá porque se basó casi completamente en aquella otra, su predecesora, que más que resucitación necesitaba una autopsia. Porque si en 1903 El hijo del Ahuizote consideró que la ley de leyes no tenía vida posible si no servía para impedir la reelección presidencial y poner un alto a los abusos del Porfiriato, hoy día, en el ámbito del cumplimiento de las leyes por parte de quienes nos gobiernan, las cosas no son precisamente mejores y de hecho, son cada vez más evidentemente peores: el mal gobierno sigue celebrando fiestas falsas sobre tumbas que se añaden a otras tumbas. El mal gobierno celebra como si hubiera qué celebrar.

Será que el Estado es también un cadáver, uno que a su vez genera muertes por acción y por omisión: muertes físicas y conceptuales, muertes de personas con nombre y de convicciones que parecían tenerlo. Por acá familias muriendo de hambre, por allá feminicidios cuyos autores no son ni perseguidos ni castigados, por acá estudiantes silenciados violentamente, por allá niños pequeños víctimas de negligencia por parte de quien debería protegerlos, duelos por donde quiera. Y todo ello anticonstitucional por definición, cabe decirlo, porque parece que hay un hemisferio en el concepto de este país que está marcado por la ausencia de estado de derecho. En consecuencia hay luto por todas partes y qué hacer sino decirlo, al menos. Sin que esto signifique dejar de disfrutar las cosas que disfrutamos, es preciso saber reconocer lo que sucede, activar la mejor solidaridad y vivir nuestro duelo que es de todos, porque negarlo o minimizarlo sería sumarnos a quienes se empeñan en asesinar los derechos que permitirían mejorar nuestra convivencia.

Un 5 de febrero más ha llegado. Una fecha “digna del mejor pueblo” en palabras de Flores Magón: no permitamos que quienes han vejado a este país sigan ensanchando tranquilamente la tumba de lo constitucional, que nos pertenece por derecho propio.

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