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Un minuto de silencio

Por Nerea Barón:

“Ningún otro lenguaje tiene mayor fuerza de persuasión que el lenguaje de la violencia. No necesita traducción y no deja lugar a ninguna duda” —Sofsky.

Me molestan las palabras encantadas, esas que hacen que cualquiera, ipso facto, voltee a verte de golpe: macana, verga, rostro desfigurado. La violencia es demasiado genérica: el cuerpo gimiendo y el mundo cerrándose hasta asfixiarte. Lo que se diga después es irrelevante. Frente al puño cerrado no hay negociación ni ideología ni relativismo posible. La voz de la desesperación no es —ni tiene por qué ser— articulada.

Ante tantas noticias que salen diario en la prensa sobre violaciones, asesinatos, guerras y torturas, nunca sé exactamente que decir. Admiro —creo— a las personas comprometidas con la difusión de esa información y agradezco que sus reacciones sean más proactivas que las mías, pero cuando llega mi momento de hablar no puedo sino sentir que miento, no sólo porque me falta información sino por lo sencillo que es lanzar un par de esas palabras al aire (abuso, indignante) y encender a una multitud lista para acribillar al villano del momento. ¿Y dónde queda la víctima en todo ese despliegue?

Detrás de todos los análisis, teorías y contrateorías hay una falta de respeto por lo inefable. Las palabras encantadas piden sangre sin hacer justicia ni percatarse que en sí mismas llevan su exceso lo que las hace invariablemente hiperbólicas, artificiales, impúdicas. La verdadera agonía no se puede decir; se puede intentar decir, pero ese intento requiere del titubeo, de la distancia, de la exploración e incluso de la literatura, ese ejercicio de bordear para sugerir el centro.

En ese tenor los minutos de silencio que se hacen en ceremonias para conmemorar a las víctimas adquieren un nuevo sentido. Lo que necesitamos es aprender a acompañar el dolor con lo único que puede hacerle medianamente justicia: el silencio, el silencio intencionado y encarnado, la pausa al discurso onanista y compulsivo del yo. El acompañamiento desde otro lugar, desde uno que no necesita enunciar verdad porque la verdad se está enunciando en el suceso mismo sin necesidad de nuestro discurso.

Elaborar palabrería pseudointelectual es ensordecernos al cuerpo magullado y a la familia en duelo. Si categorizar es una forma de aprehender, tal vez el verdadero reto sea el contrario: aprender a soportar lo inaprehensible y en vez de alimentar la pornografía de la violencia conectar con el hueco en el pecho y la voz de la desesperación que, desarticulada, irrumpe nuestra cotidianidad, recordándonos que la conquista de la paz no puede reducirse a saludar al sol en la clase de yoga.

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