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Un gran abrazo

Por Deniss Villalobos:

Mi mamá me ha contado muchas veces esa historia y confieso que a veces la encontraba emocionante, como si fuera un cuento y no una historia real. Me gustaba imaginar a mi mamá, cuando aún no era mi mamá sino una muchacha de quince años camino a la escuela, sobreviviendo en la Ciudad de México durante el terremoto del 85. Sé cuánta gente murió, he visto imágenes espeluznantes, y aun así me costaba mucho trabajo pensar en aquel día como algo que pasó realmente; en mi mente era la película sobre el fin del mundo que alguien me contó porque sucedió antes de que yo existiera.

Hoy escribo esto con el corazón apachurrado y un nudo en la garganta, después de pasar horas entre llanto, sollozos, ansiedad y terror. Hace dos días estaba sentada en la sala de mi casa junto a mi mamá, treinta y dos años después del día en que pudo haber muerto, cuando todo empezó a sacudirse. Salimos corriendo, yo sin zapatos, ella en pijama porque era su día de descanso, para ver cómo nuestra casa se movía de un lado a otro sin entender lo que pasaba. Todos los vecinos observábamos con terror nuestras casas esperando que cayeran.

Y lo que pasó ese día, a pesar del miedo que sentí, no lo recordaré como un relato personal ni como una película. Es lo más real que he vivido. Tampoco voy a pensar en ese día como el día en que creí que iba a morirme; es el día en que, cómo duele decirlo, mucha gente murió. El día en que se derrumbaron edificios, se abrieron calles, se cayeron ventanas y anuncios, todo olía gas, la gente lloraba, las líneas telefónicas no servían, no sabíamos si las personas a las que amamos estaban vivas, se detuvo el mundo y cuando volvió a moverse era gris. El día en que todo cambió.

Hoy todo es muy triste, pero entiendo una cosa que siempre he escuchado y a mí no me quedaba clara porque no me había tocado, jamás, ver algo a tal escala: la gente en este país es maravillosa. Entre la tristeza y el horror me consuela y causa una emoción impresionante el ver a hombres y mujeres que, en lugar de ir a casa a abrazar a los suyos, unen fuerzas para ayudar a otros. Gracias a todos.

Gracias a las personas que sin importar el peligro intentaron, de inmediato, rescatar a personas bajo los escombros; a las personas que vieron caer edificios y a pesar del terror permanecieron de pie para ayudar a otros; a los hombres y mujeres que corrieron a comprar todo lo que se pudiera necesitar, hasta el punto en el que muchos albergues ya no podían recibir más donaciones; a los motociclistas y ciclistas que al ser convocados llenaron las calles de Polanco y en menos de una hora ya había gente de sobra; a los que abrieron sus casas y sus autos; a los universitarios que corrieron a CU para armar brigadas; a los albañiles que no han dejado de apoyar; a las señoras que salieron a sus puertas para ofrecer comida y café a cualquiera que lo necesitara; a los restaurantes que no cerraron para preparar comida día y noche; a las personas que se acabaron todo en las ferreterías, farmacias y supermercados para ir a donarlo; a quienes unieron todas sus fuerzas para crear cadenas humanas que mueven lo mismo cubetas llenas de piedras que botellas de agua; al señor que desde Chalco se dirigió a la Condesa para llevar tamales y atole; a todos los topos que arriesgan su vida para salvar la de otros; a los mexicanos en otros países que han donado dinero; a quienes llevaron camionetas, grúas y plantas de luz; a quienes le dieron refugio a personas y animales; a quienes donan y llevan juguetes a albergues, a quienes cuentan cuentos; a quienes no han dejado de moverse para llevar cosas de un lado a otro; a quienes ofrecen ayuda psicológica; a quienes están en brigadas como intérpretes porque otros países ya enviaron ayuda; a Frida, Titán, Evil, Ariel y todos los perros que han encontrado a personas bajo los escombros, y a quienes donaron botitas para ellos; a soldados y marinos porque quienes están ahí, ayudando, son más como tú y yo que como los altos mandos en los que podemos o no confiar; a los que han tenido que ir a trabajar y al terminar sus labores se dirigen a diferentes puntos para relevar y tomar picos y palas; a médicos y enfermeras que no han dormido para ayudar; a arquitectos e ingenieros que en persona o con fotos ayudan a la gente a saber si sus edificios son seguros; a los adolescentes que recolectan víveres; a los payasos que hacen reír; a quienes llevaron películas o presentaciones teatrales a refugios; a quienes están pensando en lo que se viene y ofrecen apoyo legal; a quienes están buscando a los desaparecidos; a quienes no se moverán hasta encontrar a todas las personas bajo los escombros; a los migrantes que no siempre son bien recibidos en nuestro país y hoy nos ofrecen sus manos… a todas las personas que hacen de ésta una lista interminable, porque habría que mencionar a todas y cada una de las personas que han estado, están y seguirán estando en cada lugar que ahora nos necesita.

Hoy entiendo mejor por qué a mi mamá, y a mucha gente, se le llenan los ojos de lágrimas cuando recuerda lo que vivió hace más de treinta años; la tierra volvió a temblar, pero la gente volvió a salir. Son lágrimas de tristeza, pero también de orgullo. Lo que he visto en estos días no lo olvidaré jamás y hoy sé que la solidaridad se siente como un abrazo. Un abrazo que todos necesitábamos y que hoy recibimos en forma de tanta gente ayudando, tantas manos (¡y patas!) dando sin esperar nada a cambio.

Sé que hablo por todos cuando lo digo: GRACIAS. En serio. A todos, por todo.

Ilustración de Eugenia Cano

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