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Un cuento de brujas

Por Deniss Villalobos:

Pero están también las palabras antiguas. Nuestra madre nos decía: —¡Queridos míos! ¡Mis amorcitos! ¡Mi vida! ¡Mis pequeñines adorados! Cuando nos acordamos de esas palabras, los ojos se nos llenan de lágrimas. Esas palabras las tenemos que olvidar, porque ahora ya nadie nos dice palabras semejantes, y porque el recuerdo que tenemos es una carga demasiado pesada para soportar. Entonces volvemos a empezar nuestro ejercicio… Decimos: —¡Queridos míos! ¡Mis amorcitos! (…) A fuerza de repetirlas, las palabras van perdiendo poco a poco su significado, y el dolor que llevan consigo se atenúa.
Agota Kristof, El gran cuaderno

Hansel y Gretel es uno de mis cuentos de hadas favorito. Recogido de la tradición oral alemana y adaptado por los hermanos Grimm, la historia va sobre un par de hermanos que, debido a que la familia es pobre y no tienen con qué alimentarlos, son abandonados en el bosque por su padre. La primera noche Hansel dejó un camino de piedras que siguió con su hermana para volver a casa, pero al siguiente día fueron llevados aún más lejos por su madrastra y, aunque Hansel dejó otra vez un camino, esta vez de migajas, no pudo seguirlo pues las aves y otros animales se habían comido los restos de pan. Lo que hicieron los hermanos, entonces, fue seguir el canto de un pájaro hasta que encontraron una casa hecha de jengibre, dulces y pastel. Hambrientos, comenzaron a mordisquear, sin saber que ésta era la trampa de una bruja en busca de su propio alimento: niños.

Ahora imaginemos que Hansel y Gretel son en realidad dos hermanos gemelos de nueve años, y que en lugar de ser abandonados en el bosque son llevados por su madre a un pequeño pueblo de Hungría, lejos de la ciudad, a vivir con su abuela durante los últimos años de la Segunda Guerra Mundial. A la abuela, casualmente, se le apoda “la bruja”, y aunque no tiene planes de comerse a sus nietos, se le acusa de haber asesinado a su propio esposo, se encierra por la noche a beber en su cuarto y solo usa insultos para llamar a los niños, como si estos no tuvieran nombre.

Es así como Claus y Lucas, protagonistas de El gran cuaderno de Agota Kristof, deciden empezar una serie de ejercicios para sobrevivir en el pequeño pero hostil nuevo mundo que habitan; si la gente los golpea, ellos pasan una hora al día golpeándose el uno al otro para acostumbrarse al dolor y, con el tiempo, llegar a no sentir nada. Lo mismo con los insultos, el hambre, el frío, e incluso, como describe la cita con la que inicia este texto, el amor que su madre les profesaba y que, deciden, tienen que olvidar si no quieren sufrir al recordar que lo han perdido. Ayudan a su abuela en casa; trabajan en el huerto, tocan la armónica en los bares, montan pequeñas obras de teatro en el pueblo, roban, piden limosna, estudian, escriben y, sobre todo, permanecen juntos. Todo el tiempo.

Esta novela es la primera parte de una trilogía, y es en ésta donde somos testigos de la transformación de un par de hermanos que siguen un código moral que crearon a base de golpes, abandono y frío, pero también de lealtad, amistad y una oscura ingenuidad que solo parece tener sentido cuando se trata de Claus y Lucas. Estos hermanos no obedecen a nadie, no ayudan a su abuela porque ella se los diga sino porque es lo que hay que hacer, no le ofrecen comida y cobijo a un hombre que encuentran en el bosque porque desean ser amables, sino porque, como ellos mismos afirman “él lo necesita”, y cuando llega el momento hacen que una mujer a la que incluso le tenían aprecio aprenda una lección después de que comete un acto que ellos consideran amerita un castigo.

En El gran cuaderno no hay una casa de azúcar y meter a la bruja a un horno queda descartado, pero sí hay otras formas de maldad que los gemelos experimentarán. Las líneas en este oscuro cuento de brujas son delgadas y borrosas; la persona a la hoy ayudan puede ser aquella a la que castiguen mañana, un acto que al lector le parezca horrible puede ser perfectamente normal para los hermanos y, en algún momento, nos descubriremos pensando que, bajo las mismas circunstancias, habríamos actuado igual. Claus y Lucas te obligan a pensar no en qué harías para escapar de una trampa mortal, sino en cómo harías que otros cayeran en ella. Esta es, en resumen, la historia de Hansel y Gretel convertidos en encantadores monstruos, una historia de cómo la belleza y el horror caminan por los bosques de la mano.

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