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Un cuento antes de dormir

Por Deniss Villalobos:

Mientras leía Cuentos mexicanos para niños, un precioso libro en el que Teresa Castelló Yturbide, bajo el seudónimo de Pascuala Corona, reúne las historias que su nana, originaria de Pátzcuaro, le contó durante su infancia, pensé en todas las historias que me contaba mi abuelita Emma cuando yo era niña. Recuerdo a una hormiga que perdía una pata en la nieve y buscaba la ayuda de una nube; unas princesas que gastaban los zapatos cada noche en un mundo donde los árboles daban manzanas de oro; alguien llamado Alí Babá y una alfombra mágica; una mujer bajo un hechizo que la convertía en cisne; un inteligente gato que usaba botas y atrapaba codornices en un costal; tres hermanas flojas que descansando bajo un árbol no se molestaban en juntar las peras que caían; unas zapatillas rojas que nunca dejaban de bailar; una niña que vendía cerillas en invierno; un burro que se murió de roña y una madrastra que envenenaba una manzana para ser la más bonita del reino.

También recuerdo algunas canciones de Cri-Crí que ella cantaba para mí sin música: la del rey de chocolate, al que yo imaginaba que me comía porque también tenía una nariz de cacahuate, una sobre una muñeca a la que solo querían la escoba y el recogedor, la del niño insoportable que no quería la leche caliente ni fría y otra sobre un marinero que fumaba en una pipa y recordaba sus viajes por China.

Cada canción y cada cuento, los que recuerdo bien y las que están borrosas, son una parte importantísima de mí que me unen no solo a mi abuelita, sino también a mi hermana, mi madre y mis tías; a la abuela de mi abuela, que fue quien le contó varios de esos cuentos, y a todas las personas que siendo pequeñas, como mi abuela cuando encontró una copia de Las mil y una noches en un baúl de su casa, abrieron un libro y leyeron un cuento que, al crecer, compartieron con alguien más. Incluso me siento cerca de los hermanos Grimm, quienes escucharon la mayor parte de los cuentos que más tarde reescribieron en voz de una mujer que trabajaba en su casa, o de Perrault que al conocer la historia de Cenicienta de forma oral cometió un error fonético al escribirla y las zapatillas de piel se convirtieron en cristal.

Hasta la fecha mi abuelita me sigue contando cosas que me emocionan como cuando era pequeña: me habla sobre lo que hacía en su pueblo cuando tenía ocho o diez años, comparte conmigo el significado de palabras que no conocía y hace poco me reveló una bellísima cura para la tiricia. Fue ella quien me regaló Harry Potter cuando cumplí once años y la primera persona que me llevó al teatro a ver una obra con títeres cuando tenía apenas seis años. Quizá por todo eso es que amo tanto las historias para niños: sé que cada vez que abra un libro en el que alguien viva una aventura llena de acción y lágrimas, pero también de magia y risas, pensaré que es Emma quien me cuenta la historia y escucharé su voz.

Es triste que la tradición oral de compartir historias se vaya perdiendo poco a poco. Tenemos libros y películas, pero de vez en cuando se extraña una voz familiar que pueda contarte algo usando solo su memoria, cambiando tantos detalles que termine contando una historia completamente distinta a aquellas que consideramos “las originales”. Ni siquiera los cuenta cuentos, que forman parte de una experiencia divertidísima sin importar que seas quien está al frente o quien está sentado, puede compararse al estar en la seguridad de tu cama escuchando a alguno de tus padres o abuelos hablar de niños que se pierden en el bosque, brujas malvadas y casas hechas de dulce.

Algunas veces hemos tratado de revivir esos momentos de mi infancia con mi primo de tres años, pero poco a poco mi abuelita ha ido olvidando las letras de las canciones y lo que hacían los personajes de sus cuentos. Comienza a contar algo y de pronto se queda en silencio, cierra los ojos y sacude la cabeza como intentando encontrar el resto de la historia en un cajón de su memoria. Yo no podría cantar como ella, porque mi voz no es tan dulce y entonada; tampoco podría contar los mismos cuentos, porque ella los hacía suyos, con algo especial y diferente aunque los contara cien veces, así que me entristece mucho pensar que todas esas historias puedan perderse para siempre en mi familia.

¿Dónde están los cuentos y canciones que nuestros abuelos ya olvidaron? ¿Y qué le contaremos a nuestros hijos, qué cantaremos con nuestros nietos? ¿Cuántas historias seguirán en nuestra memoria dentro de cincuenta años? Quizá vamos a perder muchas, nuestros primos pequeños y sobrinos recién nacidos escucharán en estos tiempos lo poco que recordamos, a nuestros hijos les vamos a inventar nuevas historias, y a nuestros nietos… bueno, tal vez es con ellos a donde van las historias olvidadas. Por ahora, si somos lo suficientemente afortunados y nuestra contadora de historias sigue aquí, podríamos memorizar un par de aventuras y compartirlas con ella antes de dormir.

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