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Tríptica

Por: Alejandra Eme Vázquez

I. I want to be a macho man

Le he tomado gusto a andar conmigo por lugares públicos. No creo que sea nada extraordinario y en general no me causa problemas, excepto por las ocasiones en las que he sido menospreciada, maltratada o abordada sorpresivamente por la única razón de ir sola. Después de varios malos tragos y otros pésimos, puedo decir que he aprendido a estar alerta para lidiar con las prácticas poco amables hacia mi género, como toda mujer que conozco ha tenido que hacerlo.

Cada una a nuestro modo vamos entendiendo que en algunos contextos hay que intervenir con firmeza para que nuestro escenario esté en nuestras manos y no en las de otros: así sabemos que a veces es tiempo de ignorar, de agredir, de prever y hasta de conciliar. Y para desactivar el prejuicio de género, muchas también aprendemos a portarnos como machos: recuerdo aquella vez que dos meseros se burlaban abierta y ofensivamente de mí por ir a comer sola hasta que les pegué unos gritos nada amables y el cambio fue no sólo inmediato, sino radical.

Cuando no creo tener otra alternativa que tomar esa actitud que hemos convenido en llamar machista, de posesión, “carácter”, jerarquía y territorialidad, me asombra lo poderosa y dueña de la situación que puedo sentirme. Pero la sensación pasa pronto al pensar que sólo sirve para resolver situaciones prácticas, casi emergencias; que la coherencia mínima me impide convertirme en eso que tanto critico, y que hay muchísimas mujeres sin acceso a cambiar ese rol que se les ha dicho que deben cumplir. Así juega este mundo de matices, tan propenso a provocar enfrentamientos con lo que cada quien considera sus “villanos”.

II. Tómate esta botella conmigo 

En una biblioteca, un hombre se acerca a una mujer que lee para invitarla a tomar un café. No sabemos más del contexto, sólo sabemos que la mujer publica en Twitter este incidente bajo la etiqueta #machismopúblico. Sara R. Gallardo se propuso consignar todas las conductas que para sus parámetros entraran en este concepto y al comentar que la invitación a tomar un café mientras leía en la biblioteca le pareció inapropiada, provocó en la red social muchas burlas, insultos y críticas que no tenían intención de hacerla reflexionar, sino de lapidarla. Algunas otras voces la apoyaron y hubo fuego cruzado, pero al final cada quien se quedó creyendo que su opinión era la correcta.

De la necedad es difícil, y medio inútil, intentar sacar a cualquiera; pero yo me quedo pensando en lo que aprendió el hombre de la biblioteca, que en minutos se dio cuenta de que el piropo ya no es necesariamente bien recibido, que no le hizo un favor a la mujer que consideró atractiva aunque sólo fuera para platicar, que las buenas intenciones no garantizan una respuesta amable y que no puede dar por hecho que una mujer sola está “disponible”. A este “pobre” hombre, como a muchos, probablemente le cambió el paradigma radicalmente y no sabemos qué habrá pensado, pero al menos en esta ocasión lo alcanzó un punto de vista que seguramente no previó.

Muchos hombres se declaran admiradores de la “belleza e inteligencia” femeninas y crean estrategias para acercarse a ellas para ligar o buscar amistad, porque así ha sido tradicionalmente; por otra parte, muchas mujeres hemos vivido un fuerte replanteamiento sobre lo que significa ser bella e inteligente, conceptos que se han deslizado al punto de que ya no es cuestión de ser “atractiva” para otros sino de autorreconocerse. Cada una tiene sus motivos para verse de tal o cual forma y ya no es posible generalizar, si es que alguna vez lo fue. Porque también hemos aprendido que la cultura del piropo es traicionera, pues así como reconoce lo bello, suele atribuirse el derecho de decidir y rechazar públicamente lo que le parece “feo” sin detenerse a pensar en las consecuencias.

III. Down beside the red firelight

Hace ya casi un año de que Caitlin Seda fue a una fiesta disfrazada de Lara Croft, la heroína de videojuegos que luego interpretaría Angelina Jolie en el cine. Ahí le tomaron una foto que subió a Facebook y que, por razones aún desconocidas, se volvió viral. La foto resalta por la expresión de alegría de Caitlin y su pertinente disfraz, pero lo que hizo que se volviera “famosa” es su sobrepeso, que contrasta con la complexión del personaje en el videojuego y la película. Los comentarios de los desconocidos que vieron la imagen fueron realmente crueles y cuando ella se enteró de que su privacidad se había visto traspasada, no tuvo más que leerlos y hacerse cargo.

El ensayo que escribió al respecto y que puede consultarse en línea, titulado “My embarrasing picture went viral”, expone una visión muy abierta de cómo enfrentó la situación. Así como acepta que los comentarios humorísticos hacia su peso y su imagen son comprensibles porque “todos nos hemos reído de una foto divertida en línea", reflexiona sobre la crueldad que supone hablar del sujeto de nuestra burla como si fuera ficticio. Por mucho que quiso tolerar los comentarios ofensivos, no pudo evitar que la lastimaran. Luego, con ayuda de un amigo buscó y enfrentó respetuosamente a los comentaristas más radicales de su foto; aunque no recibió disculpas, pudo entender que había más irreflexión que malicia en esos comentarios y lo capitalizó a su favor, contra todo pronóstico.

Satanizar al otro es una forma fácil de validarse y muy probablemente todos hemos caído en ello; pero viéndolo detenidamente, nadie está en completo acierto ni en completo error y en términos de género, belleza, machismos y feminismos hay tantas perspectivas como personas sobre la Tierra. Algunas pensarán en ello, otras no; algunas buscarán cambios, otras no; algunas se verán directamente afectadas, otras no; lo cierto es que en esta fiesta todos somos mucho más que roles y disfraces. Sea cual sea nuestra postura, nada nos quita apostarle a ver más allá, cada vez que podamos.

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