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Tras la genealogía de Paz: Clotilde y Amalia Paz Solórzano

Por Ángel Gilberto Adame:

El 2 de marzo de 1862 contrajeron matrimonio en la Parroquia del Sagrario Metropolitano de la ciudad de Guadalajara el abogado, militar y periodista tapatío José Ireneo Paz Flores, de 26 años, y Rosa Clotilde Solórzano Preciado, de 16.

A diferencia de Ireneo, la información disponible acerca de la vida de Rosa es mínima. Nació el 4 de septiembre de 1845 en Guadalajara, hija de Basilio Solórzano Castro y María Anacleta Preciado Cobián. Después de su boda acompañó a su esposo en muchos de sus viajes y peripecias, tal como él relató en múltiples ocasiones: “me siguió a la capital como me había seguido a todas partes donde algún peligro se cernía sobre mi cabeza. Cuando supo que me encontraba encerrado en una prisión, nada pudo contenerla de venir a enjugar mis lágrimas y a rodearme con las dulces atenciones de la familia, ni su situación misma, que era delicada”. *

Lo cierto es que, apenas consumada su unión, comenzaron sus pesares. Ireneo lo describió así: “Estaba queriendo ya eclipsarse el año […] después de haberme proporcionado dos de mis más grandes satisfacciones, ofreciéndome la compañía de una joven esposa y el título de letrado, cuando se anunció que la intervención francesa estaba próxima a enseñar la oreja en mi misma tierra natal, Guadalajara”.

A causa de la guerra la familia debió trasladarse a la capital de Colima, donde el 30 de julio de 1864 nacería María Julita Clotilde, primera hija de lo que llegaría a ser una vasta estirpe de cuatro mujeres y tres varones, integrada por ella y por Amalia, Arturo, Rosa, Carlos, Laura y Octavio.

Entretanto, el conflicto armado alcanzó tales dimensiones que Ireneo y otras personas de la localidad y sus alrededores decidieron conspirar para tomar la ciudad en nombre de las fuerzas republicanas. Idearon un sistema de comunicación por correo con el fin de decidir cuál sería el momento idóneo para levantarse en armas.

A pesar de que el ejército rival descubrió las cartas, no tenía los elementos para determinar la identidad de los conspiradores, quienes habían tomado la precaución de utilizar nombres clave. Sin embargo, Ireneo cometió la imprudencia de escribir a su esposa a título personal un mensaje en el que le pedía “que le diera muchos besos de mi parte a mi pequeña Clotilde, mi primera hijita, a la cual había dejado de 40 días de nacida. […] Era una epistolilla de recién casado que solo suspiraba por el primer fruto de su amor”.

La inteligencia imperial obtuvo así una pista para dar con los disidentes y procedió a interrogar a Rosa, a catear su casa y a declararla bajo arresto en su domicilio. Cuando se desencadenó el alzamiento los republicanos fueron derrotados, por lo que decidieron deponer las armas y abrir el diálogo con el enemigo. El encargado de esa comisión fue el jalisciense, quien discutió los términos de la rendición.

Ya que la negociación iba hacia buen puerto le permitieron convivir con los suyos:

El resto del día lo consagré a mi familia prisionera, que constaba de mi esposa de 17 años y de mi primera hija, que ya tenía nueve meses. ¡Con qué alborozo, con qué entusiasmo, con qué delirio abracé y besé a mi pequeña Clotilde, a la cual había dejado tranquilamente dormida en la cuna, para venir a verla ahora presa y rodeada de guardias! La pobrecita murió poco tiempo después a consecuencia sin duda de las agitaciones que sufrió su madre.

Tras el fallecimiento de Clotilde, alrededor de marzo o abril de 1865, y al fin de esa campaña militar, volvieron a Guadalajara, donde el 10 de julio nació María Amalia Laura Paz Solórzano, a quien bautizaron el 29 de abril del año siguiente.

Después de los acontecimientos adversos que habían acaecido tras su matrimonio, Ireneo tuvo más tiempo para escribir y dedicó un poema a la pequeña Amalia y a Arturo, quien nació dos años después:

Durmiendo están los dos… ¡hijos queridos!

Qué será de vosotros en la tierra

Tal es la incertidumbre que me aterra,

Que abruma con su peso mis sentidos

Desde la infancia, Amalia se familiarizó con las inquietudes intelectuales de su padre y recibió una educación orientada a la lectura, las matemáticas, el aprendizaje de lenguas extranjeras —particularmente francés e  inglés— y al dominio de un instrumento musical, que en su caso fue el piano.

El 20 de septiembre de 1882 presentó un examen para ejercer como maestra de “primeras letras” que aprobó por unanimidad, por lo que empezó a trabajar al año siguiente. En aquel entonces la educación primaria constaba de cuatro años de estudio, siendo a partir de 1905 que se amplió a seis. Por decisión de la Dirección de Instrucción Pública las mujeres solo podían enseñar en escuelas para niñas o mixtas, que aún eran muy pocas.

Hacia 1885 el periodista estadounidense E. H. Talbott invitó a los representantes de la Prensa Asociada de México a realizar un viaje por diferentes ciudades de su país, entre las que se incluyeron Las Vegas, Chicago, Detroit y Nueva York. La iniciativa fue acogida con entusiasmo por Ireneo, quien invitó a sus hijas Amalia y Rosa a acompañarlo en la travesía. La presencia de la mayor no pasó desapercibida por los periodistas: “La Srita. Amalia Paz tiene ojos negros y tez morena, es alta, de aspecto simpático y de carácter franco. Habla el inglés lo bastante para hacerse comprender y cuenta entre sus habilidades la de tocar el piano con expresión y delicadeza”. También se destacó la lucidez de la joven al tomar la palabra en un brindis o al responder a algún discurso.

Meses más tarde la Voz de México dio cuenta de la creación de un álbum de poemas dedicado a ella. Muchos años después, Octavio Paz comentaría sobre éste:

Lo guardaba en su recámara, en un secreter. Una de mis primas descubrió el escondite y una tarde, mientras Amalia regaba las plantas de la terraza, […] nos deslizamos a hurtadillas en su habitación, sacamos el álbum y lo hojeamos, asombrados y burlones. […] Contenía algunos dibujos y acuarelas, un retrato suyo a lápiz y muchos poemas y composiciones en prosa. […] Años después, ya en la universidad, descubrí que varios de los poetas que estudiaba figuraban en el libro de Amalia. Recordé una escritura pequeña, nerviosa y rápida, una firma y una fecha: Manuel Gutiérrez Nájera, agosto 25 de 1888.

Además del afamado modernista,  también participaron en el álbum Agapito Silva, Enrique Sort de Sanz y José Peón y Contreras. El 24 de octubre de 1887 La Patria Ilustrada le dedicó una calaverita:

Hermosa, pura y galana,

de la virtud soberna

divina y casta vestal,

se fue al cielo, se fue al cielo,

por no mirar este duelo

en que muere el ideal.

Durante la última década del siglo XIX tradujo obras de Pierre Loti, Jules Claretie, Félix Galipaux y Émile Zola; también participó en las festividades anuales de Mixcoac encabezando a la comitiva familiar. Era muy unida a su padre y lo acompañaba a eventos sociales y a excursiones en las cercanías de la capital.

Napoleón Rodríguez afirma que la hija mayor fue involucrándose gradualmente en las actividades editoriales, primero tomando clases de periodismo con Filomeno Mata y después encargándose de la sección cultural de La Patria. Su participación fue creciendo en importancia al grado que, cuando el 15 de marzo de 1901 se cumplieron las bodas de plata del periódico, el festejo debió posponerse ya que Amalia estaba convaleciente de una fuerte neumonía.

A causa de sus inquietudes intelectuales mantuvo cercanía con los estudiantes de la Escuela Nacional Preparatoria, entre los que se contaban Alfonso Reyes y Manuela Mota, a quienes obsequió con unos moños que lucieron en una novillada en 1903.

Cuando estalló la Revolución decidió afiliarse a la Cruz Blanca Neutral, institución fundada por Elena Arizmendi Mejía (famosa además por su relación con José Vasconcelos), que tenía la misión atender a los heridos de guerra sin distinción de bando. Quizás en ese periodo aprendió los cuidados médicos que aplicaría a su padre, quien cayó enfermo de gravedad al año siguiente. Durante la convalecencia del periodista acudió con su hermano Arturo a solicitar el apoyo económico del presidente Madero.

Después del cierre de La Patria en 1914, Amalia decidió dedicarse al cuidado de la casa y  atendió a Ireneo en su retiro. A partir de esa fecha sobrevivió estoica el fallecimiento de su madre y todos sus hermanos, con excepción del menor. A esta circunstancia, entre muchas otras, puede atribuirse su soltería y que fuera quien tuvo una mayor convivencia con Octavio Paz; incluso él la refirió como gran lectora y como “suscitadora” de sus inquietudes literarias.

La muerte de Ireneo Paz en 1924 la volvió aún más próxima a su joven sobrino, a quien guió por los estantes de la biblioteca familiar. El 30 de enero de 1926, el Diario Oficial anunció un decreto “concediendo pensión de cinco pesos diarios a la señorita Amalia Paz”. En él se explicaba que el dinero le sería entregado por la Tesorería General de la Nación mientras conservara su estado civil. También se hacía constar que se trataba de una “recompensa por los servicios prestados en el periodismo por su extinto padre el C. Gral. y Lic. Ireneo Paz”. El documento estaba firmado por Plutarco Elías Calles.

Pasó sus últimos años de vida en la casa de Mixcoac. Guillermo Sheridan refiere que enfermó y poco antes de morir “padeció una angustiosa, prolongada agonía”. El 16 de enero de 1933 El Nacional informó: “Ayer falleció la distinguida señorita Amalia Paz. […] El fallecimiento de esta […] dama ha sido muy sentido entre sus numerosas amistades ya que gozaba de generales simpatías”. Sus restos reposan junto a los de su padre en una tumba del Panteón de Dolores.


* También son muy escasas sus menciones en la prensa. Solo se le cita como invitada a distintos eventos sociales. Tampoco acompañó a su familia en los reiterados viajes que realizaron al extranjero. Falleció el 4 de diciembre de 1914 en la ciudad de México.

NOTA: Una primera versión de este texto se publicó en Letras Libres

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