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Tomar partido

Por Alejandra Eme Vázquez:

Los duendecillos malévolos que traducen títulos de películas al español le pusieron Réquiem por un imperio, pero su título original es Taking sides y es una película del cineasta húngaro István Szabó, estrenada en 2001, adaptada de la obra de teatro del mismo título escrita en 1995 por Ronald Harwood y basada en el caso real del director de orquesta alemán Wilhelm Furtwängler (Stellan Skarsgård), quien al término de la Segunda Guerra Mundial fue objeto de una investigación por su posible afiliación al partido nazi y de cuya persecución se encarga el mayor Steve Arnold (Harvey Keitel), quien está decidido a mostrar su culpabilidad.

Como su título (el original, no el de los duendecillos malvados) lo indica, esta película descansa en la premisa de que estamos acostumbrados a tomar partido, y más cuando algún hecho está suscrito a un acontecimiento histórico que parece dar un juicio determinante de quiénes son los buenos y quiénes los malos, porque parece que hay circunstancias en que la bondad y la maldad son cosas definitivas, ¿cierto?

Los libros de superación personal y el discurso moralino en general pervierten los derechos básicos de la calidad humana al hacer creer que la población terrícola, en su totalidad, aspira a alcanzar el grado máximo de “buena gente” todo el tiempo, en todo lugar, a todas luces. Pero no es así. Y no porque seamos todos villanos ni porque validemos la mala leche, sino porque aceptar estos discursos significa aceptar una estructura vertical en la que unos tienen derecho a juzgar si los otros son correctos o no desde una superioridad sistémica que les permite evitarse el chocante trámite de la introspección. ¿Para qué querría reconocerse alguien que tiene el sistema a su favor?

Estamos en una estructura de rueda de la fortuna, con la diferencia de que el movimiento es selectivo e impredecible. Los de arriba son los vencedores, a los que ya se sabe que corresponde contar la historia y hablar por los vencidos. Los que vencen son fuertes, tienen la razón, pueden presentarse como almas buenas de una sola pieza; los que son vencidos tienen todas las costuras salidas, tropiezan a cada rato, tartamudean, dudan, están atentos. Eso es precisamente lo que apunta esta película, en la que se narra qué sucede cuando aparece en escena un banquillo de acusados y de súbito, todos los que no estamos ahí podemos ser acusadores. No obstante, más allá del veredicto, el enfoque de Szabó se detiene en los finos y oblicuos hilos de ese proceso en el que se toma postura, y de cómo entre más nos acercamos a los detalles menos tajantes podemos ser. Y eso da, por lo menos, miedo.

Mientras Wlihelm Furtwängler vive su vida como cualquiera, sin preocuparse por dar cuenta de sus actos (que por otro lado podrían ser los actos de cualquier que estuviera en circunstancias apenas similares), no puede mirar lo que después le va a ser reprochado en el proceso de desnazificación que llevan a cabo los vencedores. Porque ¿quién es obligado a dar cuenta de sí mismo ante los demás? Los vencidos. Los vulnerables. Los convenidos “débiles”. El mayor Steve Arnold no tiene que responder por los pecados de su bando, que son muchos, porque ganar la guerra significa ganar inmunidad histórica y apropiarse de un curioso mecanismo que todos hemos usado alguna vez: el de acomodar todo para tener la razón y parecer totalmente irreprochables incluso en contra de las leyes de la lógica, como Bugs Bunny esquivando grácilmente las balas de Sam Bigotes cuando sabe que el universo le favorece.

Taking sides pone sobre la mesa una situación extrema, pero además real, en la que un ser humano fue enfrentado a reconocerse ante ojos acusadores que sí tenían motivos para reclamarle, pero que en otra posición bien lo hubieran podido justificar. Eso hacemos todo el tiempo, a final de cuentas: elegir los criterios para tomar partido y contarnos la historia que deseamos, la que nos hace quedar bien, la que nos conviene, la que se ajusta mejor a argumentar nuestro lugar en la rueda de la fortuna. Por eso es imposible ver esta película y no sentir el juicio acorralado. Constantemente estamos rehaciendo la opinión y retomando partido, pero también logra una automática empatía porque los múltiples matices de Furtwängler no nos dejan enjuiciarlo tan cómodamente. Es bueno, y malo, y regular, y simultáneo, de modo que la certeza se nos escapa a cada rato de las manos y se nos vuelve otra cosa.

Es posible que jamás tengamos que rendir el tipo de cuentas que debió rendir el protagonista de Taking sides, pero vale la pena pensar en qué tan al corriente estamos de nosotros mismos, no para que la historia nos juzgue sino para no dejar que la persona que habitamos nos sea ajena. Probablemente por eso existen espacios que nos invitan a buscar ponernos en situación de vulnerabilidad sin que eso signifique sacrificarnos ni correr peligro, sino sólo no contarnos la historia de que somos de un solo modo y no ignorar cómo afectamos a los otros. Tal vez por eso exista el amor, la amistad, el arte, la conversación, la capacidad de maravillarnos: porque nos quitan certezas, nos mueven constantemente, nos dejan vernos desde otras perspectivas y muestran nuestras costuras, nuestra necesidad de los otros y nuestros deseos de ser queridos. Porque sólo quien se permite no tener la razón absoluta, quien puede asombrarse genuinamente, quien se da la oportunidad de replantearse y se reconoce vulnerable puede dar cuenta de sí mismo.

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