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Tiísmo S. A.

Por Alejandra Eme Vázquez:

A mis sobrinas y sobrinos, presentes y futuros,

con la promesa de ser no la tía que merecen,

ni la que necesitan,

sino la que les divierta.

Fui consciente de mi entrada al tiísmo funcional por la puerta grande una tarde que, en la fila de las quesadillas del Mercado de Jamaica, juzgué el puesto tras una exhaustiva revisión y le dije a mi amiga C.: “Está muy bien aquí, todo muy bonito, muy limpio”, con el tono inconfundible de quien si tuviera un pañuelo a la mano, limpiaría los mocos a cuanto cristiano se encontrara y enseguida le apretaría los cachetes con una sonrisa cómplice. Y por si quedaba alguna duda, cuando la misma amiga supo que iría yo a un concierto que reunía a antiguas estrellas de la trova y la canción comprometida española, me ascendió sin chistar: “De plano, Alejandra, eres la reina de las tías”.

Las tías se han ganado una fama, hay que decirlo, que más allá de un rol conforma una cierta personalidad; y cuando las tías no tienen hijos propios, el performance es aún más notorio si el juego se centra en andar zigzagueando por la línea de ser (y no) “segundas madres”. Como son parte de nuestra primera constelación de cuidado, esto deriva en un grado de poder moral sobre nosotros que no dudan en usar con desparpajo ante cualquier situación, especialmente las que nos descolocan. La tía arquetípica siempre verá a sus sobrinas y sobrinos como los niñitos que vomitaban a la menor provocación o los que no podían pronunciar la r y se ganaron que toda la familia les siga diciendo “Lobelto” por más que tengan 46 años y un negocio propio.

El poder es efectivo porque sabemos que a esas personas que nos cuidaron en la primera infancia debemos buena parte de haber sobrevivido cuando más vulnerables éramos, de modo que toda nuestra capacidad argumentativa se ve extrañamente mermada ante situaciones que pueden apenar, enojar o incomodar, pero nunca evitarse. A ver, díganle a la tía que deje de mandar fotos de amaneceres con frases de superación personal en el grupo familiar de Whatsapp, del que tampoco es una opción salirse. A ver, pónganle un alto cuando en su graduación de doctorado se pone a contar que de chiquitos les daba pánico Bugs Bunny, a ver.

Pero llega el momento de ser nosotros los mayores y de reproducir o no los arquetipos que recibimos (y sufrimos) durante tanto tiempo. En Súper Tías (Grijalbo, 2016), Juana Inés Dehesa presenta un entrañable y divertidísimo ensayo autobiográfico respecto a ese momento en el que una se da cuenta de que ha entrado en la categoría Tía, palabra que asociamos tan fuertemente a señoras encopetadas que te obligan a abrazarlas y te ensalivan la frente, que cuesta reconocer cuando una misma ha llegado a ese punto y no por lo encopetada, en el mejor de los casos, sino porque gente de nuestra generación, gente que amamos y que nos es cercana, “aporta” un bebé a ese entorno de afectos en el que estamos ya involucrados y que se transformará indiscutiblemente.

Lo que analiza agudamente este libro es que todo aquello que damos por hecho, incluso el cariño y la identidad, es atravesado cuando toca hacernos cargo de otros y resulta en anécdotas que nos revuelven las tripas, que nos hacen pensar, y llorar, y reír. Sobre todo reír, porque ponernos en esa situación de “gente grande” aleccionando a “gente chica” revela que el ser parte de una red de cuidados significa que nosotros también necesitamos recibirlos y que esto de la adultez es el Mago de Oz por excelencia en tanto que erige un gran simulacro para intentar esconder que, en realidad, no se tiene nada bajo control. Que podemos reírnos de nosotros mismos, pues, y no es el fin del mundo.

Por supuesto que cada tiísmo se ejerce según el contexto y el de Juana Inés Dehesa es uno muy específico en cuanto a clase, conflictos y recursos; sin embargo, lo maravilloso de un libro como Súper Tías es que al mismo tiempo rompe el arquetipo y modela una reflexión que bien podríamos tener todos, porque no podemos evitar ser parte de redes de cuidado pero al mismo tiempo, no venimos al mundo sabiendo relacionarnos, mucho menos cuando nos toca ejercer verticalidad sobre otros como en el tiísmo. Toca preguntarnos, entonces, qué mecanismos tenemos para reconocer y considerar a esos engendritos en cuyo cuidado estamos participando, qué tipo de poder ejercemos, cómo escuchamos y hasta dónde cedemos, porque si no nos preguntamos y respondemos esto corremos el riesgo de empezar a compartir amaneceres en Whatsapp y ni cuenta darnos.

Tenemos el arquetipo de las “tías” así, en femenino y plural, porque hasta ahora, las redes de cuidado alrededor de un recién nacido, y de un niño en general, se conforman por las mujeres cercanas que pueden cuidarlo, atendiendo a la idea enraizada de la exclusividad de género para eso que se ha dado en llamar “instinto materno”. Pero la verdad es que si todo concepto social se construye y conviene a partir de prácticas y reflexiones, no está de más que quienes decidimos no tener hijos y quienes participamos, eventual o constantemente, del cuidado de las infancias ajenas nos hagamos responsables de eso y modelemos nuestra propia estructura, porque no podemos seguir menospreciando ni dando por hechas las labores de atención. La invitación es, pues, a construir nuestro propio súper tiísmo, ético y comprometido. Y a abrazarlo, con orgullo.

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