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Tiempo de no estar solos

Por Alejandra Eme Vázquez:

Deberíamos poder pararlo todo. Todo lo que no tenga que ver con las agendas urgentes, con reclamar un gobierno digno, con apoyar a los compañeros ciudadanos hacia quienes se cometen crímenes, con dejarnos sentir la rabia y pronunciarla, con organizarnos para las prioridades colectivas, con expresar nuestros porqués y nuestros cómos. Deberíamos poder detener todas esas cosas que parecen no funcionar sin nosotros, pero que sin duda nos esperarían si les dejáramos de poner atención en lo que decidimos cuáles son las vías para pensar, actuar y tomar acuerdos en lo que a todos concierne. Deberíamos poder.

Los días hechos en México pasan más veloces que nunca en estas circunstancias. Hay que multiplicar el tiempo para estar informado porque cada minuto puede cambiarlo todo; hay que articular el pensamiento ante esto que está pasando para decidir qué pensamos y cómo compartirlo con quienes están a nuestro alcance. Hay que darnos espacio para acomodarnos a nosotros mismos, porque la realidad nos tambalea y perdemos rumbo. Y eso sin pensar en lo que nos preocupaba ya antes de lo colectivo, en esos problemas que en todo momento replantean su dimensión cuando los comparamos con el sufrimiento de quienes han perdido lo que más aman, pero que tampoco deberían generar culpa. Después de todo, la vida también ha dado en ser eso.

Por estas razones es que las convocatorias a paros y marchas son necesarias en tanto que permiten dedicar el cuerpo y el alma, en conjunto, a las coyunturas sociales que nos invitan a estar presentes en acción, propuesta y reflexión para comunicarnos con los demás y movilizarnos en niveles tanto intelectuales como físicos. Pero en este sistema que define al valor humano como la capacidad para ser productivo en términos del propio sistema, parece que juntarse con otros para apoyar una causa es una pérdida de tiempo y peor aún, un pretexto para serle productivo a un antisistema que quiere acabar con el primero, el “bueno”, el “estable”.

Así es como se convencen tantos, por ejemplo, de que los 43 normalistas desaparecidos o los 11 jóvenes injustamente detenidos tras la marcha del pasado 20 de noviembre son culpables, porque se parte del entendido de que “no tenían nada qué hacer ahí” y de que si había algo que los movía era, en todo caso, el interés malsano de sembrar violencia a las órdenes de una mente macabra que siempre se sugiere pero que nunca se termina de dibujar. A la luz de los hechos recientes, parece ser que la autoridad cuenta con que las acciones en conjunto pensadas para dedicarse por completo a la solidaridad serán vistas como desechables, y que cualquier detención que tenga lugar en esos escenarios será justificada por la acusada ociosidad que supone estar dando tiempo y esfuerzo a algo que aparentemente no retribuye.

Porque eso, parecería que lo que no retribuye algo inmediato y material no vale la pena. Y que si hay interés en marchar, parar actividades o protestar en público, “seguro” es porque se tienen intenciones oscuras que retribuirán de alguna manera a los participantes o a un autor intelectual digno de villano de película. Lo mismo se sospecha del cantante René Pérez, de Calle 13, porque al mismo tiempo que en su concierto daba voz a los padres de familia de los estudiantes de Ayotzinapa desaparecidos, se vendían playeras con el logotipo de la banda y el número 43 impresos en ellas. No importa si una empresa ajena al grupo admite que éste no tuvo nada que ver: el sospechosismo siempre parte de un “¿y qué va a ganar con eso?”.

Pero habría que darnos cuenta, quizá, de que la solidaridad genuina es un fin, un objetivo y una ganancia en sí misma, que toma plena forma en cada uno de los gestos que la contienen y que es verdaderamente poderosa. Desafortunadamente, tenemos un gobierno experto en secuestrar conceptos (recordemos, incluso, que la propia palabra “solidaridad” se asoció durante mucho tiempo a una presidencia desde entonces fallida) y no será ahí desde donde venga la validación de la protesta. Será, por supuesto, desde quienes decidimos sí o no llevarla a cabo, pero sin que esa elección se traduzca en repudio por el “bando” contrario. Porque no tiene por qué haber bandos. Deberíamos poder suspender por un momento el impulso por calificarlo todo. Deberíamos tener la posibilidad de no mirarnos desde la jerarquía de quien decide si estamos bien o mal, y simplemente hacer en horizontalidad las cosas que queremos hacer. Y que tienen valor. Aunque nos sigan insistiendo que no sirven para nada, aunque las sigan queriendo criminalizar, y tal vez por eso mismo. Por algo será.

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