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Tiempo cocodrilo

 Por Nerea Barón:

“Peter Pan había visto muchas tragedias,

pero las había olvidado todas”

J.M. Barrie

Tic-tac, suena el reloj cada vez más cerca. El Capitán Garfio se yergue de un salto, abre bien los ojos y clava la mirada en las aguas en busca del peligro. Lo que distingue a Garfio de los niños de Nunca Jamás es que a él lo persigue el tiempo, un cocodrilo malvado de dientes afilados que se ha tragado un despertador. El cocodrilo-tiempo es el vaticinio de su muerte y el temor que Garfio le tiene es lo que le confiere su condición de adulto, ojeroso vigilante con temblor de piernas. El final es bien sabido: cuando al reloj se le acaba la pila, el reptil logra acercarse al capitán y zampárselo.

Lo que distingue a Garfio de Peter Pan y su clan de Niños Perdidos es que Garfio no puede gozar de la abundancia de Nunca Jamás, porque no pertenece ahí. En Nunca Jamás nunca pasa nada, no hay cambio que asiente porque no hay mañana, todo es un eterno hoy de aventuras en donde la crueldad es permitida porque no deja vestigios. Pero Garfio huye del cocodrilo porque sabe que sí hay mañana y ese saber lo condena. Sabe que un mañana de éstos correrá con menos suerte y su historia se verá interrumpida, que más le vale apurarse y tener cuidado y sincronizar su corazón acelerado con el tic-tac del reloj que lo acecha.

El Capitán Garfio trae la muerte consigo porque sabe que se muere sólo una vez, mientras que Peter Pan tiene un número infinito de vidas para desperdiciar, una por cada día y por cada apetito. La infancia es la apología de la no-responsabilidad. Ejemplo de este presente inconsciente es Campanita, criatura oriunda de aquella tierra extraña: una hada tan pequeñita que sólo le cabe un sentimiento a la vez —que casi siempre es odio—, desconociendo todas las leyes humanas de la continuidad, la ambivalencia y la cortesía. Campanita es el instante que se ha permitido ser, desbordado e inclemente.

Después de escribir esto, con el tiempo encima y el cansancio, las tareas y los pendientes, me siento un poco con la mano de garfio. Quizá eso también sea una metáfora: puedo hacer la mitad de las cosas que de otra forma haría. El cocodrilo-tiempo da vueltas, acechante, y mientras cae la noche  y aumenta mi prisa por terminar este texto para poder rendir el día de mañana, lamento saberme parte de los piratas, condenados a vivir huyendo de una bestia omnipresente que amenaza con embestir en cualquier instante.

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