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Tenemos que hablar de Lucia

Por Alejandra Eme Vázquez:

Hay autoras que cruzan el pantano y no sólo se manchan, sino que te atrapan, te llevan consigo para mancharte también y se vuelven ellas mismas un pantano, uno del que se sale hecho un desastre pero un desastre eufórico, porque aunque los lectores no sabemos a ciencia cierta para qué entramos cada vez a las anchas olas de la literatura, siempre se agradece (como en todo) cuando nos dan una buena revolcada.

El plumaje de Lucia Berlin es de ésos.

Berlin nació y murió bajo el signo de Sor Juana. Vivió exactamente 68 años, del 12 de noviembre de 1936 al 12 de noviembre de 2004, toda una Escorpio hasta para abandonar el mundo. Escribió, según se sabe, menos de una centena de cuentos que fueron publicados porque hubo quien le rogó que lo hiciera y no porque ella tuviera muchos afanes de ser leída, al menos en lo anecdótico. Porque, como siempre, la aproximación biográfica no alcanza a hacer honor a textos que se instalan en la médula sin concesiones de ninguna clase, como si estuviera también escrito que debíamos leerlos para no olvidarlos jamás, por más esfuerzos que hagamos.

Manual para mujeres de la limpieza es una reunión de 43 relatos que sí nos dan una buena revolcada, cada uno y en conjunto. En el prólogo y en la introducción, Lydia Davis y Stephen Emerson, respectivamente, nos adelantan ya que nos vamos a encontrar historias punzantes que juegan con la autoficción y la mente de los lectores, pero siempre es posible que los comentaristas y críticos sólo estén exagerando. Basta leer “Lavandería Ángel”, el primero de los cuentos, para saber que en este caso, hasta cortos se quedaron. En la versión castellana, la traducción de Eugenia Vázquez Nacarino permite que ese lenguaje brillante y brutal caiga en los lugares exactos, en los momentos exactos, y nos deje balbuceando al final de cada cuento, incapaces de continuar con el siguiente hasta no procesar lo que nos acaba de ocurrir pero ávidos de permanecer en ese universo pleno de referentes aprehensibles y no, como la vida de cada uno de nosotros.

En Lucia Berlin se confía ciegamente. Da la impresión de que sabe exactamente qué se tiene que decir y a dónde se tiene que llegar, de modo que leer sus cuentos es, ante todo, reaccionar y sorprenderse de las propias reacciones. Una carcajada intempestiva seguida de un gesto de desagrado, una náusea incontenible o una lágrima que no podemos detener porque no hubo aviso alguno de que vendría: tal es la clase de heridas de guerra que se acumulan cuando se lee Manual para mujeres de la limpieza.

Tenemos suerte de que una serie de esfuerzos haya conseguido “rescatar” la prosa de Berlin del olvido inminente, según se cuenta en los textos introductorios de este libro y en las entradas biográficas que se hallan en la red. Ahora nos topamos de frente con ediciones preciosas en estantes de librería, traducciones cuidadas y recomendaciones de amigos que permiten acceder sin mayores dificultades a estos cuentos que, diría Cortázar, nos ganan por nocaut sin excepción. Mas no siempre fue así. Eso da mucho en qué pensar, por supuesto, porque es Berlin una autora incómoda cuya marginalidad también fue producto de un canon aplastante que no deja entrar “a cualquiera”.

Pero Berlin no es, ni de cerca, “cualquiera”. Es una autora que da cátedra de condensación mientras desafía la autocomplacencia comenzando por sus voces narrativas, unas y diversas, y terminando por la conciencia de quienes la leemos. En Manual para mujeres de la limpieza vamos a encontrar una prosa luminosa, sí, de ésa que ilumina justo los sitios que nos causan perturbación e incomodidad. No es un camino terso, pero es uno que nos provoca por sí mismo la urgencia de andarlo, pase lo que pase. Y lo que pasa es que de Lucia Berlin no se sale nunca intacto. Afortunadamente.

 

Manual para mujeres de la limpieza, Lucia Berlin (traducción de Eugenia Vázquez Nacarino), Alfaguara, 2016.

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