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Te recomiendo esta pesadilla

Por Nerea Barón:

En cierto modo es como sentirse morir. O desaparecer. Eso es: desaparecer. Parece como si los ojos se te desprendieran de la cara y las manos se convirtieran en las manos de otro, y entonces tú piensas, ¿qué me está sucediendo?

 Océano Mar, Alessandro Baricco

 

Más de uno ha hablado del placer que provoca el llanto profuso, el sonido espasmódico de la respiración entrecortada en la oscuridad de una sala de cine, la cara contra la almohada después de una mala noticia, las mejillas enrojecidas y el gemido lobuno evocando un recuerdo primigenio y corporal de nuestra animalidad. Y en seguida el descanso. El suspiro de alivio y el pesado sopor tras una buena sesión de llanto, la instantánea sensación de equilibrio, la calma.

Conozco incluso mujeres valientes –sí, casi siempre son mujeres– que no conformes con poseer el agridulce talento de llorar, buscan reclutar a incautos de ojos áridos a sus filas y hacen recetarios sobre los mejores lugares, los mejores recuerdos y las mejores películas para llorar. El llanto, pues, no requiere de mayor apología: pese a todas las resistencias sociales, se encuentra en buenas manos.

Pienso, sin embargo, en todas las otras experiencias penosas que a nadie se le ocurre recomendar, pese a ser tan buenas para el alma. Una buena dosis de fracaso –por ejemplo– tan desbordado que no quede más remedio que volverse humilde, apoyarse en el otro y reformularlo todo; un periodo de soledad desesperante que te haga deambular sin rumbo por calles desconocidas y preguntarte quién eres; una crisis de ansiedad fatal en la que nadie te consuele y tengas que levantarte solo; una pelea a gritos con el ser amado, o un par de despedidas obligadas.

Los místicos han sido, desde el inicio de los tiempos, expertos en este claroscuro: no se puede alcanzar la paz ni la sabiduría si no se está dispuesto a ampliar las fronteras de la propia mente y el propio cuerpo sin reparar en el dolor o en el miedo que en el proceso se desate. No en vano los santos ayunaban por largos periodos y pasaban temporadas enteras sin hablar, porque era ahí, en la desesperación infinita y el cuerpo agonizante, en donde podían tener la experiencia de Dios.

En la actualidad quedan pocos remanentes de estas prácticas, siendo las más extendidas las las experiencias con enteógenos. De rodillas, en una ceremonia cofán o huichola, vomitando prominentemente el remedio de los dioses, el individuo comprende cuán equivocado había estado todo este tiempo, y sale al mundo a recomendar la experiencia como un loco que dijera, “te recomiendo esta pesadilla”.

Sospecho que hace falta recomendar pesadillas más a menudo y ampliar el espectro de lo que consideramos deseable. La modernidad –en su afán por perseguir la comodidad– ha olvidado esa dualidad y, por quererse quedar con la parte más luminosa de la realidad, ha terminado por aplanarla. Entonces vamos a nuestro Sanborns más cercano, abrimos el primer libro que encontramos en la sección de novedades y leemos que para ser feliz sólo hace falta ser feliz, y ante semejante tautología nos quedamos solos con nuestro llanto y nuestro abismo sin expresar.

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