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Tardísimo metraje

Por Alejandra Eme Vázquez:

Ocho veinte y apenas acabo de pasar por la estación del metro. Necesitaba estar a las ocho treinta en la aún lejana avenida en la que hay que sortear un tráfico del demonio, y no veo manera de que eso sea posible. Voy a llegar tarde. Y me angustio. Voy a llegar tarde. No debí haberme quedado pensando en esas cosas tan importantes que sólo se me ocurren a las cinco y media de la mañana. Voy a llegar cinco, diez, quince minutos después de empezada mi hora de clase. Ensayo la cara de imbécil que tengo que poner cada que encuentro a uno de los directores cuidando a mi grupo en lo que a la maestra de español se le ocurre llegar. Voy a llegar tarde y va a contar más que todos los días que he llegado a tiempo, o antes, o me he quedado una hora después de la salida. Una mancha en mi expediente, una decepción en el profesionalismo, una culpa más en el costal de lo que otros pueden hacer sin problemas y yo no. Llego tarde.

Tengo una creencia, construida a partir del más puro empirismo, de que si aviso que no voy a llegar a tiempo a algún lado los cielos conspiran contra mi credibilidad, burlones, para que termine llegando puntualmente. A veces me ha pasado que si es un encuentro con alguien, el otro se confía, llega después que yo y encima me reclama: “Pero me dijiste que ibas retrasada”. Y yo sin saber qué responder. Pero no sirve si lo finjo: de alguna manera, el hechizo necesita de la tristísima certeza de que efectivamente no voy a lograrlo. Cada vez pasa menos porque desde que tengo ese filtro atravesado, mis avisos de posible impuntualidad están sesgados por la esperanza de que se haga el milagrito, pero no; la última vez que lo intenté no sólo fue real la impuntualidad, sino que se me atravesó el tianguis más caótico del mundo y llegué más tarde de lo que había avisado. El tiempo no existirá, pero conoce de honestidades.

Extraño cuando la hora dependía de la buena fe del reloj. Cuando se podía justificar un leve retraso por el ajuste personal de cada minutero. Cuando se respetaba la senectud olvidadiza de Don Tiempo. Entonces había forma de adelantar unos minutos la hora real porque, quién sabe con qué artes malignas que sólo nosotros entendíamos, así sentíamos que la puntualidad estaba de nuestro lado y que estábamos viajando en un tiempo que no era. Todavía existen espacios de resistencia en los relojes de pulso cuyo uso algunos nostálgicos siguen perpetuando y los radiodespertadores (yo tengo el mío dieciocho minutos adelantado y todas las mañanas negocio conmigo la misma mentira, a veces con éxito). Pero nada puede contra la hegemonía de los celulares que se actualizan solitos, en sincronía perfecta, y que ya ni siquiera necesitan de nuestra intervención cuando llega el horario de verano y con él, la oportunidad idónea para llegar una hora antes o una hora después y brillar en sociedad. Es muy triste que también esa costumbre entrañable se esté perdiendo y que ya todos sepamos qué hora exactísima es, en un concierto de pantallas socarronas que nos controlan los respiros desde cada bolsillo.

También a opinar se llega tarde. Y a las vidas de la gente que nos gusta como para ser lo que ya no fue. Tarde nos enteramos de injusticias que ya fueron perpetradas y tarde también comenzamos a organizarnos, aletargados, para configurar las protestas que eran para ayer. Hasta cuando llegamos temprano, no es suficientemente temprano: todo el tiempo estamos practicando la puntualidad inglesa, pero la del Phileas Fogg derrotado que jura haber llegado a destiempo cuando en realidad se había quedado en otro huso horario. Porque hay tantas líneas de tiempo sucediendo simultáneamente, que va a pasar un día que se colapsen y los gallos canten a las seis de la tarde, y volvamos a iniciarlo todo desde el minuto cero, día cero, de la historia humana. Vamos a preguntarle de una vez por todas al dios Cronos, también conocido como el Señor del Cero Treinta, si acaso es posible que el tiempo sea lo que se configura en amasijo de recuerdos cruzados una vez que lo invocamos, porque vamos delante suyo, y que por eso no importe en qué momento volteemos a revisar cualquier lapso transcurrido: siempre vamos retrasados para algo.

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