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Tantas gracias, Luthiers

Por Alejandra Eme Vázquez:

Teníamos tres: Volumen 4, Mastropiero que nunca y Hacen muchas gracias de nada. Tres que se repetían una y otra vez no hasta el cansancio, porque ¿quién se cansaría de escuchar a Les Luthiers?, pero sí hasta que la niña que yo era memorizó cada escena, cada canción, cada registro, cada risa del público y cada pausa de aplauso. Creo que entonces no tenía conciencia de que lo que yo estaba escuchando era un recital en vivo; esa certeza me vino después y por eso aún ahora, si oigo otra versión de «La tanda» o «Cantata del Adelantado Don Rodrigo Díaz de Carreras», algo en mí me insiste en que se están equivocando si se oye una ovación distinta o una risa en otro momento.

Esos fueron los Les Luthiers que yo conocí porque mis padres y mis tíos tenían sus discos, porque oírlos entre risas era muy frecuente y porque muchas frases sueltas se fueron colando al repertorio familiar, y entonces cuando alguien dice algo fuera de lugar se puede oír un «señoooora» que recuerda a Marcos Mundstock dando consejos para las madres, y los padres; o «no me asusta el acertijo», como Daniel Rabinovich haciéndole una payada a la vaca sin saber qué es una payada (y quizá tampoco una vaca); o «mi honra está en juego y de aquí no me muevo», de Ernesto Acher como un Don Rodrigo que firme, firma su rendición. Así es como se sabe que algo se ha convertido en un referente personal obligado: por la cantidad de detalles que se quedan a vivir en lo que somos.

Los sonidos de la infancia dan forma al oído, de eso estoy segura. Por eso cuando ahora escucho, por ejemplo, la Sinfonía Marina de Piero, a los Hermanos Rincón, a Cecilia Toussaint cantando a Jaime López, a Serrat, Amparo Ochoa, Soledad Bravo, Botellita de Jerez y todas esas voces que poblaban mi casa de aquellos años, con el señor Eme y la señora Vázquez abrazando la música, una memoria especial se me activa desde un sitio que no controlo. ¿Será ahí donde reside el famoso niño interior?

Justo de ahí me vienen Les Luthiers, los lauderos que construyen instrumentos maravillosos con las palabras y otras materias. Los creadores del hilarante compositor alternativo Johan Sebastian Mastropiero. Aquellos que para mí fueron primero voces y luego rostros, los que hacían reír a todos quienes yo quería, los que me presentaron sin quererlo ese humor que se volvió lo natural. Humor en el que las palabras salen a jugar y se raspan, y andan en círculos, y se esconden, y bailan. Gerardo Masana, Marcos Mundstock, Daniel Rabinovich, Jorge Maronna, Carlos López Puccio, Carlos Núñez Cortés, Ernesto Acher: esos otros niños héroes.

Por eso ni me cuestioné la reacción cuando, al enterarme el pasado viernes de que Daniel Rabinovich había fallecido a los 71 años por problemas cardiacos, mi infancia interior se apropió de mi tristeza. Tristeza profunda por mis luthiers de aquellos acetatos que luego mudaron de formato; los de las inconfundibles voces que luego asocié a rostros en videos de Youtube; los que reconocí en vivo en 2012, en la Lutherapia del Auditorio Nacional, y que se adueñaron por completo de mi risa ahora adulta porque ellos fueron quienes la educaron. El luto que no viví por Gerardo Masana, quien murió en 1973 (siete años antes de que yo naciera), se me vino encima por Rabinovich, cuya voz e intervenciones inconfundibles son claves en mi educación sonora y humorística: ser miembro fundador de Les Luthiers y mortal debería contar como una contradicción hasta ontológica.

Qué conflicto, cuando muere alguien que fue responsable de nuestra risa. ¿Qué hacemos: reímos llorando, como en aquel poema de Juan de Dios Peza? Para responderme, no puedo evitar recordar a los geniales Monty Python, que en el funeral de su compañero Graham Chapman (muerto en circunstancias bastante trágicas) arrancaron carcajadas a los deudos con su irreverencia y terminaron cantando «Always look at the bright side of life», la canción final de La vida de Brian que iguala estar vivo con una mierda y a la muerte, con una broma. En pleno funeral hicieron del humor protagonista, y hasta el día de hoy no pierden una sola oportunidad para burlarse del tema.

Ahora que veía la entrevista que hicieron a Carlos Núñez Cortés el día que tan sorpresivamente murió Rabinovich, no  lo vi irreverente pero sí tranquilo, con el alivio de la amistad bien forjada y las carcajadas bien compartidas. «Deberemos aprender a seguir jugando sin él», dijo, y eso confirma a su modo la filosofía de los Python. La verdad es que Rabinovich, como Graham Chapman, ya no juega en físico pero sí más allá de su presencia porque se quedó aquí, en sus cercanos que lo quisieron y sus lejanos que lo quisimos. Debe ser una de las grandes prestaciones de vivir en el humor, eso de que todo recuerdo póstumo vaya acompañado por una agradecida sonrisa, o hasta carcajada.

El juego de Les Luthiers podría identificarse con el de las palabras y la música, pero finalmente es el juego del humor, ése que está abierto para quien quiera entrar y permanecer. Y salir, también, aunque quién querría salir de algo tan generoso. Pocas cosas pueden ser tan esperanzadoras como la idea de que la risa sea capaz de trascender la propia vida; o al menos en lo que a mí respecta, pongo mi esfuerzo y confianza en que cuando ascienda yo a cadáver, haya sembrado suficiente cariño en los que se queden como para que hagan fiestas conmigo y si han de recordarme con una frase, sea: «No le asustó el acertijo».

Va por vos, Rabinovich.

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