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Las mejores lecturas de 2016

La dificultad para configurar una lista de los mejores libros publicados en 2016 radica en los criterios que el lector ha de emplear para discernir, ante el influjo de la novedad, qué considera valioso y qué no. Por ende, la pregunta que planteamos a nuestros amigos y colaboradores fue: ¿Cuáles fueron los mejores libros que leíste durante el año?

Ángel Gilberto Adame: Historia mínima del neoliberalismo, de Fernando Escalante Gonzalbo; Los detectives salvajes, de Roberto Bolaño; y Los idilios salvajes: Ensayos sobre la vida de Octavio Paz 3, de Guillermo Sheridan. Estupendos los tres. Seguir leyendo

FILIJidades

Por Alejandra Eme Vázquez: 

“¡Si yo ya me la sé hasta de memoria!”,

dirás. Y sin embargo, de esta historia

tienes una versión falsificada,

melosa, tonta, cursi, azucarada,

que alguien con la mollera un poco rancia

consideró mejor para la infancia…

Roald Dahl

  1. Mudanzas

Dicen que hay que tener cuidado con lo que se pide, porque puede hacerse realidad. Justo hace un año declaraba aquí mismo pertenecer al club de quienes amaban la Feria del Libro Infantil y Juvenil (FILIJ) y el Centro Nacional de las Artes, su casa de siempre, pero se engentaban irremediablemente cada vez que iban; y aunque no era difícil darle un sentido entrañable a esa sensación de proximidad-casi-invasión alrededor de la literatura para niños y jóvenes, no dejaba de ser un reto a la habitual hurañez que muchos nos esmeramos en cultivar el resto del año. Por eso, cuando se anunció sorpresivamente que se cambiaría la sede al Parque Bicentenario, ubicado en la zona de la antigua refinería, la sensación osciló de la incredulidad a la culpa típica de cuando se desea íntimamente la desaparición de algo que sí termina desapareciendo y se intenta dar marcha atrás con un: ay, pero si no lo decía en serio. Seguir leyendo

¿Y vivieron felices para siempre?

Por Deniss Villalobos:

Incluso en el futuro la historia comienza con Érase una vez…

Marissa Meyer, Cinder

Hace unos meses mi prima de doce años estuvo de visita en mi casa. Nos quedamos platicando hasta muy tarde y dedicamos la mayor parte del tiempo a uno de nuestros temas favoritos: libros. Le conté de los últimos que leí y ella me habló, muy emocionada, de una saga que le gusta mucho: Las crónicas lunares.

Y no tengo nada en contra de las sagas juveniles, algunos de mis mejores amigos son personajes de Harry Potter y leo libros para niños todo el tiempo, pero después de algunas horribles experiencias (cof, After, cof, Hush hush, cof, La selección, cof) sí veo con recelo varios de esos libros coloridos de setenta tomos que llenan los libreros de mucha gente (jóvenes y adultos) en estos días. Luego de pensar en eso, recordé que mi prima tiene buen gusto y que además siempre ha leído todo lo que yo le he recomendado, así que, confiando en su criterio, le prometí que leería el primero de la saga; Cinder, un retelling de Cenicienta. Seguir leyendo

Libros que son héroes

Por Alejandra Eme Vázquez:

Though nothing will drive them away

we can beat them, just for one day

We can be heroes,

just for one day

Los demonios fueron personas, pero con sus elecciones deliberadas perdieron poco a poco la humanidad y por eso es que pueden adoptar formas monstruosas que desestabilizan por completo y ponen en riesgo toda integridad; los héroes, en cambio, hacen sentir bienestar y fortaleza apenas aparecen, incluso en palabras. Ésa fue la certeza que me iluminó, clarísima, en algún momento de leer Nocturno Belfegor, la segunda entrega de la saga de El Libro de los Héroes, del escritor mexicano Antonio Malpica; así, de pronto, pasé del nerviosismo que logra sembrar la narración extraordinariamente sostenida a la reflexión sobre mis propias experiencias con la inhumanidad y al hallazgo feliz de que es verdad que hay personas capaces de aliviarlo todo con su sola presencia. Seguir leyendo

A ver, haber: las traiciones de la ortografía

Por Alejandra Eme Vázquez:

Doy clases de Español en secundaria desde hace más de nueve años, lo que quiere decir que llevo casi una década preguntándome sobre qué aspectos son “realmente relevantes” en el perfeccionamiento de las competencias que nos permiten comunicarnos. Hablar, escuchar, leer, escribir: las cuatro áreas consideradas para el estudio del lenguaje dejan claro que comunicarse es un cristal con tantos colores como caras, visibles y no; por eso resulta curioso que en lo que se refiere a su práctica, Seguir leyendo

¿Leer es sexy?

Por Deniss Villalobos:

“Leer es sexy”, nos dicen algunas campañas de librerías, blogs, imágenes de facebook  y personas que, con esa frase, intentan promover la lectura. Imagino que debe venir del popular “smart is the new sexy”, y no me molesta ni agrada especialmente ninguna de las dos frases, pero sí creo que leer solo hace lucir sexys a las personas que ya lo son, sin importar que tengan un libro en las manos, acaricien un perrito o se pasen el día en pijama viendo caricaturas, y que la inteligencia no tiene que ver siempre con la lectura. Seguir leyendo

Mi abuelita leyó Los juegos del hambre

Por Alejandra Eme Vázquez:

Entre mis recuerdos más preciados se encuentra ver a mis dos abuelos maternos leyendo muy entretenidos en la sala de su casa de la colonia Doctores. Antonio gustaba mucho de los libros sobre historia de México y comentaba emocionado sus hallazgos, mientras María de los Ángeles (María, Ángela, Angelita) leía más narrativa, pero casi siempre terminaban leyendo lo mismo porque lo intercambiaban. Por eso educaron hijos lectores y mi generación se vio ampliamente beneficiada con ello. De eso platiqué con María, Ángela, Angelita, a quien entrevisté justamente el día del segundo aniversario luctuoso de mi abuelo, fallecido el 23 de julio de 2013, mientras preparábamos todo para la merienda in memoriam que organizó la familia. Seguir leyendo

El país que no lee

Por Deniss Villalobos:

Tu libro es una brizna de papel que se arremolina en las calles, que contamina las ciudades, que se acumula en los basureros del planeta. Es celulosa, y en celulosa se convertirá.

Gabriel Zaid, Los demasiados libros

Cuando tenía quince o dieciséis años pensaba que leer me hacía especial, casi superior a quienes no conocían a Dostoievski, Camus o Sartre, autores a los que había leído más bien poco, pero que conocía gracias a los libros que mis padres y mi tía tenían en casa. Supongo que a esa edad es normal sentir que todo lo que hacemos o tenemos es exclusivo de nosotros, además de extremadamente bueno y que, por lo tanto, nos eleva por encima del resto de las personas. Seguir leyendo

Veinte poemas de amor a la lectura y un perreo desesperado

Por Oscar E. Gastélum:

“A reader lives a thousand lives before he dies.

The man who never reads lives only one”.

 George R.R. Martin

Hace un par de semanas, en un intento desesperado por inculcar el hábito de la lectura en la juventud, el Instituto de Investigaciones Filológicas de la UNAM lanzó “Perrea un libro”, la campaña de promoción de la lectura más ridícula de que se tenga memoria, en un país propenso al humor involuntario.

La idea es tan desconcertantemente mala y el video de presentación tan absurdamente patético, que me atrevo a pensar que ningún medio satírico serio se habría atrevido a publicarla como caricatura o parodia, pues resulta demasiado burda como para ser auténticamente crítica o graciosa.

Para empezar, tendríamos que reprocharle a las mentes brillantes que pergeñaron el concepto de “perreo” literario, la extraña equiparación que hacen entre “juventud” y “reguetón”, un insulto que seguramente alienó de entrada a la inmensa mayoría de los jóvenes del país y que expone su profundo desconocimiento de la cultura juvenil, es decir, de los valores y las costumbres de aquellos a quienes, se supone, va dirigida la campaña.

Todo sería tremendamente gracioso, basta con imaginar a una “reguetonera” promedio restregando su trasero contra la entrepierna de su macho al ritmo de los “Veinte poemas de amor y una canción desesperada” para desternillarse de risa, si no fuera porque esta bufonada involuntaria es un dispendio de recursos públicos irremediablemente condenado al fracaso. Pues si los lectores históricamente han conformado una minoría raquítica, entre la tribu “reguetonera”, intuyo, ese porcentaje debe ser considerablemente menor. Además, el nombre de una institución tan venerable como la UNAM no merece ser asociado con un disparate tan indefendible.

Por eso, para diseñar estrategias que realmente estimulen la lectura es importante empezar por aceptar que el público lector siempre será minoritario, una auténtica aristocracia del espíritu, y que cualquier intento por convertir a las masas al culto literario está destinado a naufragar en el más bochornoso de los ridículos. El objetivo debería ser llegar a todo aquel que, sin importar su entorno, sexo o clase social, tenga las aptitudes necesarias para pertenecer a esa estirpe extremadamente rara pero infinitamente diversa, revelándole los intensos placeres y las invaluables recompensas que acarrea esa pasión congénita que duerme en su interior.

Pero, la pregunta es ineludible, ¿por qué leen los que leen? Como dice Jojen Reed, ese personaje maravilloso creado por George R. R. Martin en “A Song of ice and fire” y lastimosamente desperdiciado en Game of Thrones, desde el epígrafe que encabeza este texto: leemos para vivir más de una vida; y no conozco muchas actividades capaces de competir con los placeres que ofrece ese portal a un universo de posibilidades infinitas que es la lectura.

Porque leer nos permite ampliar nuestros horizontes, viajar en el tiempo y el espacio, habitar la piel de hombres y mujeres sorprendentemente distintos a nosotros mismos y atisbar la experiencia humana a través de sus pensamientos, sentimientos y sensaciones. Leemos también para reconocernos en lo leído, cumplir nuestras más íntimas fantasías, enriquecer nuestros sueños y refinar nuestros gustos.

Por eso la literatura es un generador insuperable de empatía, y, como argumentan Lynn Hunt y Steven Pinker, no es casual que la explosión de la lectura como un fenómeno social entre las clases educadas de Gran Bretaña y el resto de Europa a finales del siglo XVIII y el perfeccionamiento de la imprenta que puso bibliotecas enteras al alcance de cualquiera, hayan coincidido con un salto cuántico en el proceso civilizatorio. Y es que ver el mundo a través de los ojos de los otros nos ayuda a comprender la riqueza y diversidad del espíritu humano al tiempo que nos revela nuestras más profundas y entrañables semejanzas.

Pero además de ser un placer inigualable que nos acerca a los otros y nos enseña a valorar la diversidad, leer también nos hace libres. Porque no hay ácido que corroa con mayor éxito los prejuicios, dogmas y mentiras que lastran a una sociedad y atrofian el espíritu de los individuos, que el libre intercambio de ideas que generan los libros. Por eso a lo largo de la historia no habido un tirano, de Stalin a Hitler, pasando por Castro, Pinochet, Pol Pot y todos los ayatolas y Papas, que no haya perseguido a escritores, intelectuales y poetas, o haya tratado de prohibir y censurar obras literarias incómodas.

Los avances más importantes de nuestra civilización, de la abolición de la esclavitud a la separación entra la iglesia y el estado, pasando por la liberación femenina y los derechos de las minorías, empezaron como una acalorada discusión entre un pequeño grupo que reflexionaba en torno a las grandes cuestiones de su tiempo, escribía y leía libros, argumentaba, se dejaba persuadir por los argumentos ajenos y tenía la capacidad de tomar decisiones con repercusiones públicas aun en contra de la opinión general de la época.

Sí, el éxito de toda sociedad democrática depende en buena medida del cultivo de esa élite intelectual que la impulse e impida su estancamiento, y por eso es tan importante encontrar mecanismos que le permitan detectar a todos aquellos individuos capaces de pertenecer a esa minoría selecta, dándoles la oportunidad de desarrollar su verdadero potencial.

Pero dudo mucho que crear campañas publicitarias para incentivar la lectura sea la mejor estrategia para lograr ese objetivo. Porque el Estado tiene a su disposición un arma inmejorable: la educación pública, además de un poder inapelable para influir en el currículo de esos desvergonzados centros de adoctrinamiento religioso que son casi todas las escuelas privadas.

Permítaseme una anécdota personal para ilustrar mejor mi argumento. Cuando estudiaba en la secundaria tuve la mala suerte de caer en las garras de un individuo al que todos en mi escuela conocían como “Don Chebo”, un profesor de literatura decrépito y sádico que, lejos de inculcarnos el amor por la lectura, solía torturarnos con fechas y datos inútiles que transformaban su materia en un tormento pesadillesco del que cualquier adolescente querría escapar. De aquellas espeluznantes sesiones, el único dato inane que conservo en la memoria es que el verdadero nombre de Pablo Neruda era Ricardo Eliécer Neftalí Reyes Basoalto, y lo recuerdo tan bien porque el tipo me reprobó en un examen por no haber encontrado el “Neftalí” en ninguna enciclopedia a la mano y cuatro de los  cinco nombres de Neruda no fueron suficientes para salvarme.

Sobra decir que aquel siniestro personaje jamás nos brindó la oportunidad de descubrir o apreciar la portentosa obra del inmenso poeta chileno o nos sirvió de guía para encontrar textos que pudieran interesarnos y servirnos como puerta de entrada al mundo de la lectura.

Por desgracia, seres como “Don Chebo” no son la excepción sino la norma en nuestro obsoleto y ruinoso sistema educativo. Si el objetivo fuera desalentar la lectura y alejar a la mayor cantidad de adolescentes de los libros, continuar por ese camino sería la estrategia a seguir. Pero si lo que buscamos es transformar a un puñado de jóvenes excepcionales en lectores acérrimos, habría que revolucionar la manera en que enseñamos literatura en las escuelas. Porque si de cada aula con cincuenta alumnos, dos de ellos salieran transformados en yonquis de la palabra escrita, podríamos considerar ese resultado como un éxito rotundo y la sociedad entera saldría beneficiada.

Porque de lo que se trata, repito, es de engrosar y fortalecer a esa élite crítica que es tan indispensable en la construcción de un país auténticamente moderno. Los reguetoneros, mientras tanto, pueden seguir “perreando” alegre e indolentemente, pero en una sociedad más libre, ilustrada y justa, transformada y animada por lectores encumbrados e influyentes.

Sé que proponer esto en un país gobernado por un analfabeta funcional que fue elegido por un electorado al que ese hecho escandaloso le pareció un detalle irrelevante a la hora de elegirlo presidente, suena casi tan descabellado como poner a leer a un reguetonero. Pero el poder de la palabra escrita ha obrado milagros mayores y no pierdo la esperanza de que, algún día, este país sea dirigido por sus mejores hijos y no por la banda de criminales zafios que lo ha saqueado durante décadas. Así sea…

Efemérides

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