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infancia

Close up

Por Alejandra Eme Vázquez:

No sé de dónde me vino la idea, más bien certeza consumada en aquel entonces, pero si me preguntaban a los nueve años yo respondía muy segura que de grande quería ser directora de cine. Me encantaba cómo sonaba, lo que intuía que había detrás, y de tanto repetirlo conseguí que mi tío José Antonio me regalara un montón de libros sobre el séptimo arte: Sociología del cine, Historia del cine, Cine e ideología… Eran unos diez títulos a los que no les entendí nada, excepto por aquél que se llamaba Trece directores del cine mexicano, en el que la periodista Beatriz Reyes entrevistaba a renombrados cineastas. En aquel librito, que andaba trayendo para todos lados como si de un cómic se tratara, fue que tuve la primera noticia de Buñuel, de Cazals, de Galindo, de Ripstein, y supe que Ismael Rodríguez no sólo había hecho películas con Pedro Infante. Seguir leyendo

Remember your song

Por Nerea Barón:

May you walk in beauty and remember your song.

Blessed we are, Peia.

Una mujer ante el cadáver de un niño es al mismo tiempo la mujer y el niño. Y cuando alguien cae de un edificio, no sólo se lacera la materia, se lacera también el tiempo y los ojos que lo miran y los miles de paisajes que le preceden. La fragilidad siempre es fronteriza, como la piel.

Cuando conecto con mi propio desconsuelo, siento en el fondo de mi pecho una agitación infantil, inoportuna. Entonces pienso: “Soy la mujer y soy el niño”. Aunque miento. Naturalmente miento. No tengo un niño muerto en los brazos y eso hay que tenerlo bien claro. Soy epidérmica –la fragilidad siempre es fronteriza– pero no soy todos, no soy todas, y aunque quisiera aliviar desde dentro un dolor ajeno, no dejo de estar afuera. Estoy fuera incluso de la niña que, dentro de mí, llora. Seguir leyendo

El escritor al final del camino

Por Deniss Villalobos:

“Grown-ups don’t look like grown-ups on the inside either. Outside, they’re big and thoughtless and they always know what they’re doing. Inside, they look just like they always have. Like they did when they were your age. Truth is, there aren’t any grown-ups. Not one, in the whole wide world.”
Neil Gaiman, The Ocean at the End of the Lane

Neil Gaiman es uno de mis escritores favoritos. Cuando necesito palabras que me hagan sonreír, pero que también me den escalofríos, siempre recurro a él porque sé que podré encontrar una historia que me haga llorar por lo triste y hermosa que es, pero también revisar con desconfianza en las esquinas y bajo mi cama para estar segura de que nadie está ahí, esperando. Quizá después de ser niños algunas historias dejan de asustar e impresionar a muchos, tal vez la adultez, además de tener trabajos y otras responsabilidades, también se trata de dejar de tener miedo. Y eso es algo que a mí no me ha pasado. Seguir leyendo

El coleccionista de sueños

Por Deniss Villalobos:

“Ella era un monstruo, pero era mía.”

Jeanette Winterson, ¿Por qué ser feliz cuando puedes ser normal?

“Cuando tienes miedo, pero de todos modos lo haces, eso es ser valiente.”

Neil Gaiman, Coraline

“Una fotografía es un secreto sobre un secreto, entre más te cuenta menos sabes.”

Diane Arbus

Cuando era niña tenía una pesadilla recurrente. En ella no había un monstruo bajo la cama ni un vampiro tratando de beber toda mi sangre; tampoco había brujas, duendes, demonios o un accidente en el que mis padres morían. Era, de hecho, un sueño bastante simple. Me veía a mí misma en la escuela y alguien, un chico mayor que yo, me observaba a lo lejos. Me observaba todo el tiempo. Su mirada me hacía sentir incómoda y su cara, a pesar de ser “normal”, me parecía monstruosa. Tenía un lunar enorme junto a la boca, como si llevara pegado al rostro una tarántula que, si me descuidaba, saltaría a mi cara en cualquier momento. Soñé con ese muchacho tantas veces que, con el tiempo, me di cuenta de que crecía en mi sueño. Si todo empezó cuando tenía cinco años, a los diez él también era cinco años mayor. Mi pesadilla envejecía conmigo. Seguir leyendo

Recuerdos del ayer

Por Deniss Villalobos:

Solo puedo notar que el pasado es hermoso porque uno nunca comprende una emoción en su momento. Se expande más tarde, y por lo tanto no tenemos emociones completas respecto del presente, solo respecto del pasado.
Virginia Woolf

Todos amamos las películas de Studio Ghibli. Bueno, exagero un poco, porque no todos han visto una película de Studio Ghibli, y quizá de aquellos quienes lo han hecho un pequeño porcentaje no quedó impresionado, pero en general creo que todos conocemos a alguien que puede ver El viaje de Chihiro o Mi vecino Totoro con una sonrisa en la cara  más de una vez. Varios de los personajes más famosos del estudio japonés son parte de nuestras vidas fuera de las películas; playeras, sudaderas, tazas, cuadernos, peluches, sábanas y un largo etcétera que, no sería raro, incluye algún objeto que los lectores de esta columna tienen en casa en este momento. Seguir leyendo

Caminar de vuelta a casa

Por Deniss Villalobos:

Había una vez dos hermanas
que no temían a la oscuridad
porque la oscuridad estaba llena de la voz de la otra
al otro lado de la habitación,
porque incluso cuando la noche era oscura
y sin estrellas
caminaban juntas de vuelta a casa desde el río
viendo quién aguantaba más tiempo
sin encender la linterna,
sin temor
porque a veces en la oscuridad de la noche
se tumbaban boca arriba
en medio del camino
y miraban hacia arriba hasta que aparecían las estrellas
y cuando lo hacían,
levantaban los brazos para tocarlas
y las tocaban.

Jandy Nelson

Lo que podría decir sobre mi hermana cambia todos los días. Un sábado por la tarde diría que es insoportable y que nunca más quiero volver a hablar con ella. Al día siguiente puedo decir que es mi mejor amiga y que si algo le pasara no sabría cómo estar en un mundo en el que ella no exista. Y ambas afirmaciones serían verdad. A veces no soporto a mi hermana, a veces me molestan el tono de su voz, las cosas que dice y las decisiones que toma, a veces quiero que le caiga un piano en la cabeza o siento ganas de morderla y arrancarle un pedazo.  El amor más violento que conozco, pero también el más incondicional, es el que existe entre nosotras. Seguir leyendo

Tiempo cocodrilo

 Por Nerea Barón:

“Peter Pan había visto muchas tragedias,

pero las había olvidado todas”

J.M. Barrie

Tic-tac, suena el reloj cada vez más cerca. El Capitán Garfio se yergue de un salto, abre bien los ojos y clava la mirada en las aguas en busca del peligro. Lo que distingue a Garfio de los niños de Nunca Jamás es que a él lo persigue el tiempo, un cocodrilo malvado de dientes afilados que se ha tragado un despertador. El cocodrilo-tiempo es el vaticinio de su muerte y el temor que Garfio le tiene es lo que le confiere su condición de adulto, ojeroso vigilante con temblor de piernas. El final es bien sabido: cuando al reloj se le acaba la pila, el reptil logra acercarse al capitán y zampárselo. Seguir leyendo

Que la fuerza te despierte

Por Deniss Villalobos:

Luminous beings are we, not this crude matter. You must feel the Force around you; here, between you, me, the tree, the rock, everywhere, yes. Even between the land and the ship.

Yoda, Star Wars: Episode V – The Empire Strikes Back

Confieso que hasta hace dos semanas no había visto una película de Star Wars completa. Pasé años creyendo que eran aburridas y otros tantos pensando que, aunque emocionaban a tanta gente, seguro a mí no me gustarían. No sé de dónde salieron esas ideas y por qué me perdí la oportunidad de verlas cuando las pasaban en la televisión durante mis vacaciones cuando era niña, pero después de tanto tiempo y gracias a la emoción contagiada de todos los fans que por fin dejarían de esperar por un nuevo episodio, me animé a ver las seis anteriores y fue fantástico. Seguir leyendo

Dar el salto

Por Deniss Villalobos:

Algún día serás lo suficientemente grande como para volver a leer cuentos de hadas.
C.S. Lewis, El león, la bruja y el ropero

Hace algunos días leí una entrevista que le hicieron al escritor Antonio Ortuño, publicada en la revista digital Crash y que pueden leer aquí. Lo primero que veo al entrar, en letras enormes y negras, es lo siguiente:

«No conozco a nadie que empezara con Los juegos del hambre y saltara a Proust.»

La entrevista entera gira alrededor de la última novela de Ortuño, Méjico, y es hasta el final cuando aparece la frase citada, donde al autor se le pide su opinión sobre la cultura del estrellato y quienes sueñan con escribir una novela que se convierta en un éxito comercial. En su respuesta, Ortuño se limita a hacer mención a dos famosas sagas y, de alguna manera, descalifica a sus lectores porque él no conoce a nadie que haya dado el salto de esos libros a quien, supongo, considera la cima a la que un lector debe llegar: Proust.

Quizá he leído demasiados Harry Potters como para ver la relación entre la pregunta y la respuesta del autor, pero sí veo un comentario metido con pinzas para “causar polémica”, además de una graciosa contradicción, pues en la misma entrevista Ortuño declara que existe “gente que se dice ser muy chingona para el ciudadano común” y cómo “el escritor mexicano promedio lo único que hace es quejarse de que los lectores son unos pendejos”.

En su columna del Informador, hace un par de años, había escrito algo parecido sobre la “generación Potter” (aquellas personas que crecieron con los libros del famoso mago) mencionando un artículo del New York Times en el que se habla de las lecturas actuales de esa generación y cómo están leyendo Crepúsculo y demás éxitos editoriales sobre adolescentes y romance y no aquellos libros y autores que sí son “literatura de verdad”. Ahí mismo, Ortuño agrega: “la mayoría de los mexicanos leemos tan poco y somos tan poco exigentes que es sencillo atraparnos con historias infantiles”. Afirmación bastante curiosa si tomamos en cuenta que el autor acaba de publicar un libro llamado Dientes, que pertenece a la colección infantil y juvenil de Petra Ediciones.

Lo triste de todo esto es que, para mucha gente, los libros para niños y jóvenes son eso: algo sencillo. Libros fáciles y simples que no suponen ningún reto, pues cualquiera los puede escribir y cualquiera los puede leer. Libros a los que, según ellos, no les alcanzan las barbas para ser considerados LITERATURA, con mayúsculas y monóculo.

Y me gustaría que alguien nos explicara, sin ser condescendiente y sin esa actitud de “ser más chingón”, sin caer en contradicciones y non sequitur, por qué un libro para niños, adolescentes o jóvenes adultos es, automáticamente, algo menor. Qué tiene de malo que algo sea “sencillo” y mucha gente lo pueda entender. Por qué se tendría que dar en los veintipocos el salto a equis autor y por qué si alguien no lo hace se convierte en un lector poco exigente o mediocre.

La literatura para jóvenes como la conocemos ahora es algo tan nuevo (las primeras novelas dirigidas específicamente a adolescentes se publicaron a finales de los cincuenta en Inglaterra) que no entiendo cómo puede generar opiniones tan hostiles y categóricas mientras apenas se está construyendo. La mayor parte de la crítica que he leído hacia la LIJ, y que no es un berrinche de personas que piensan que solo se trata de niñas ñoñas y vampiros guapos, viene de personas que, de hecho, leen, editan, ilustran o escriben esos libros. Críticas en las que se tratan temas como la forma cursi en que muchos autores y editores perciben a la infancia o cómo varios libros muy populares muestran relaciones abusivas que podrían normalizar ciertos tipos de violencia entre las adolescentes y jóvenes que los leen.

Entiendo que parte del prejuicio hacia la literatura juvenil, en especial por aquella que puede considerarse young adult, tiene que ver con que muchas de esas obras son best sellers pero, ¿en serio hay gente que sigue pensando que si algo está de moda, se vende mucho, se lleva al cine y es conocido en todo el mundo, es necesariamente malo? Pienso entonces en las palabras de Hilaire Belloc que conocí gracias a Simon Leys en un ensayo de La felicidad de los pececillos:

Cuando un libro ha tenido éxito, la idea de que no puede ser bueno es un prejuicio tan estúpido como la convicción de que debe ser bueno. La experiencia lo demuestra constantemente: del triunfo comercial de un libro —o de su completo fracaso— no cabe deducir nada respecto a su valor literario. Hilaire Belloc, en The Crise of the «Nona» (1925), formuló sobre esto una conclusión que merece ser citada por entero: Para quienes se dedican a la literatura como si fuera su oficio (lo que fue mi cruel maleficio desde los veinticinco años), es ciertamente el más duro, el más caprichoso y, efectivamente, el más abominable de todos los oficios, por la simple razón de que no habría tenido que constituir jamás un oficio. Se supone que un hombre no debe vivir de su pluma, como no debe vivir de su conversación, o de la manera en que se viste, se pasea o viaja. No hay ninguna relación entre la función de las letras y su resultado económico. No hay ninguna relación entre la calidad, o la mediocridad, o la importancia de una obra literaria, y las sumas que se pagan por ella. Tal relación no sería natural y de hecho no existe. Cuando la gente dice que la buena literatura no se vende, están orillando la cuestión. A veces la buena literatura se vende bien, y a veces la pésima literatura se vende igual de bien. Ocurre que libros importantes se venden bien, y sucede que libros absurdos, ridículos y falsos se venden también muy bien. Lo cierto es simplemente que las ventas de un libro no tienen nada que ver con la calidad de dicho libro. La relación entre la excelencia o la pertinencia de una obra literaria y el número de sus lectores en un momento dado no es una relación causal: es un capricho imprevisible.

Así que sigo sin entender cuál es el problema con Harry Potter y Los juegos del hambre. Si es porque son libros para niños y jóvenes y ser niño y joven es malo (lo cual explicaría que si un adulto disfruta esos libros, sea aún más criticado), o si es porque se venden mucho y eso significa que son malos. Claro que hay LIJ horrible que es puro desperdicio de árboles, pero no más ni menos de la que hay en la “literatura para adultos”, y confío en que nadie diría que todos los libros del mundo son malos solo porque existe Dios mío, hazme viuda por favor.

Yo ya no soy adolescente, pero sigo siendo parte de esa generación que creció con Harry Potter y que empezó a leer mucho más gracias a J.K. Rowling. No quiero ni creo que sea necesario abandonar esos libros que estuvieron con nosotros de niños, ni que debamos negarnos en la adultez la oportunidad de descubrir cosas que podríamos disfrutar sin importar la sugerencia de edad en la etiqueta.

Qué buenas esas bibliotecas donde podemos encontrar a Neil Gaiman, Toño Malpica, Cornelia Funke y Lemony Snicket junto a Robert Walser, José Emilio Pacheco, David Markson, Silvina Ocampo y Antón Chéjov. Qué bien leer lo que sea que parezca interesante sin buscarle la barba o la varita mágica a la contraportada para descalificarlo enseguida.

Y sí, muchos adolescentes, jóvenes y adultos leerán sagas románticas que se venden como pan en Amazon, se emocionarán con cada libro de portada de colores, leerán una y otra vez cualquier novela que se ponga de moda, hablarán de eso hasta al cansancio y te harán voltear los ojos pensando “ojalá leyeran algo más”. ¡Y muchos de ellos lo harán! No veo nada de malo en que la entrada a las Brontë sea para algunos Crepúsculo, porque en la saga se hacen varias menciones a Cumbres borrascosas, o que gracias a Las ventajas de ser invisible muchos conozcan a Fitzgerald, Salinger y Camus.

La única manera de llegar a más autores es leyendo, y es justo lo que los jóvenes están haciendo. Sí, podría ser que leer está de moda, y eso no es una mala noticia. Peguemos el grito en el cielo cuando los libros se estén quemando y no cuando un montón de gente los está comprando. El camino de un lector no tendría que ser una línea recta llena de saltitos en la que se vayan poniendo banderas para avanzar. Como yo lo veo, hay un campo enorme en donde cada quién elige para dónde correr, cuándo sentarse y a qué punto volver.

ilustración de acrilica.
Agradezco a Alejandra Eme Vázquez por todas las sugerencias y las ventanas que se abren al conversar con ella sobre LIJ (o cualquier cosa).

La cabina del Paradiso

Por Deniss Villalobos:

Creo que el tiempo es la razón por la que una persona va normalmente al cine: por el tiempo pasado, perdido o aún no vivido.

Andréi Tarkovski, Esculpir el tiempo

Si los momentos se pudieran congelar, como dice Jarvis Cocker en Slush, existen un par que me gustaría conservar en el refrigerador para no perder nunca, como aquellos que tengo del cine cuando era niña. Mi papá no trabajaba los fines de semana, así que los domingos se trataban de despertar a las nueve o diez de la mañana, almorzar lo que él había preparado —casi siempre hotcakes o huevo en salsa verdeacompañados de un jugo de naranja — e ir al cine más cercano, que se encontraba a media hora caminando y constaba Seguir leyendo

Efemérides

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