Looking for Something?
Menu

Sostenerse en una imagen

Por Nerea Barón:

Recuerdo que cuando dejé la casa familiar salí con El espejo en el espejo bajo el brazo y el cobijo de las palabras de Ende: es menester ser desobediente para salir de la ciudad-laberinto. No pude haber tenido mejor escudo: esas palabras me dieron ánimo para llenar mis cajas canturreando, me protegieron del miedo cuando decidí renunciar a mi trabajo sin tener un plan b y me permitieron ignorar todas las advertencias debilitadoras de mis padres. Porque la valentía también se imita, pensaba.

Antes de eso ya había vivido en Madrid. Un piso modesto compartido, con apenas lo básico. El casero enlistaba en el contrato el número de tenedores, platos y vasos que incluía la renta. Recuerdo que a tan sólo unos días de estar ahí salí a comprar dos tazas. No una, dos. Las necesitaba ambas por igual. Comprar dos tazas era hacerle un hueco al porvenir, era empezar a forjar comunidad, a reconocer mi deseo y poner el primer ladrillo sobre lo que quería que fuera mi vida.

A veces lo único que basta para sostenerse en pie es una imagen, una muleta fantasmagórica, una promesa. A veces basta con tener una idea a la cual aferrarse. Viktor Frankl le llamó a esa idea “sentido”: sólo quien encontraba sentido en los campos de concentración (quien mantenía la ilusión de reencontrarse con su familia, por ejemplo), podía sobrevivir. Yo prefiero seguirla llamado imagen: la imagen del momento del abrazo, del horizonte abierto y sin fronteras, del niño en brazos. Encontrada la imagen correcta es posible malabarear con imposibilidades, abrir espacios para lo milagroso, continuar más allá de todo agotamiento.

Nunca podremos saber de cierto si el espejo en el que nos reflejamos nos devuelve un imagen fidedigna (por eso es tan irrisorios todos los castillos de “autoconceptos”, porque no pueden ser más que comodines, adivinanzas sin referentes fijos). Tampoco podemos saber de qué es capaz el ser que amamos, salvo porque lo amamos y entonces es capaz de todo lo que se proponga. Resuena Shakespeare: estamos hechos del tejido de nuestros sueños, como esos jarrones (piñatas, balones) que toman forma gracias al vacío al que se aferran.

Anteanoche soñé que se me olvidaba mi nombre wirra. Me llamo Saulí, pero en el sueño todos me lo preguntaban y yo lo había olvidado. Al día siguiente tuve uno de esos días de ojos empapados; extenuante, insoportable. No hay peor desamparo que el desamparo de imágenes. ¿Cuál es el nombre de las cosas, de los otros, de las manos que nos escriben? ¿Cómo suenan, cómo se miran, cómo se sienten las palabras cálidas: madre, caricia, mañana, carcajada?

Una sociedad sin imágenes qué abrazar está destinada a la ruina. ¿Cuáles son las nuestras?, ¿qué rostros nos motivan a seguir pronunciando la palabra esperanza?, ¿cómo podemos hacerle frente a esas otras palabras, las estridentes, como feminicidio, violación o fosa clandestina? No tengo respuestas, pero sé que basta labrar, contra toda probabilidad, una imagen a la que sea posible volver cada vez que todo parezca incierto.

Deja un comentario

Efemérides

uncached

Twitter