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Sororidad

Por Alejandra Eme Vázquez:

Vine a Querétaro porque me dijeron que aquí era el Festival de Joven Dramaturgia. Mi sororidad me lo dijo. No había nada que se pudiera hacer para que yo faltara a esta cita: se trataba del encuentro donde montan lecturas dramatizadas de textos seleccionados entre las voces jóvenes más sobresalientes de la dramaturgia nacional, y el jueves 16 de julio se presentaba Mitad tú, mitad yo de Jimena Eme Vázquez. Jimena, la que lloró una hora completa por su globo rojo perdido a los tres años. Eme, la que desde niña amaba disfrazarse. Vázquez, la que encontró en el teatro su manera de ser y dejar ser. Mi hermana, cuya obra de teatro se trataba justamente de explorar a dos personajes que no pueden desunirse nunca por completo porque son siamesas

pero también porque son hermanas

pero también porque son mujeres.

Los lazos de hermana son para mí los más fuertes que existen y me han determinado de muchas maneras. Porque no sólo he ido construyéndolos con Jimena sino que pronto me encontré dentro de un sistema en el que pensar sobre ser mujer es imperativo y de alguna manera, también se trazan relaciones con otras mujeres a partir de esta estructura de hermandad. Más que hermandad, sororidad: un reconocimiento casi automático de la otra en términos de género, nuestro género, y un entorno común que tiende a recibirnos de formas parecidas o predecibles en ciertas circunstancias, por el solo hecho de ser mujeres. Y es verdad que todo puede verse desde ahí, aunque también tenga ventajas abordar otras perspectivas. Es una cosa curiosa, la perspectiva: ponerse filtros y mirar el mundo a partir de los rasgos que se resaltan con ellos, mucho más cuando son elegidos y conscientes. Por ejemplo ahora, que desde que viajé a otra ciudad para ver triunfar una obra de mi hermana que trata sobre hermanas, no puedo dejar de pensar en términos de sororidad y de todos los discursos que se generan a partir de su afirmación y su negación.

Junto a mi conciencia de hermandad de sangre, y muy probablemente a causa de ella, el nivel de sororidad no filial se me afirmó con lo sucedido en el hashtag #RopaSucia que apareció la semana pasada en redes sociales: Maricela Guerrero, Paula Abramo y Xitlalitl Rodríguez, tres grandes poetas mexicanas, convocaron a compartir ejemplos concretos de discurso machista etiquetándolos como «ropa sucia», para que en vez de lavarse en casa se lavara al aire libre y se pudiera hacer algo con ello. La idea era reunir información para una exposición artística, pero pronto se convirtió en mucho más, porque la etiqueta permitió traer a lo público experiencias en que las mujeres sentimos, con «razón» o no, que nos estorba muy palpablemente el rol que se nos asigna por género. El éxito de la etiqueta permitió reunir puntos de vista muy diversos sobre los límites de ese monstruo multiforme llamado misoginia, pero también darnos cuenta de lo común que es esa incomodidad que hace de ser mujer un corsé; no es poco, si pensamos que normalmente nuestras experiencias individuales nos parecen aisladas y cómo se amplía el horizonte cuando se vuelven colectivas.

La etiqueta #RopaSucia dio en ese clavo y trascendió sus intenciones originarias, mostrando que el deseo por compartir es tan fuerte como para montar estructuras que no existían o bien, aprovechar las existentes y hacerlas funcionar de nuevas maneras. También puso en evidencia, una vez más, que nunca faltan quienes se autonombran auditores de las iniciativas para convocar la sororidad, como si hubiera algunas autorizables y otras no, y creen necesario ningunear y cerrar oídos hacia las que consideran caprichosas u ociosas según criterios que faltaría transparentar, sin caer en el insulto fácil, para llegar a discusiones interesantes. Tan necesarias, también.

Nadie, que yo sepa, ha asegurado que la reflexión sobre género y sororidad esté acabada ni que haya llegado a un punto de perfección. La manera de abordarla depende mucho del tipo de generaciones entre las que vamos creciendo y hoy todavía tenemos alrededor un mundo en el que no nos escapamos de vivir inequidad por género en muchos niveles, con diferentes consecuencias. Si yo he tenido que aprender a narrarme a mí misma con un historial de abuso intrínseco a mi ser mujer, mi propio filtro es distinto del de quien no lo ha vivido y eso no quiere decir que deba aprender a acomodarme o a guardar silencio. Hoy por hoy, el impulso va más bien hacia el lado contrario. Aunque nos guste la estadística, la verdadera aportación es hablar desde el yo, con todo y el riesgo a la equivocación, para que las generaciones que faltan por vivir vayan erradicando esa idea de que sólo se aprende a golpes y de que es prácticamente forzoso sufrir para lograr. El que a mí me haya tocado aprender a mejorar mi condición y reposicionarme desde la desventaja y el silencio no quiere decir que haya que reproducir ese mismo modelo.

Vine a Querétaro a un festival de dramaturgia cuya protagonista es una generación a la que llevo al menos diez años: la generación de mi hermana, que triunfa; la que aún sigue debiendo lidiar con comportamientos y esquemas retrógradas, especialmente en cuestiones de género («Les auguro un futuro prometedor porque además de talentosas son bonitas» sigue siendo el tono de halago predominante para las mujeres), pero que cada vez tiene mayor posibilidad si no de desaparecerlos por completo, sí de diluirlos para que vengan los que siguen a tomar la estafeta. Porque esto es un trabajo de redes que construimos entre todos para permitir a hombres y mujeres de ésta y toda generación tener acceso a diferentes horizontes, distintas alternativas. Porque todos merecemos tener otros modos de mirar, nombrar y actuar que solamente pueden estructurarse a partir de verbalizar y visibilizar lo que nos hace sentir en desventaja. Y por lo pronto llamarle #RopaSucia o cualquiera de las etiquetas provisionales que por primera vez pueden dar nombre específico a situaciones que muy fácilmente podemos identificar en nuestro cotidiano y que al abrirse el espacio para compartir, se vuelven una fuente de reflexión y herramientas para modificar entornos adversos.

Porque no estamos solos y más en concreto, no estamos solas. Bendita sororidad.

Querétaro, Qro., 19 de julio de 2015.

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