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Son estas notas su ‘canticomercial’

Por Alejandra Eme Vázquez:

Si existió, Nicolás Chauvin habría nacido por 1780 en Francia y servido con alma de mártir al ejército napoleónico, con tal dedicación que fue acreedor al ‘Sable de Oro’ por sus heridas de guerra y su incansable lucha, sin quejarse ni un segundo. Un héroe, pues. Pero pronto su nación perdería el fervor patriótico y Chauvin se convirtió en un objeto de burla, al punto en el que los hermanos Teodoro e Hipólito Cogniard escribieron en 1831 una obra de teatro titulada La escarapela tricolor en la que ironizaban el amor exagerado por la patria con un personaje llamado, justamente, Chauvin, el mismo que ridiculizaba todos los valores nacionalistas en un país hundido ya en la decepción.

Fue tan bien aceptada la pieza y la voz popular opera tan extrañamente, que lo que al final nos quedó de aquel soldado no fueron sus anécdotas heroicas, ni siquiera un rostro, sino su nombre convertido en una especie de síndrome, el chauvinismo o chovinismo, aplicado según la Real Academia Española para la “exaltación desmesurada de lo nacional frente a lo extranjero”. Y sonará ridículo, pero todo el siglo diecinueve alimentó el espíritu chovinista de casi todas las naciones; basta poner atención a los himnos nacionales compuestos en la época, incluido el nuestro, en los que se convoca a lidiar con valor por la patria y morir por ella, cual Chauvin, si fuera “necesario”.

Y todo el siglo veinte se trató también de naciones, de imperios en guerra, de identidades y subordinaciones a partir del territorio donde no elegimos nacer pero nos determina en demasiadas formas. Los nacionalismos se cristalizaron en discursos que convenían a algunos, delimitando fronteras y diferencias que forman parte de tradiciones acendradas en todas las manifestaciones de cultura, en la economía y, por supuesto, en la forma de educar a las nuevas generaciones reproduciendo el orgullo por haber nacido en su país, el amor a su patria, la aspiración de participar en su defensa ante “extraños enemigos” (que es decir otros nacionalismos) y en consecuencia, la continuación de rituales chovinistas, porque la nacionalidad se ha convertido en una parte importante de la identidad y en esa idea se ha formado en buena parte a las juventudes, con consecuencias diversas.

En México, una de las exhibiciones más curiosas de chovinismo se monta cada lunes en las escuelas públicas y privadas con los llamados “honores a la bandera”, un ritual que consiste en asistir al recorrido de la enseña y el escudo nacionales por el patio, en un evento solemne que comienza con el canto de ese Toque de bandera que uno se aprende de memoria desde pequeño, para seguir con el juramento a la bandera (“te prometemos ser siempre fieles a los principios de libertad y de justicia que hacen de nuestra patria una nación independiente, humana y generosa a la que entregamos nuestra existencia” –sic-) y el himno nacional; los mismos que se repiten una y otra vez como un rezo que no tiene por qué significarnos nada si sólo nos exige una memoria de perico o en último de los casos, hacer playback.

Tan no es un requisito llenar de sentido a los símbolos patrios para rendirles “honores”, que incluso en eventos donde sí nos emociona escuchar las notas del himno nacional o ver ondear la bandera, como en los encuentros internacionales de futbol, la letra del himno nacional se ve alterada, saludamos cuando no debemos, en fin, le “faltamos al respeto” a las normas solemnes con las que deberíamos amar exaltadamente a lo patrio, que en teoría deberían ser muy rigurosas. Y en cuanto a los honores a la bandera, casi sin excepción se tratan de sermonear alumnos que se sienten forzados a hacerlos, muestran una actitud desinteresada y sólo escuchan, hastiados, los discursos patrioteros de los adultos que tampoco los ayudamos a salir de errores tan absurdos como creer que el toque de bandera dice que son esas notas un “canticomercial” en vez de un cántico marcial, que “masiosare” es una sola palabra y que “firmes, ya” es parte de lo que deben repetir en el juramento a la bandera.

A finales del ciclo escolar pasado corrió el rumor de que suspenderían este ritual de lunes por la mañana en todas las escuelas del país; las supuestas razones recaían en el tono bélico del himno y su anacronismo, pero al final resultó que no era más que la opinión de dos historiadores entrevistados por la periodista Carmen Aristegui. Lo cierto es que el rumor corrió como reguero de pólvora dentro de las escuelas, quizá porque en el fondo sí nos preguntamos cómo es posible que continuemos repitiendo estos discursos sobrepasados y chovinistas, cuando nuestros jóvenes ven cada vez más de su país y de su mundo las profundas injusticias y las contradicciones que vienen justamente de aquellos que pretenden decirles que todo depende de ellos, que el cambio está en que muevan a México, que tienen una tierra maravillosa y que sean “luchones”. Pero ya no estamos educando mártires, ni queremos hacerlo.

En un país donde todos los funcionarios de gobierno todavía se jactan de su discurso patriotero mientras los ciudadanos reclamamos tantas luchas sin ser escuchados, supongo improbable que por lo pronto se revise en serio este legado chovinista y mucho menos, que se reflexione desde la institución sobre la imposición de estas estructuras tan gastadas y llenas de sinsentidos como los honores a la bandera, a pesar de que estén generando tantas contradicciones y vacíos que convendría discutir y replantear. Quizá no esté mal que lo patrio cobre nuevos sentidos, pero que sea a conciencia y en lo individual, sin que sea un Estado convenenciero el que nos imponga formas cuadradas de ser que él mismo no respeta. Valdría la pena, entonces, comenzar por preguntarnos qué estamos afirmando hoy cuando le decimos a la “oh, patria querida” que el cielo un soldado en cada hijo le dio, y si de verdad oímos y sentimos, contentos, latir nuestro corazón cada que una insignia nos activa esa identidad con la que crecimos y de la que somos constructores, cánticos marciales aparte.

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