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Sobre la vergüenza

Por Nerea Barón:

No tengo un cuerpo perfecto. Lo recuerdo cada vez que voy a comprarme algo de ropa y, acomodándome la blusa frente al espejo del probador, no logro parecerme a la modelo del anuncio. Maldito heteropatriarcado, podríamos decir, encargado de imponernos estándares irreales de belleza que nos hacen sentir constantemente insatisfechas con nuestra propia imagen. Nada qué objetar, ya conocemos ese discurso y su sustento.

Dejemos a un lado, entonces, el impúdico probador de luces amarillas y pasemos a otra cosa. Felicítenme: el año pasado gané un premio que incluyo la publicación de mi primer libro. Libro que desde que salió impreso soy incapaz de abrir, pues me basta leer una línea al azar para ruborizarme toditita. Un texto tan verde no debería de estar en librerías.

¿Existe una palabra para designar el miedo a los espejos? Ya lo googleé: se llama catoptrofobia. Entre ser y no ser, ser tiene el enormísimo inconveniente de dejar rebabas por todas partes: recuerdos, fotografías, amigos, mensajes y textos que te recuerdan todos tus balbuceos, tus momentos más álgidos de torpeza y tus destellos más puros de crueldad. Espejos que te devuelven una imagen que no coincide con la que quisieras proyectar.

Entonces llega la vergüenza. La autoconciencia doliente que borra la distancia entre lo que (crees que) eres y lo que (crees que) el otro opina de ti. La tortuosa convicción del ridículo y la gran paradoja: mientras más intentas separarte de esa imagen que te acosa, más la representas con todo tu performance de tartamudeos y mejillas sonrojadas.

Imagino que no hay mayor vanidoso que el catoptrofóbico, convencido de que cada espejo lo refleja indefectiblemente y sin piedad. El espejo persigue a quien se cree determinado por él, pero se nos olvida lo obvio: no son sino nuestros mismos ojos los que dan vida a la mirada que se encuentra del otro lado.

Entre ser y no ser, hay un valle de errores. La novela perfecta es la que no ha sido escrita y la belleza más sublime la encarna el cadáver petrificado. El resto es la danza improvisada de los vivientes; las preguntas y los gerundios, los resquicios de duda, los ensayos, las equivocaciones afortunadas y, en fin, lo que ocurre cuando dejas de mirarte en el espejo y sales de la habitación.

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