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Sobre la reciprocidad

Por Nerea Barón:

Cuan diferente habría sido la historia de la humanidad si el hombre primitivo hubiera tenido un refrigerador: apenas volviera con un jabalí sobre los hombros después de un gran día de caza, lo cortaría en rebanadas (una para el lunes, otra para el martes, otra para el miércoles) y se sentaría afuera de su refrigerador a hacer guardia con una piedra en la mano para garantizar que nadie le robara su comida de los días siguientes.

Como no tenía esa opción, el hombre no tuvo más remedio que aprender el riesgoso arte de la reciprocidad: descubrió que si compartía su presa con los miembros de su grupo, incrementaban las probabilidades de que él pudiera beneficiarse del botín de los demás cuando tuviera un día malo. El estómago de los demás era su refrigerador.

La reciprocidad surge como medida adaptativa ante la fluctuación constante en la cantidad de alimento. «Tanto mayor es el índice de riesgo, tanto más se comparte», dice Richard Gould, antropólogo de la reciprocidad. Sin embargo, guardar —simbólicamente— tus reservas en un ser vivo con voluntad propia conlleva ciertas desventajas: puede ocurrir que éste decida no ser tan generoso, o simplemente que tú seas un mejor cazador y que, después de unos meses, te preguntes por qué le sigues compartiendo tu presa a ese holgazán mamutfóbico.

Palabra clave: simbólicamente. El símbolo es la exteriorización de una idea, la promesa de que detrás de él hay algo más grande que él mismo. En consecuencia, el acuerdo de reciprocidad no se mide en kilos de carne, sino en la disposición del otro para compartirlos cuando llegue el caso, algo paradójicamente inmensurable. La moneda de intercambio es la confianza.

Muchas especies animales han sobrevivido a lo largo del tiempo gracias a este mecanismo. Los murciélagos vampiro, por ejemplo, comparten entre sí la sangre que consiguen, lo que a corto plazo puede perjudicar al murciélago compartido pero a la larga lo favorece, ya que incrementa las probabilidades de que otros murciélagos quieran compartir su sangre con él en un futuro, además de aumentar el éxito del grupo. Los pájaros, por otra parte, requieren ayuda de sus semejantes para quitarse las garrapatas, pero esa ayuda sólo le llega a los individuos que están dispuestos, a su vez, a quitarle las garrapatas a los otros.

En tanto rasgo evolutivo, la reciprocidad carece de carga moral: no es que el compartidor sea “bueno”, simplemente hace lo que le dicta su programa de supervivencia sin ponderar su beneficio real. Lo interesante aquí es que, pese a su neutralidad moral, la reciprocidad contempla cierta noción rudimentaria de bien común en la que ver por el otro automáticamente significa ver por uno mismo y viceversa, y aunque ese bien común pasará a segundo plano cuando se institucionalice la reciprocidad, permanecerá siempre en su trasfondo.

Por eso, cuando alguien en la calle me limpia el vidrio y me pide una moneda, no dudo en extendérsela. No sólo porque mi predisposición milenaria a la correspondencia me hace sentir cierto escozor si no lo hago, sino porque me parece que basta darle ese voto de fe a nuestra sabiduría biológica para que Kant sea tantito menos necesario.

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