Sobre la obsesión con el amor romántico (y otras formas de acompañarse)

Por Nerea Barón:

“Los amorosos andan como locos

porque están solos, solos, solos,

entregándose, dándose a cada rato,

llorando porque no salvan al amor”.

Los amorosos, Jaime Sabines.

No importa si se desata la Tercera Guerra Mundial, si hace calor o frío, si en el trabajo hay buenas nuevas. Para el enamorado todo queda supeditado a ese mensaje no contestado, a esa conversación fatal que repite una y otra vez en su cabeza con pequeñas modificaciones y claro, a sus labios, a su sonrisa, al calor de su abrazo.

El amor romántico en su versión más voraz lo toma todo, lo pide todo y no deja un solo resquicio para la vida. Se presenta siempre con urgencia: el enamorado pierde semestres enteros en la escuela por ir a recostarse en las piernas del amado durante el horario de clases, se muda a lugares fríos sin trabajo ni pertenencia, se queda paupérrimo, se niega salidas y otras pequeñas alegrías que no llevan el nombre de su amor. Se va vaciando.

Bajo esa idiosincrasia, la soltería se vuelve persecutoria para el enamorado de vocación y, en sus periodos de soledad, siente cómo las paredes de su casa se estrechan y le falta el aire; no es un vacío, es una nada que lo llena todo, que lo vuelve insoportable. La soltería es un mientras tanto incómodo por el que a menudo se deambula sin elegancia.

«No necesitas una pareja», le dicen sus amigos. ¿No la necesitan? Decir que no tajantemente es obviar la sed, la desesperación con la que se mueve el enamorado del amor, la comezón que –para bien o para mal– sólo ha logrado rascar la presencia de un Él, de una Ella. Una pregunta más útil sería, quizá: ¿Por qué creemos tan fervientemente que necesitamos una pareja?

Hay una parte del problema que ataca principalmente a mujeres y se resume en lo siguiente: estamos ideologizadas. Durante siglos se nos transmitió el mensaje de que una mujer no podía alcanzar la realización si no era al lado de un varón. En los juegos infantiles, en las canciones y en casi cualquier otro producto cultural se reproduce la idea de que la completud, para la mujer, se alcanza en la consecución del amor romántico, de preferencia eterno. Caso distinto es el del hombre, cuya completud según los mismos productos culturales se consigue a través de hazañas heroicas (ideología que deja remanentes de temeridad injustificable en el hombre, tan hombre), en donde la mujer sólo es la cereza del pastel, el beso en la última escena de la película. En otras palabras, creemos necesitar una pareja porque nos han convencido de que así es.

Pero no se acaba ahí. Ocurre también que es en el seno de una relación romántica en donde nos atrevemos a tener conflicto y, por extraño que parezca, eso es lo que le da un carácter superior sobre otras relaciones. No hay intimidad sin conflicto. Las parejas se quedan a solucionar los malentendidos, las ofensas, los desacuerdos. Las peleas se consideran parte de la dinámica, pues se da por supuesto que ambos desean quedarse y en esa medida han de hablar, de negociar, de disculparse.

Sin embargo, cuando salimos de esa esfera privilegiada, por lo general solemos ser más higiénicos. Salvo unos pocos amigos que se conocen de años o algunos integrantes de la familia, por lo general los conflictos generan distanciamiento. No sabemos estar en desacuerdo. No sabemos mostrarnos rotos (o peor: malhumorados, vulnerables, equivocados, impulsivos) con gente que no está enamorada de nosotros. Corte A: nos aislamos. Nos sentimos solos. Si aprendiéramos realmente a acompañarnos (y a enojarnos y a reconciliarnos) con gente cercana que ocupa otra función, la necesidad de buscar a alguien que se quede románticamente menguaría mucho, porque sabríamos que hay otras formas de quedarse.

Por último, las dinámicas de pareja suelen configurarse como un trabajo en equipo: uno cambia los focos, el otro pasea al perro; uno le llama al otro cuando tiene un accidente de coche para que venga a auxiliarlo y otro, cuando requiere asesoría en algo del trabajo. Tener pareja es tener quien escuche tus problemas y quien te lleve sopa si estás enfermo. ¿Cuántas amistades cumplen estas funciones? Menos de las que se esperarían. Hay comunidades, sin duda, pero no es la norma. Quizá por eso seducen tanto sitcoms como Friends o How I met your mother, porque representan el sueño de muchos. Buscamos pareja porque no nos sentimos respaldados por nuestra comunidad.

Quizá ese ha sido para mí uno de los aprendizajes más importantes en el último año: cuando tienes amigos que se quedan en tu sillón, que cuidan a tu perro cuando sales de viaje y hasta te ayudan a lavar los trastes cuando estás en crisis, te das cuenta de que después de todo, tener pareja no es tan importante.