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Sobre la importancia de incomodarse

Por Nerea Barón:

El domingo llegó mi madre muy indignada a contarme cómo se había quedado atrapada, accidentalmente, en medio de la marcha del orgullo LGBTTTI del pasado sábado 25 de junio. “¡Qué desfiguros!”. Mi hermano secundó de inmediato: que una cosa era que fueran gays y otra que se faltaran al respeto a sí mismos de esa manera, con sus tangas y sus látigos y sus travestismos, que qué necesidad, que qué incómodo que nos obligaran a presenciar eso a nosotros, gente de bien.

No hace falta ahondar en la acalorada discusión que surgió después. Quien está acostumbrado a que sus prácticas culturales –sus formas de vestir, de hablar y de vivir, coincidan con el discurso hegemónico, olvidan su propio privilegio y lo normalizan; peor aún, naturalizan su normalización, como si andar por la vida con pantalones y camiseta de algodón –¡qué desfiguro!– no contara en última instancia con los mismos elementos de elección, búsqueda de estética e identidad que el travestismo o cualquiera otra elección de vestimenta.

No obstante, sería ingenuo negar el espíritu provocativo y transgresor con el que muchos asisten a la marcha del orgullo. Y –lo reconozco– seguramente si yo hubiera ido también me habría incomodado más de una vez ante ciertas expresiones estridentes de sexualidad, infrecuentes en lo público.

La pregunta es qué hacemos con nuestra propia incomodidad. Žižek, en su ensayo En defensa de la intolerancia, critica el discurso postpolítico que sostiene falsamente que los conflictos ideológicos ya están superados, a fin de negar la diferencia e impedir que un nuevo grupo de silenciados tenga voz.

Es importante que los grupos minoritarios, a quienes se les niegan diariamente derechos fundamentales, tengan voz. Y en esa medida, es importante incomodarse, porque en esa incomodidad hay un reconocimiento de la otredad. Una otredad tan otra, que no es posible reducirla a las propias categorías; tan otra, que preferiríamos desviar la vista.

La convergencia entre individuos, culturas y comunidades nunca es inocua. La diferencia implica discrepancia ideológica y eso, dice Žižek, es precisamente la política: el campo de batalla en el que se negocian, no sin conflicto, dichas discrepancias.

Bajo esa lógica, es una fortuna que mi madre haya tenido la oportunidad de incomodarse este sábado. El siguiente paso es poder metabolizar esa incomodidad para que, en vez de censurar lo visto, podamos cuestionar los presupuestos de nuestra mirada.

Crédito de foto: Ángel Valenzuela

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