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Sísifo. El incomprendido

Por Nerea Barón:

Like any dealer he was watching for the card

that is so high and wild

he’ll never need to deal another

Leonard Cohen, The Stranger Song

De la firme convicción de que los conocimientos están diseñados para que uno pueda guardárselos en el bolsillo nacen mis mejores atributos y mis mayores terrores. Durante toda mi infancia la acumulación fue mi fantasía más recurrente: si acumulaba suficiente información (suficiente sabiduría), podía llegar a la vida adulta con un escudo férreo que me protegiera de todos los malentendidos, de todas las discusiones insulsas y los falsos problemas; de todo lo humano humaneando: la voz alzada, los aspavientos incomprensibles y el llanto que veía en mi mundo desde una esquina, chiquita como mi cuerpo.

Recuerdo haberlo decidido: tengo que apurarme a aprenderlo todo –pensaba– para estar por encima de este drama, de paso apurarme a ahorrar para cuando haya escasez, aprenderme el manual de supervivencia para cuando me pierda en un bosque, saberme el número de la ambulancia y cómo aplicar RCP por si mi compañero de clase cae muerto a mi lado.

No hace falta ahondar en la desesperación que llegó cuando, pese a mis esfuerzos, el mundo insistía en desordenarse. Cuando del corazón de fuego –amor eterno, felicidad redonda y sin rebabas, certeza rebosante– salían chispas y todo se apagaba, cuando las palabras precisas se convertían en rizomas de significados ocultos y la precisión se evaporaba, cuando con o sin ahorro había que levantarse cada mañana a pagar la renta y no podía pagar la renta porque me faltaba el token que había perdido cuando perdí la nota para cambiar mi libro y se me quemó la cena mientras buscaba la nota, y alguien gritó y yo contuve las lágrimas.

Estamos siempre al filo del mundo. O podemos decirlo con un manoseado revés: “éste es el primer día del resto de nuestras vidas”. En eso las mascotas son buenas maestras: no importa cuánto las saques a pasear un día, igual habrá que sacarlas al día siguiente; o los niños: siempre con la avidez recién estrenada, sibaritas del presente y dispuestos a saltar en tu cama a las seis de la mañana porque el reloj ya ha dado las vueltas suficientes para que el día vuelva a empezar.

Nosotros –que no somos niños ni perros– somos cuerpo y eso nos circunscribe invariablemente a nuestra animalidad, exigiéndonos volcarnos una y otra vez en la realidad del hambre, el placer y el sueño. A veces pienso a Sísifo como un personaje incomprendido, un chivo expiatorio de los quejicas que no pueden ver el sentido en la reiteración ni dignificar la redundancia de un acto que se basta a sí mismo.

En el reino de Sísifo estamos siempre empezando: no importa cuántas veces alcancemos la cima, no importa cuánto nos haya costado llegar a ella, la piedra igual se caerá y habrá que volver a empezar. Si eso es digno de lamento, no lo sé. Quizá habría que cambiar la pregunta y en vez de preguntarnos cuándo acaba el tormento cuestionar, ¿por qué habría de acabar?

Like any dealer he was watching for the card that is so high and wild / he’ll never need to deal another”, canta Cohen, pero yo me pregunto, ¿qué carta puede ser tan alta para eximirte de vivir?

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