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Siembra tu rezo

Por Nerea Barón:

Soy el tejido, soy el tejedor

Soy el sueño y el soñador.

Los sueños habitan en el corazón de todas las cosas corpóreas; sin ellos, toda la materia perdería su densidad y devendría en un polvo de nada. La realidad es una plétora de Deseo que se dobla y se desdobla. Hay quien le llama a eso Vida, a la explosión de voluntad que emana de cada árbol, de cada piedra, de cada animal que respira. Ya lo decía Ende en El espejo en el espejo: las alas pueden estar hechas de plumas, de pequeños huesos y de músculos, pero el taller de su manufactura se encuentra siempre en un sueño.

Vivimos, sin embargo, en ciudades muertas con túneles cerrados que esconden el infinito desbordamiento de la Vida y, de tanto esconderlo, se nos ha olvidado. A menudo escucho decir en la calle y en consultorio, con unas palabras u otras, que el problema es que la realidad es demasiado rígida, demasiado intransigente, como si de un cadáver se tratase. «No hay forma de que la pared ceda por más que la empujes», dicen. «No hay forma de sobrevivir si no es jugando el juego del mundo», afirman en la fila del SAT. «Habitamos una realidad terca», declaran mientras le colocan otro ladrillo a la gran muralla. «Soñamos con alas y míranos, seguimos sin volar».

Pero debajo del pavimento la tierra respira, yo misma la he visto. A veces tengo la convicción de que bastaría que la misma fe que tenemos en las cosas duras las tuviéramos en su espíritu dúctil para malearlas. «Siembra tu rezo» le digo en silencio a cada persona a la que le beso la frente. «Siembra tu rezo y cosecha».

Rezar. Ponerse anímicamente ante la presencia de lo divino. Escuchar vibrar a la cosas vivas. Sentir el cuerpo. Arar la tierra para que puedan respirar los nuevos brotes. Honrar los momentos, las voluntades. Apuntar con la linterna en la dirección deseada y abrir bien los ojos para poder ver cómo un nuevo camino se abre.

Rezar. Resonar con uno mismo. Darse tiempo para desenmarañar el entramado del Deseo. Aprender a mirar con los ojos cerrados, con los pies descalzos, con las manos que recorren los cuerpos de la posibilidad. Dejar que las flores se abran, besar los pétalos que caen. Tomar la punta del lazo de la Vida y recorrerla hasta el otro extremo, ahí donde yace la Muerte.

Le he perdido el miedo a ser tachada de ingenua por percibir el camino despejado. Los sueños habitan en el corazón de las cosas corpóreas y cada vez que le canto a un sueño sé que en alguna parte una puerta se abre en respuesta a ese canto. «Guarda en tu corazón la certeza de que tienes de este lado una aliada, una aliada con una cantidad intimidante de fe», le escribía a Ata ayer por la tarde. Magia blanca. Una vez sembrado el rezo, el resto se trata únicamente de extender los brazos y dejar que te acaricie el infinito.

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