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Ser como Kubrick

Por Alejandra Eme Vázquez:

Podría pensarse que decir “ser como Kubrick” significa que llevemos la provocación hasta un punto estética y discursivamente tan disfrutable, que todos se fascinen incluso contra su propia voluntad, pues se ha puesto tanta atención en cada detalle que es imposible no entrar en el mundo construido bajo reglas terribles, sin complacencias ni consideraciones pero con la garantía de que todo lo que en él ocurra será inolvidable.

Pero no.

Podría aventurarse, entonces, que “ser como Kubrick” quiere decir que pongamos en práctica una aguda lectura de lo que se considera clásico para volverlo a dotar de significado y apropiárnoslo sin detenernos a respetar un supuesto original que ya ni siquiera existe, porque lo hemos hecho funcionar bajo una nueva perspectiva y podemos manejarlo a nuestro gusto y modo.

Pero tampoco.

El Kubrick como el que vamos a ser es el que conoció Malcolm McDowell durante y después de rodar A clockwork orange. Primero, como un férreo defensor de que fuera él, y nadie más que él, quien interpretara a “Alex”, a tal punto que después declararía que si McDowell no hubiera aceptado seguramente no se hubiera hecho la película; después, como el director sumamente cercano con el que jugaba ajedrez y ping-pong en los descansos.

El que le provocaba un sentimiento de amor-odio de tan accesible, tan exigente, tan genio, tan dictador.

El que detuvo el rodaje cinco días porque no estaba convencido de continuar hasta que el actor propuso cantar Singing in the rain durante la escena de la violación.

El que rio tan fuerte por los gestos de “Alex” en una de las escenas, que se asegura que todavía puede escucharse su risa en la edición final.

Y el que una vez terminado el rodaje, cortó vínculos con él sin importarle más. “A Stanley nunca le interesó el ser humano […] Pero en mi inocencia de primerizo, pensé que mantendría con él una relación como la que me unió para siempre con el director Lindsay Anderson. No fue así. Acabada A clockwork orange, no sé si llegó a media docena el número de veces que nos volvimos a ver”, ha dicho el actor cuando se le pregunta al respecto, dejando ver cierto rencorcillo que ha sido la delicia de los medios, especialmente cuando prefiere evitar este tema del que, evidentemente, siempre le preguntan.

Kubrick

Sí, se dice que Kubrick era un tirano porque exigía de los actores y de todo su equipo lo mismo que él le daba a sus obras en proceso: todo. Y porque cuando el proceso terminaba, terminaba también el contrato no escrito de cercanía que el director cumplía con creces durante el rodaje, a veces para satisfacción de todos y a veces para tormento. De ahí se ha inferido que para él las obras estaban por encima de los humanos que en ellas participaban y eso le ha dado una mala fama no como cineasta, sino como persona; lo que es paradójico, pues son justamente esas características las que hacen de sus películas un portento.

Le han llamado ermitaño porque no establecía vínculos duraderos con nadie que no participara en el rodaje en curso.

Le han llamado antisocial porque si bien cuando filmaba era muy cercano a su equipo, prefería no hablar de casi nada cuando ya no estaba filmando.

Le han llamado cruel porque era tanta su pasión por lo que se estaba construyendo en ese conjunto que él dirigía, que veía todo magnificado y se centraba casi obsesivamente en minucias a las que los demás no daban importancia, con tal de que el momento creado fuera realmente inmortal.

Pues bien, decir “ser como Kubrick” es ser como ese Kubrick, en la medida que a cada quien le acomode mejor.

Mucha, muchísima gente se escandaliza ante el solo planteamiento de que los lazos establecidos entre humanos, sean del género que sean, pueden disolverse sin que eso represente una tragedia ni mucho menos. Hay quienes afirman que eso de dar vuelta definitivamente a una página de nuestra historia es imposible y que siempre, siempre, debemos rendir cierto tipo de homenaje a quienes han sido importantes en nuestras vidas. Aunque no esté muy claro por qué ni para qué.

Ser como Kubrick sería, en cambio, poner las energías y la atención en lo que está siendo y soltar, cada cual a su manera, lo que ha dejado de ser o lo que todavía ni es y quizá nunca será. Aunque sea un poquito, aunque sea por hacer algo distinto. Ser como Kubrick supondría, pues, enfocar toda pasión en lo que ocurre en presente y que los demás tiempos sean accesorios.

No se trata de lastimar deliberadamente a los McDowell que nos encontremos por el camino, sino de establecer de inicio una dinámica en la que podamos estar ahí por completo, en donde estemos, sin que eso signifique una promesa de mantener esa devoción eternamente, lo que sería forzar la repetición de algo que en principio fue espontáneo. Si se va a repetir, lo primero que tendría que reproducirse es la sensación de espontaneidad.

¿Qué tal si pactáramos momentos, en lugar de angustiarnos por adelantado o gastar energía en intentar construir muros alrededor de las circunstancias que nos son más entrañables o cómodas, como si eso fuera suficiente para que no cambiaran nunca? Y además, ¿por qué nos aferraríamos a que no cambiaran nunca?

Es cierto que muchos van a juzgar nuestra calidad humana (ese concepto vorazmente capitalista) por el seguimiento de formas preestablecidas no sabemos por quién, y por el cumplimiento de protocolos que generalmente implican un desmedido apego a lo que ha estado en nuestras manos; pero tal vez el asunto es que si nos tomamos en serio eso de dar carpetazo y vuelta a la página de lo que ocurrió bajo nuestra cuidadosa dirección, los juicios ajenos que pretenden estancarnos ahí no tienen relevancia alguna.

Parece un discurso de superación personal barato abogar por el carpe diem, por vivir el momento presente con intensidad y dejar ir el pasado; a simple vista, podríamos tacharlo de cursi y nos imaginamos a alguien estúpidamente feliz, saludando a las florecitas y celebrando la vida con euforia colorida.

Pero lo que no nos cuentan es que bien aplicado, el carpe diem significaría que una vez terminado el diem, nos marcháramos sin voltear atrás y sin prometer ni esperar que volverá a ocurrir algo parecido. Que eso de dejar ir significa en realidad irnos nosotros mismos, abandonar el set y al equipo una vez concluido cada rodaje, sin remordimiento alguno. Y quién quita que ya sin angustias ni compromisos mal entendidos, todos nuestros presentes se conviertan en obras maestras y entendamos, sólo entonces, que sí tiene sentido ser un poco más como Stanley Kubrick, santo patrono del desapego funcional.

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