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Seguir respirando

Por Deniss Villalobos:

«Imagínate no poder estar nunca ni contento ni decepcionado», pensaba el padre mientras el barco navegaba deprisa a través de la tormenta. «No poder nunca opinar sobre alguien y enfadarse y después perdonar. No poder dormir ni tener frío, no perderse nunca ni tener dolor de barriga y ponerse bien de nuevo, ni celebrar el cumpleaños, beber cerveza y tener remordimientos de conciencia…» Perderse todo aquello, ¡qué terrible! Tove Jansson, El secreto de los hatifnat

“You know how much I like life?”, pregunta Louis C.K. en su último especial de Netflix. “I have never killed myself.” En eso he estado pensando todo el día y creo que es un gran ejemplo de lo que más me gusta de Louis; entre risas, sátira social y cinismo también confiesa cosas con las que muchos podemos identificarnos y que si no fuera con humor pocos aceptarían con tanta naturalidad. Es así de sencillo: aunque no vayas por ahí recogiendo flores, haciéndote amigo de todo mundo y teniendo la actitud positiva de un instructor de yoga, hay algo que en tu vida vale tanto la pena que nunca te has matado.

Y si lo pienso bien, las razones por las que sigo viva no son muy especiales. Ya no sueño con salvar al mundo y me conformo con adoptar más gatos, no hacerle daño a nadie e intentar que el cachito en el que existo no sea horrible. No sigo viva porque quiera ver las siete maravillas del mundo pero pensar en dos o tres lugares en los que he sido feliz y la idea de volver a ellos contribuye al hecho de que siga respirando. Incluso el imaginar que ya no podría enojarme, sentirme triste o pelear con mi hermana, cosas que parecen negativas, me hacen sentir que vale la pena seguir aquí.

La opción de largarme está ahí, claro, y todos podríamos mandar al diablo la vida en cualquier momento, pero la mayoría decide seguir hasta que el cuerpo ya no da más y algún órgano falle o un camión los aplaste. Si no fuera porque la mayor parte del tiempo estoy ocupadíiisima estudiando, trabajando o haciendo cosas tan importantes como caminar, ir al cine y escuchar una canción en repeat por horas, grabaría trece cintas para cada persona o cosa por la que no me he matado. Mi hermana y mis papás a mi lado, la emoción de cuando el cartero entrega un paquete, ver películas con mi novio, la sensación entre la sobriedad y la embriaguez, leer toda la noche porque el libro está muy bueno, caminar por el centro con una amiga, meter muchas cosas a un carrito virtual y luego no comprar nada, la idea de una cabaña en el bosque, mi abuelita haciéndome té cuando estoy enferma, hornear pan, las mandarinas, bailar con mi sobrina, pensar en el mar… En un mundo en el que hay tantas razones para saltar de un edificio o contratar a un asesino a sueldo para que te dispare cuando menos lo esperes, es bastante abrir los ojos y salir de la cama.

Nadie está obligado a llevar una vida extraordinaria y no tirarte por las escaleras ya dice bastante sobre cuánto valoras estar aquí, a pesar de todo lo malo. No todo tiene que brillar, tu voz no tiene que ser la que más se escuche y está bien pasar los días sin haber hecho

nada que los demás consideren importante. Qué egoísta puede ser, pero también tremendamente satisfactorio, saber que seguir respirando es lo único que puedes hacer durante un día y que incluso a eso tienes derecho a renunciar. Esto es lo mucho que te gusta la vida: sigues respirando.

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