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Secreto a voces

Por Alejandra Eme Vázquez:

La voz es materia, y eso quiere decir que entre su emisión y su recepción existen fenómenos físicos mediados por un ambiente que nos entrega lo que otro ha dicho, aunque no haya sido para nosotros; porque en términos de sonido, todo es más desbordado de lo que a veces quisiéramos. Ojalá pudiéramos percibir las ondas sonoras y sus tonalidades a simple vista para decidir evitarlas o salirles al paso: «¡Ahí viene un regaño a gritos, hazte a un lado!» o «¡Por allá está pasando un canto hipnotizante, acércate!». Pero quizá sea justamente la sorpresa el factor que hace tan poderoso el acto de decir: la voz viaja de incógnito y parece que te toma desprevenido, cuando en realidad estuvo acechándote para llegar a ti y provocarte un efecto.

Hay un actor, cuyo nombre me reservaré por mero pudor, cuya voz me parece tan hermosa que ya no sé si voy a verlo al teatro por sus dotes histriónicas o sólo para revivir ese momento de revelación y epifanía que es escuchar las palabras pasadas por el filtro de sus cuerdas vocales, y dejarme llevar. Su voz me evoca paisajes que nunca podría mirar de otro modo y otorga belleza a todo lo que dice, así sea banal o terrible; podría escucharlo una y otra vez porque hay algo que no atino a describir, pero que es profundamente conmovedor y estimulante, en esa forma de aire que su aparato fonador convierte en un medio de comunicación. Y de belleza: yo sí me declaro enamorada de ciertas voces.

En cualquier sonido se pueden encontrar atributos de alguna voz conocida. Yo misma me he sorprendido asociando irremediablemente una cierta nota de piano con el rostro de alguien, como si me estuviera hablando en ese instante. Como si todos los ingredientes necesarios para conjuntar su manera particular de producir ruido desde el interior se reprodujeran, ¿casualmente?, en otros soportes que no necesariamente corresponden a lo humano. Ahora mismo, el ruido de ciertos teclazos puede parecerse, con increíble exactitud, a la voz interna que me dicta estas palabras que todavía no se saben dueñas de nada.

También hay voces horribles, hay que decirlo. No podrían ser horribles en sí mismas, porque finalmente todas sirven para lo mismo, sino que quizá atraen interferencias que hacen recordar cosas desagradables. Es decir, la voz registra en sí misma todo lo que puede ser archivado: por su sola emisión podemos informarnos, como en un formulario previamente respondido, si quien habla es mujer u hombre, si está enferma o sano, de qué región proviene y hasta si ha tenido un mal día; pero también encontramos en ella reminiscencias que van más allá de lo individual, vestigios de cultura de los que el hablante ni siquiera es consciente. La voz es el velcro del lenguaje.

[Hay voces frutales, voces chiclosas, voces líquidas, voces tóxicas, voces nucleares, VOCES ESTRIDENTES, vocesatropelladas, (vocecitas), voces intrigantes, voces remanso, voces ancestrales, mudas, sordas, buzones de voz. La voz de la razón, la de la conciencia, la del pueblo que es de dios, la de la verdad y mi voz, que madura.]

Tal vez somos cuerpo porque la voz necesita tomar la forma del recipiente que la contiene; y si ese recipiente se modifica, también lo hará el sonido que a partir de él se produzca. Como el actor de doblaje que bajó mucho de peso y luego ya no podía hacer la voz de Mickey Mouse, o la señora que conforme perdía la capacidad de audición iba reformando también su habla hasta que la redujo a gruñidos aislados, que no por no transportar palabras pueden decirse menos voz. El cuerpo, entonces, es un instrumento que en su forma tiene impresas las alternativas de su ejecución, lo que no quiere decir que nuestra voz sea limitada sino que es un mapa de nosotros mismos. Más nos vale aprovechar la exploración.

A mí me dicen mucho que mi voz fuerte y grave no corresponde a mi cuerpo pequeño y mi cara de niña, pero desde hace algún tiempo he creído que ese sonido es exactamente el que me hacía falta para decir lo que digo, callar lo que callo y escribir lo que escribo. Siempre que termino un texto, me siento obligada a leerlo en voz alta, sea para mí misma o para alguien más, como si al hacerlo dejara impresa mi forma de decirlo y así garantizara que fuera transmitida la carga emotiva y racional de la que yo creí dotarlo. Pero nunca se sabe. ¿Con qué voz escuchas esto que estás leyendo?

También el silencio se trata de la voz, porque la boca cerrada y el diafragma relajado no significan una ausencia sino una contención; el cuerpo sigue siendo instrumento dispuesto a la música, aunque ésta no salga jamás. Tenemos en ese sonido nuestro, ése que nos permite articular lenguaje, un don que nos ha sido dado con inagotables posibilidades y es fascinante, si lo pensamos como marca de individualidad y como vehículo. Así que ya sea para poseerla, para educarla, para otorgarla, para escucharla o para inmortalizarla, lo que hay que hacer es pasar la voz.

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