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Secretaría de Cultura

Por Frank Lozano:

Finalmente se consumó la transformación del CONACULTA en Secretaría federal. A partir del año 2016 comenzará una nueva etapa para la máxima institución cultural del país. La Secretaría de Cultura, tendrá el mismo nivel que el resto de secretarías, lo cual, además de brindarle autonomía administrativa, le permitirá tener mayor libertad de gestión y un acceso directo a la toma de decisiones.

Este paso es importante. La cultura podrá tener otra jerarquía y otro alcance, no obstante, la parte gruesa de las definiciones está por venir. En primer lugar, la titularidad.

El gobierno puede elegir la continuidad de Tovar y de Teresa o bien, apostarle por un nuevo perfil. La continuidad y la experiencia de Tovar y de Teresa puede garantizar ciertas cosas, no obstante, la creación de una nueva institución, además de los motivos administrativos y políticos, entraña o debería entrañar un mensaje de renovación total.

Apostarle a Tovar y de Teresa es apostarle a un modelo previo, a un modelo conocido y fracasado. Tovar y de Teresa representa el inicio de aquel CONACULTA creado por decreto hace 27 años, ese modelo ya cumplió su ciclo.

La coyuntura para el gobierno de Peña Nieto es ideal para mandar un mensaje de cambio de perspectivas. Esta precisamente, es la segunda gran definición ¿qué tipo de Secretaría necesita el país?

Es una ironía que el partido que representa las peores prácticas políticas haya tenido el acierto de tomar en sus manos la creación de las instituciones culturales del país. El problema viene cuando dicho espíritu de vanguardia se queda en el ámbito formal. Cuando no se ve, ni se dimensiona el papel transformador de la cultura y su potencial como eje del desarrollo local, regional y nacional.

La nueva Secretaría requiere de un perfil fresco. Requiere que quien la encabece, entienda que las políticas públicas que emanen de la nueva institución, necesitan, por fuerza, situarse en un ámbito estratégico.

La principal dolencia de las instituciones culturales, sean federales o de los gobiernos subnacionales, pasa precisamente, por el confinamiento de la cultura como una suerte de actividad social y de coctel.

No ha existido la capacidad para vincular efectivamente a la cultura con la promoción turística, con la promoción económica, con el desarrollo social, con la prevención, con la conciencia ambiental, con el desarrollo económico y con la salud pública. No se ha entendido que el papel de las artes trasciende el campo de la apreciación estética y se sitúa como una herramienta creativa para la comprensión de la realidad y por ende, para su transformación.

Históricamente, los gobiernos han desaprovechado el capital social que representan los creadores y ha transformado dicha fuerza en un animal domesticado a golpe de becas o de plazas burocráticas.

El nuevo rol de la Secretaría de Cultura debiera ser el de la transformación del pensamiento a través de la difusión y la animación cultural. Estas y otras cosas más, se tienen que tomar en cuenta a la hora de elegir a quien encabezará la Secretaría y también, en la inminente reforma a la Ley General de Cultura.

Ojalá el gobierno federal y la Comisión de Cultura de la Cámara de Diputados tengan la sensibilidad de, ahora sí, hacer una consulta amplia y seria sobre el futuro de esta Secretaría que es vital para el desarrollo nacional y para la formación de una nueva ciudadanía.

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