Looking for Something?
Menu

Ya, mérito

Por Alejandra M. Vázquez, @Alejandraemeuve.

 

 

«Los estadios existen para jugar a la magia.
El mundo, para vivirla».
Juan Villoro, Balón dividido

Una mirada superficial haría parecer que todo mundo está hablando ahora de futbol, pero no es así. Habría que mirar de nuevo e identificar qué agendas están detrás de cada cosa dicha y cómo algunos usan como pretexto la Copa del Mundo para desahogar frustraciones milenarias, para buscar o forzar símiles y constantes históricas, para esperar pacientemente agazapados hasta que algo sale mal y entonces pueden soltar un «¿Ya ven?, yo sabía que iba a pasar lo de siempre…», o para regañar por regañar, que últimamente se nos ha vuelto casi un deporte de exhibición.

Una mamá te regaña porque quiere que te formes bajo ciertos preceptos; un profesor te regaña cuando efectivamente puede dar seguimiento a los cambios de conducta que espera de ti; un entrenador te regaña cuando lo que estás haciendo no te está ayudando a cumplir tus objetivos. La superioridad moral consiste básicamente en regañar a alguien (a veces, sólo lanzar regaños al aire) sin interés genuino de cambiar conductas; es más, regañar como si en realidad agradecieras la conducta o el pensamiento que repeles porque eso te permite demostrar que tú sí estás en lo cierto.

Y vaya que la Copa del Mundo, “Duelo de naciones” con todos los conceptos en crisis que esto acarrea, se presta a sacar a relucir la superioridad moral. Lo sé porque yo misma tuve mi propia racha. Tenía dos mundiales “odiando” a la selección mexicana por las mismas razones que muchos podrían hoy reconocer: las desmedidas cantidades de dinero y de publicidad invertidas en ella, la elevación de sus jugadores a ídolos cuestionables, los malos resultados obtenidos consistentemente, los caprichosos movimientos internos que impedían darle la mínima identidad estable. En fin, mi resolución fue emprender una cruzada personal contra todo lo que tuviera que ver con ella y criticarlo todo, con consecuencias únicamente en mis propios enojos.

Hasta este Mundial. Después de no haber visto el juego de México durante mucho tiempo y únicamente saber de él por noticias lejanas, ver el primer partido en Brasil 2014 fue asombroso. “Esos” ya no eran los que yo recordaba, y cómo será de contradictoria la pretendida altura moral que un solo juego bastó para que los ex “Ratones verdes” me reconquistaran. La efervescencia me contagió y retomé mis tiempos de “panbolera bisiesta”, la aficionada al futbol que hay en mi interior y que se enciende con todo cada cuatro años desde que tengo memoria, con excepción de las dos copas pasadas, en las que había silenciado ese lado mío como mi huelga personal… e inútil.

No lo niego: confrontar lo que somos cuando nos emocionamos por un gol, lloramos por una derrota o satanizamos al contrario es necesario; sin embargo, si alguien que no entiende lo visceral que se vuelve un aficionado en pleno partido quiere entrar en ese terreno en plena efervescencia con elaboradas teorías sobre la identidad del mexicano y demás, pero no está dispuesto a considerar todas las emociones que salen a encontrarse durante el juego, está destinado a dividir, y luego a la nada. Claro que hay forma de rastrear el origen de toda conducta, pero es peligroso endurecer la hipótesis al calor de la superioridad moral y aplicarla como constante, categóricamente. Peligroso porque genera bilis innecesaria y porque no tiene consecuencias prácticas, para acabar pronto.

Por mi parte, ya no odio a la selección mexicana de futbol. Me emocionó como nunca, pero no concluí lo de siempre: mi forma de ser aficionada se añadió a las miles de formas que tengo de hacer otras cosas, como sucede con la noción de identidad nacional. Quienes pretendan encontrar en el futbol una totalidad que explique la forma de ser del mexicano sin considerar las reglas que lo rigen, están hablando del juego sin hablar del juego. Y están engañándose, puesto que la superioridad moral en realidad es un ejercicio vacío que además quita la posibilidad de asumir las contradicciones, repensarlas, incluso disfrutarlas.

Tenemos mucho que añadir al imaginario colectivo después de la actuación de México en el Mundial; la diferencia, quizá, es que el escenario nos dio ahora un matiz distinto, porque el error humano (imposible de erradicar del juego por completo) provino no sólo de nuestros jugadores. Porque Herrera propuso una forma consistente de jugar. Porque da gusto ver a los futbolistas disfrutando y festejando con su director técnico. Porque Ochoa fue adquiriendo durante el torneo un gesto de seguridad, y no de soberbia, que hacía que confiáramos totalmente en él. Porque reactivamos el patriotismo de víscera y nos identificamos por un instante con otros en el coraje, la pena o la satisfacción: piensa, ¡oh, patria querida!, que el cielo / un “no era penal” en cada hijo te dio.

También opinar es un juego, así visto, aunque en lo personal me parece muy discutible que el objetivo de compartir un punto de vista sea hacer que otro sienta vergüenza de sí mismo con tal de que el opinador reafirme su ego. Hay mucho por hacer, es cierto, para mejorar las condiciones de vida en éste y en todos los países. Eso no se niega, pero no va a solucionarse ensañándonos con quien participa en un juego: eso se resuelve o no en el día a día, segmentos de población a la vez, con pequeños y grandes pasos. En lo que se refiere a la Copa del Mundo sé que muchos, como yo, cambiaron la forma de percibir esa representación (quizá engañosa, pero irresistible) que da una camiseta, gracias a que el paradigma cambió. Y cambiando paradigmas se alegran, cielito lindo, los corazones.

Feedback

1
  • Fhor

    Siempre he considerado al mundial de fútbol una justa deportiva que deja mucho que desear, por muchas razones; una de ellas (y la única que me causa frustración) es, que el ganador no siempre es el mejor participante, cosa que va en contra de la premisa de cualquier torneo, en cualquier deporte.
    Me resulta incongruente en un torneo mundial, qué las decisiones del árbitro (independientemente de que sea objetivo o no) sean definitivas a pesar de estar equivocadas. Como pueden esperar los organizadores del evento y los mismos fanáticos, que “los jueces” de este deporte ¡¡no pestañeen!! es algo que sencillamente escapa de mi comprensión.
    Me he sentido identificada en esta columna por que en mundiales anteriores me he situado del lado de los que se creen “superiores” a este deporte y no son alcanzados por el frenesí mundialista, pero esta vez fue diferente ¿Cómo se que fue diferente? Sencillo, nunca en mis 25 años había visto un partido de fútbol completo en un mundial, no sé que cambio, pero esta vez me emocioné, goce y lamente con la selección mexicana y algunas otras europeas y americanas, ahora es que entiendo por qué hablar de fútbol es lo mismo que hablar de política y religión.

Deja un comentario

Efemérides

uncached

Twitter