Por Óscar E. Gastélum:

“Quien controla el pasado controla el futuro, quien controla el presente controla el pasado”

—George Orwell

 

El pasado primero de julio treinta millones de votantes decidieron otorgarle un poder prácticamente absoluto a Andrés Manuel López Obrador y a Morena, su movimiento político con tintes de culto religioso. Conforme van pasando las semanas cada vez es más obvio que el demagogo tabasqueño no utilizará ese inmenso poder para producir el cambio auténtico y profundo que le urge a este país, como prometió durante doce largos años de campaña, sino para adueñarse de las antiguas estructuras de poder priistas, esas que han mantenido a México estancado durante décadas, revitalizarlas y construir un nuevo régimen autocrático (según él, benigno) de partido prácticamente único. Eso es precisamente lo que varios hemos venido advirtiendo desde la campaña, pero por lo visto muchos de nuestros compatriotas ven la política como si fuera un partido de futbol, y jamás despreciaron al PRI por autoritario o corrupto sino sólo porque no era la tribu autocrática de su preferencia.

Así pues, lo más probable es que López Obrador logre eternizarse en el poder a través de su secta, y que terminemos habitando un país en el que sin importar qué tantos errores y crímenes cometa o qué tan mal gobierne el partido de Estado, la débil oposición será incapaz de arrebatarle el poder durante, al menos, dos o tres décadas. Poco importa que veintiséis millones de personas, una minoría nada despreciable, hayamos votado en contra del demagogo, de su ambición desmedida y de sus peligrosas nociones y ocurrencias, pues desgraciadamente no podemos hacer mucho para impedir que use el inmenso poder que nuestros compatriotas le confirieron irresponsablemente para darle el tiro de gracia a nuestra comatosa democracia. Pero lo que sí podemos y debemos hacer es luchar para evitar que el demagogo y sus propagandistas reescriban la historia a su antojo, adulterando el pasado y ajustando la realidad al capricho o la conveniencia del Caudillo mesiánico. Como suele suceder con los regímenes autoritarios de “izquierda”, el demagogo tiene de su lado a un ejército de intelectuales, artistas y académicos, gente sin escrúpulos o integridad intelectual, y más que dispuesta a sacrificar la verdad en el altar de la causa, por lo que el riesgo de una falsificación histórica masiva es bastante real.

Es por eso que, si queremos combatirlo con éxito, lo primero que debemos entender es que el lopezobradorismo es un movimiento en bancarrota moral e intelectual, sin valores ni principios sólidos. Claro, la retórica del demagogo y sus voceros chorrea superioridad moral, pero su mojigatería, como suele suceder con todos los santurrones hipócritas, es una farsa. Y es que los ideales lopezobradoristas mutan constantemente y dependen del humor y de los intereses coyunturales del Caudillo. Todo feligrés de Morena que se respete declarará a la menor provocación que detesta la corrupción y a los políticos corruptos. Pero si su líder lo ordena son capaces de justificar lo que sea, incluyendo el desvío de millones de pesos de un fideicomiso para damnificados (no se puede caer más bajo), o el pacto mafioso entre el demagogo y Peña Nieto, que garantizará la impunidad transexenal no sólo del actual presidente sino de Rosario Robles, Emilio Lozoya, Carlos Romero Deschamps y otros gángsters impresentables. Si durante décadas los miembros de la secta condenaron enérgicamente el fraude electoral cometido en 1988 en contra de un movimiento de izquierda, hoy defienden sin rubor a Manuel Bartlett, el principal operador de aquel atentado en contra de la voluntad de la ciudadanía, y lo hacen con la intransigencia que caracteriza a los peores fanáticos. Por eso no me cabe duda de que serían capaces de defender al mismísimo Satanás, si el demagogo considerara pertinente incluirlo en su gabinete.

Decía George Orwell en uno de sus ensayos: “Hemos caído tan bajo, que la reformulación de lo obvio se ha vuelto el primer deber de los hombres inteligentes”. Cuando leí y escuché a tantos izquierdistas, periodistas e intelectuales otrora contestatarios y prestigiosos, defendiendo obcecadamente a Bartlett, subestimando la importancia de su nombramiento y, en algunos casos, cantando odas en su honor, comprendí perfectamente lo que quiso decir el gran ensayista y novelista británico, y confirmé algo que ya sospechaba: que el primer deber de la gente inteligente durante los próximos sexenios será aferrarse a la realidad, combatir el mendaz revisionismo de los corifeos del nuevo régimen hegemónico (o dicho en mexicano: del nuevo PRI), y repetir una y otra vez cosas tan obvias como que Manuel Bartlett Díaz es una alimaña ponzoñosa y no un paladín progresista.

Y si a partir de ahora esa será nuestra tarea más urgente e ineludible, lo mejor es empezar cuanto antes: ¡No! Manuel Bartlett no es un hombre que cometió unos cuantos pecadillos veniales en el pasado, y tampoco expió el inmenso mal que hizo transformándose en un heroico defensor de los recursos energéticos de la nación y en un enemigo implacable del maligno “neoliberalismo”. En realidad, Manuel Bartlett fue el todopoderoso secretario de gobernación de Miguel de la Madrid y, como responsable de la Comisión Federal Electoral (quiero pensar que la coincidencia entre las siglas de aquella infame institución y las de la Comisión Federal de Electricidad es una inocente coincidencia), fue el hombre encargado de operar el colosal fraude electoral que desembocó en el venturoso sexenio del Licenciado Carlos Salinas de Gortari. Es obvio que ese fraude le importa un comino al demagogo tabasqueño, pues hace treinta años, durante aquella histórica elección, todavía era un leal y disciplinado militante del PRI (además, a él sólo le indignan los fraudes imaginarios con los que justifica sus derrotas). Pero la amnesia voluntaria de sus seguidores (gente que se declara de “izquierda”) me parece repelente e imperdonable.

Entre todas las mentiras expectoradas en las últimas semanas por los propagandistas del demagogo, y por el propio Bartlett, resaltan dos que me parecen particularmente tramposas pues contienen una pizca de verdad para que el engaño sea más efectivo: La primera es el cuento que presenta a Bartlett como un acérrimo enemigo de Salinas y la segunda alega que el verdadero orquestador del fraude del 88 fue Diego Fernández de Cevallos pues mandó quemar las boletas que lo documentaban. ¿Fue Bartlett alguna vez rival de Salinas? Sí, pero durante el sexenio de De la Madrid, pues ambos aspiraban a ser ungidos como su sucesor por el dedo milagroso del presidente. Pero cuando De la Madrid se decidió por Salinas, Bartlett actuó con la frialdad y disciplina características de un priista de cepa y operó el magno fraude que llevó a su rival a la presidencia. La deuda de Salinas con Bartlett terminó siendo tan grande que le pagó convirtiéndolo en su poderoso secretario de educación y tres años más tarde en gobernador de Puebla. ¿Ordenó Diego Fernández de Cevallos quemar las boletas electorales de 1988? Sí, pero en 1991, tres años después de la elección. Si aquellas boletas eran la única evidencia del fraude del 88, el ingrato Bartlett debería estar muy agradecido con el “Jefe” Diego, pues al incinerarlas encubrió su crimen para siempre.

Pero el fraude de 1988 está lejos de ser el único capítulo obscuro en la biografía política de Bartlett. Como secretario de gobernación fue el encargado de espiar, intimidar y reprimir a los críticos y disidentes del gobierno, y José Antonio Zorrilla, el siniestro jefe de la Dirección Federal de Seguridad, la temida y sanguinaria policía política del régimen priista, era su colaborador más cercano e incondicional. A lo largo de las décadas, tanto las autoridades norteamericanas como varios periodistas mexicanos han involucrado a Bartlett en dos de los crímenes más célebres del sexenio de Miguel de la Madrid: El asesinato del periodista Manuel Buendía y el secuestro, tortura y ejecución del agente de la DEA Enrique Camarena. Zorrilla, su leal subordinado, terminó en la cárcel acusado de ser el autor intelectual del homicidio de Buendía, pero sólo pudo ser arrestado y juzgado hasta que terminó el sexenio de De la Madrid y su poderoso jefe Bartlett dejó de protegerlo desde la Secretaría de Gobernación.

Repitámoslo por enésima ocasión: Bartlett no es un patriota, y ni siquiera es un enemigo del “neoliberalismo”, pues ya declaró que la reforma energética, a la que tanto se opuso para beneplácito del lopezobradorismo más lerdo y cavernario, está funcionando muy bien y no se le moverá ni una coma. Y es muy probable que su caricaturesco chovinismo antiyanqui haya nacido de las graves acusaciones que las autoridades norteamericanas lanzaron en su contra,  y del bochornoso hecho de que ni siquiera puede pisar suelo estadounidense sin correr el riesgo de ser detenido. La verdad es que Bartlett merecería ser un cadáver político, un apestado esperando la muerte lejos de los reflectores, atormentado por fantasmas y remordimientos. Porque Bartlett es un personaje siniestro que representa lo peor de una era que ingenuamente creímos superada, y ningún movimiento auténticamente comprometido con el cambio se atrevería a incluirlo entre sus filas. Esa es la verdad, le duela a quien le duela y le pese a quien le pese.