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Salto al vacío

Por Nerea Barón:

La escritura es un proceso de interacción

con el no saber, de forzar el qué y el cómo.

Donald Barthelme

En la literatura como en cualquier otro ámbito más vale pedir perdón que pedir permiso, pronunciarse sin medir las consecuencias y alzarse de hombros frente a la autoridad en turno. En la literatura como en cualquier otro ámbito destacará el mejor estafador, aquél que se tome su estafa en serio y sepa llevarla hasta sus últimas consecuencias.

En contraste deberíamos temer a quien deambula por el mundo con un aire de tautología –“soy escritor porque soy escritor”– convencido de su sangre de poeta y su licencia avalada por el Fonca que lo acredita como nuevo talento, vomitador de aves. Tanta certeza suele ocultar una estructura endeble.

Si diseccionáramos el cerebro de Borges no encontraríamos el laberinto de sus obras ni la transcripción de sus palabras, mucho menos el tumor rígido y permanente que algunos llaman ‘talento’ y otros ‘destino’. Encontraríamos únicamente lo mismo que en el nuestro: sangre, células nerviosas y una materia gris inapelablemente torpe, inerte.

Si Borges pudo ser Borges fue sólo porque supo imitarse cautelosamente por un tiempo razonable y nacer, a costa de trabajo, del vientre de su propio deseo, pero entre Borges y Borges hubo un camino a tientas y sin garantes; una apuesta, un salto al vacío.

Saber que no se tiene de suyo lo que se busca suele ser vertiginoso. De la misma forma en la que Borges pudo no haber sido Borges, nosotros bien podemos perecer en el camino de nuestra propia medianía y dejar apenas una libreta con tachones, una buena intención no publicada, un esfuerzo infértil.

Presiento –no obstante– que en ese vértigo es donde se juega lo vivo. Quizá por eso desconfío tanto de cierta clase de acreditaciones verticales, como si la autorización para ocupar un lugar en el mundo pudiera sernos dada y una institución fuera capaz de ahorrarnos la mirada al vacío y la pregunta por nuestra propia voz. Los tótems no se equivocan: nacen muertos.

“El hombre es el animal que promete”, decía Nietzsche. Más aún: el hombre es la promesa que éste se hace a sí mismo, una promesa de ser aquello en lo que ha creído y hacia donde se arrastra irremediablemente.

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