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Salón de clases

Por Deniss Villalobos:

Creo que Aristóteles dijo que no es educación si no te ocupas tanto del corazón como de la mente. O algo así. Siendo honesta, mi experiencia escolar no me ha dado ni una cosa ni la otra. Aunque he tenido algunos maestros de los que aprendí mucho y me hicieron interesarme en temas que quizá no habría conocido de otra forma (o a los que habría tardado más en llegar), la verdad es que la escuela me ha dejado más tragos amargos que aprendizaje.

Nunca me adapté al sistema escolarizado, y el sistema abierto, aunque funcionó un poco mejor para mí después de varios intentos en la universidad, aún deja mucho que desear. Quizá lo bueno de todo esto es que me vi obligada a buscar fuentes de información y conocimiento en otras partes; en los libros (los que yo quiera y no los que tenga que leer), las películas, los cómics, internet, la música y todas las personas a mi alrededor. Así que, aunque no haya sucedido en el salón de clases, creo que cada año me he vuelto un poco menos ignorante (aunque cada que encuentro alguna respuesta nacen veinte nuevas preguntas).

En cualquier caso, más que aprender en un salón, lo que siempre eché en falta fue esa parte de la educación tradicional en la que convives con otras personas. Pasé de tener una actitud de adolescente enojada (bah, no necesito amigos, la gente es estúpida) a una falsa aceptación (bueno, pues no hice amigos en la escuela pero no es para tanto). Así pasé muchos años hasta que, hace no mucho, me descubrí pensando en el tema con tristeza. Supongo que después de creer que no necesitaba amigos y de decirme que no era algo tan importante, por fin puedo decirme a mí misma que aquello me importa más de lo que me gustaría.

Casi todo mundo tiene un mejor amigo que conoció en la prepa, o habla emocionado sobre cómo los mejores años de su vida fueron aquellos que pasó en la universidad con un grupo de personas con las que convivía a diario, y cuando escucho estas historias me da mucha envidia. No tengo ninguna experiencia así. No recuerdo el nombre de ninguna de las personas con las que fui a la secundaría, no conservo fotos, no tengo idea de cómo lucían sus caras; no me mantengo en contacto con las dos o tres personas que hablaba en la prepa y en la universidad de plano me volví un mimo-fantasma.

Por eso es que, ahora que en los últimos meses he convivido con un grupo de compañeros en un salón de clases, me emociona mucho descubrir que me agradan y les agrado. Más allá de los conocimientos sobre un idioma que estamos adquiriendo juntos, aprecio infinitamente el tener personas a mi alrededor que están dispuestas a ayudarme si tengo una pregunta y que escuchan atentas mis comentarios, personas con las que puedo hablar de temas relacionados a nuestra clase pero también sobre cosas tristes o hacer planes a futuro. Cosas como contarnos qué hicimos el fin de semana, planear un fin de semana en una cabaña, caminar dos calles para desayunar chilaquiles juntos o mandarnos memes en un grupo de whatsapp tienen para mí un significado enorme.

Quizá esa es la clase de educación de la que Aristóteles hablaba; no se trata solo del profesor frente a la clase y de las cosas que hay en los libros, sino de cómo todo eso crea conexiones entre personas. Lamento mucho haberme perdido eso mientras crecía, pero ya que lo encontré me alegra dejar de ser un árbol tan solitario y unirme al pequeño bosque que habita en un aula.

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