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Romper cosas

Por Deniss Villalobos:

“You be as angry as you need to be,” she said.
“Don’t let anyone tell you otherwise. Not your grandma, not your dad, no one.
And if you need to break things, then by God, you break them good and hard.”

 Patrick Ness, A Monster Calls

He aquí una confesión: me gusta estar enojada. No enojada todo el tiempo y preferiblemente no por tonterías, pero cuando existe una razón que me parece válida no intento contener mi ira y siempre he creído que enojarme un rato y mandar todo al diablo me hará, eventualmente, sentir mejor. Me chocan esos consejos que invitan a mantener siempre la calma, a no subir la voz, a no gritar y perdonar siempre de inmediato porque “estar enojado te hace daño”. Puede ser. Pero si solo es algo pasajero ayuda mucho.

A finales del año pasado leí Un monstruo viene a verme, novela de Patrick Ness en la que Conor O’Malley, un niño de trece años que vive con su madre en Inglaterra, tiene la misma pesadilla cada noche. La madre de Conor tiene cáncer y después de recibir quimioterapia siempre se encuentra débil por algunos días, pero después recupera un poco el ánimo y le dice a Conor que todo estará bien. O eso era lo que pasaba hasta que su condición empeora y debe volver, más débil que nunca, al hospital. Es una de esas noches cuando el niño recibe una particular visita: desde su habitación puede ver un tejo que ha vivido ahí desde siempre, o eso parece hasta que éste se levanta, majestuoso y aterrador, para caminar hasta la ventana y hablarle.

El monstruo-árbol contará a Conor tres historias, pero hay una cuarta que le corresponde a Conor. Cuando el tejo termine con la tercera historia, el niño tendrá que confesar “su verdad”, hablar de esa pesadilla que lo atormenta cada noche y enfrentarse a aquello que más teme. En la historia hay momentos tristísimos que se sienten muy cercanos; hay acoso escolar, miedo, abandono, apatía, culpa… pero sobre todo, y lo que fue más importante para mí: ira. Conor está enojado. Y el tejo está ahí para ayudarlo a gritar, a perder los estribos, a no calmarse. A, literalmente, romperlo todo.

Hoy fui al cine a ver la adaptación que J. A. Bayona dirigió, y aunque el libro me gustó, sentí que funciona mejor en pantalla. Y a pesar de encontrarla algunos peros (casi los mismos que encontré en la novela), son solo detalles pequeños que no afectan mi opinión general de una historia que llega al corazón para dejarte con más ganas de gritar que de llorar. O hacer las dos cosas al mismo tiempo.

Como Conor, creo que todos deberíamos llamar a un monstruo cuando lo necesitemos. Quizá no aparezca en forma de tejo con ojos rojos, pero existen en el mundo suficientes montañas, ríos y otro tipo de árboles para caminar hasta nuestra ventana y contarnos tres historias sobre hombres y mujeres que no eran buenos ni malos. Tendríamos que darnos más seguido la oportunidad de explotar, de hacernos visibles, de estar tan enojados que seamos capaces de derrumbar una casa y, sobre todo, de enfrentarnos a nuestros monstruos para contarles la verdad.

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