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Ríos, nubes y tortugas

Por Deniss Villalobos:

No dudo que exista el amor a primera vista y me emocionan los romances apasionados, intensos y casi inmediatos en algunos libros o películas. Disfruto de las historias trágicas en las que alguien se enamora al ver pasar a una persona y sufre terriblemente porque su amor no es correspondido. Incluso, en el pasado, llegué a pensar que más drama era sinónimo de más amor. Probablemente todo, no solo el amor, me parecía real solo si se daba rápido; si quería algo lo quería ya, y si no lo tenía me deprimía hasta encontrar otra cosa (o persona) que deseara terriblemente. Muchas veces, si obtenía lo que quería, me aburría y dejaba de interesarme.

Ahora prefiero caminar lento. Ya no quiero comerme al mundo en tres mordidas; me interesa solo probar un pedazo y saborearlo poco a poco. No me enamoro después de diez minutos de plática con alguien que me parezca medianamente parecido a mí y no imagino nuestra boda después de decir “hasta luego”. No es que sienta menos, creo, si no que siento con más tranquilidad. En lugar de dejar que un remolino de emociones se me atore en el pecho, el estómago y la garganta, disfruto de experimentar emociones que van creciendo y cambiando con el tiempo. Imagino un globo al que, en lugar de inflar hasta que explote, se le deja flotar por un rato a un tamaño mediano para que conozca el mundo.

Me enamoro de una serie o de un sabor de helado, y entonces veo solo algunos episodios de vez en cuando y hago que un litro de ese sabor me dure semanas. ¿Es mejor que ver una serie completa en una noche mientras te acabas el helado? No. Es diferente y no me molesta ninguna de las dos opciones. Lo mismo que conocer a alguien y de inmediato pensar que será tu mejor amigo, aunque un mes después se odien, o descubrir poco a poco que alguien a quien no prestaste mucha atención es, en realidad, alguien con quien podrías estar en silencio sin sentirte incómodo.

Descubrir cosas nuevas del mundo, disfrutar de las que ya conoces bien y moverte entre todas las cosas y personas que lo habitan es, de cierta manera, como bucear o flotar en el espacio. O como imagino que es bucear y flotar en el espacio porque no he hecho ninguna de las dos cosas. Hay estrellas de mar, estrellas en el cielo y estrellas en la Tierra, en forma de personas, canciones o novelas, para las que, a veces, necesitas más tiempo para contemplar y hacerle justicia a su belleza. Estrellas que no brillan con intensidad a primera vista pero que pueden ser, con el tiempo, las que alumbren tu camino de vuelta a casa. A una casa que ya conoces o al que será tu próximo hogar.

Hay dos citas al respecto que me hacen sonreír:

By the time it came to the edge of the Forest, the stream had grown up, so that it was almost a river, and, being grown-up, it did not run and jump and sparkle along as it used to do when it was younger, but moved more slowly. For it knew now where it was going, and it said to itself, “There is no hurry. We shall get there someday. A.A. Milne, The House at Pooh Corner

Alan Milne, autor de las historias de Winnie the Pooh, dice que los ríos lo saben. Y yo pienso que quizá también las tortugas, que van por ahí con toda la tranquilidad del mundo, como si el tiempo fuera infinito; y también como las nubes, que lentamente cambian de forma y se mueven para contarnos nuevas historias que podemos leer mientras tranquilamente nos echamos en el césped con los brazos detrás de la cabeza.

En su año cuarenta y tres de vida, William Stoner aprendió lo que otros, mucho más jóvenes, habían aprendido antes que él: que la persona que uno ama al principio no es la persona que uno ama al final, y que el amor no es un fin sino un proceso a través del cual una persona intenta conocer a otra. Ambos eran muy tímidos y se fueron conociendo despacio, a tientas; se acercaban y se separaban, se tocaban y se retiraban, sin que ninguno quisiera imponer al otro más de lo que le fuese grato. Día a día caían las capas de reserva que los protegían, por lo que finalmente fueron como son los extraordinariamente tímidos: cada uno abierto al otro, sin protección, perfectamente cómodos y sin conciencia de sí mismos. John Williams, Stoner

No sé si pase solo con los tímidos, pero esta descripción del amor en Stoner, novela de John Williams, se parece a aquello que últimamente me gusta sentir, no solo en relación a las personas sino al mundo entero. Se siente bien abrirte poco a poco, andar despacio por las calles; tomar café mientras pasas lentamente las páginas de un libro que cuenta la vida de un hombre simple, que vivió y murió como muchos otros; escuchar a los pájaros cantar o una canción sin letra mientras tu respiración acompasada acompaña las notas de esa música que no quiere llevarte a ningún lado y que tampoco te deja estático: simplemente se mueve con paciencia, porque también sabe, como los ríos, las tortugas y las nubes, que llegarás a donde sea que quieras ir. Algún día.

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