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Réquiem por el Laborismo Británico

Por Oscar E. Gastélum:

“The speakers use all accents of sincerity and sweetness, and they continuously praise virtue; but they never speak as if power would be theirs tomorrow and they would use it for virtuous action. And their audiences also do not seem to regard themselves as predestined to rule; they clap as if in defiance, and laugh at their enemies behind their hands, with the shrill laughter of children. They want to be right, not to do right. They feel no obligation to be part of the main tide of life, and if that meant any degree of pollution they would prefer to divert themselves from it and form a standing pool of purity. In fact, they want to receive the Eucharist, be beaten by the Turks, and then go to heaven.”

Rebecca West

En medio de la crisis existencial provocada por una derrota electoral traumática, dolorosa e inesperada, un sector considerable de simpatizantes del Partido Laborista Británico decidió, en un arranque autodestructivo incomprensible, elegir como su líder a Jeremy Corbyn, un obscuro, marginal e inexperto miembro del parlamento que jamás ha gobernado a nadie ni ha ocupado algún cargo administrativo importante, pero que a lo largo de las décadas se ha empeñado en pregonar ideas y exhibir afinidades que cualquier amante de las sociedades abiertas consideraría perversas y peligrosas.

Ese berrinche pueril e indigno de la moderna izquierda británica podría significar la extinción de uno de los grandes partidos políticos de Occidente. Y es que el  flamante líder laborista es un representante bufonesco de lo que insisto en llamar la izquierda reaccionaria internacional, y su paupérrima carrera política, caracterizada por una intransigencia fanática y puritana que a lo largo de los años lo ha llevado a votar en contra de prácticamente todo lo que proponen en la Cámara de los Comunes, no sólo sus rivales políticos, sino sus propios compañeros de partido, es prueba fehaciente de ello.

No puedo negar que en el plano doméstico Corbyn tiene algunas ideas auténticamente progresistas con las que simpatizo, pero esos destellos de lucidez y coherencia son opacados por su perturbadora, simplista y masoquista visión del mundo: su desprecio infantiloide por la democracia liberal y todo lo que huela a Occidente, su innegable simpatía por la oligarquía cleptocrática encabezada por Putin, por la teocracia iraní y por ese circo fascista que es la revolución bolivariana, o su comprobada afinidad y autoproclamada amistad con organizaciones terroristas como Hamás, Hezbollah y el Ejército Republicano Irlandés.

Pero lo más preocupante de todo es que Corbyn no fue elegido como líder del laborismo, y potencial primer ministro británico, por sus brillantes o demenciales ideas. Sino que, como Donald Trump y otros personajes caricaturescos y excéntricos, Corbyn es un síntoma más de esa preocupante patología política que ha infectado a varias democracias alrededor del mundo, provocando que electorados desencantados eleven a payasos impresentables a posiciones de poder y responsabilidad con el deplorable argumento de que, por lo menos, son más honestos y auténticos que los políticos tradicionales.

Es sumamente preocupante que los simpatizantes del Partido Republicano y los del Partido Laborista, pilares históricos de dos de las democracias más sólidas del mundo, hayan decidido súbitamente que importa más la vehemencia y la honestidad con la que se expresan las ideas que el contenido de las mismas. Bajo esta absurda lógica, Trump puede ser un demagogo racista y Corbyn un estalinista reaccionario, pero como ambos son tan auténticos y honestos, merecen admiración y votos. Ante estándares de calidad  tan retorcidos valdría la pena recordar que Hitler fue uno de los políticos más auténticos y honestos que hayan existido.

Otro preocupante síntoma del ascenso de Corbyn es el caparazón de fanatismo intolerante bajo el que se han parapetado sus simpatizantes, satanizando peligrosamente a sus rivales conservadores y descalificando con insultos y retórica maniquea a todo aquel que ose criticar al querido líder desde la izquierda. Para esta turba fanatizada y enardecida, críticos tan intachables y probadamente progresistas como Nick Cohen, Simon Schama, Martin Amis, Richard Dawkins o Howard Jacobson, no son más que traidores infiltrados y propagandistas al servicio de los Tories.

Sobra decir que en una elección general Corbyn será un candidato virtualmente inelegible. Un electorado tan mesurado y sensato como el británico jamás elegiría a un payaso que en su primer acto público como líder de la oposición, al cual por cierto llegó despeinado y con una corbata mal anudada, se negó a cantar el himno nacional en una ceremonia para honrar, nada más y nada menos que la memoria de los jóvenes que perdieron la vida defendiendo a Gran Bretaña de la Alemania nazi, transformando una ocasión solemnísima en una vitrina para exhibir el narcisismo arrogante e intransigente de un anciano ridículo con ínfulas de adolescente petulante.

No, el pueblo británico jamás convertiría en Primer Ministro a un vejete necio y obtuso que, obligado como estaba a mostrar moderación para contrarrestar su imagen dogmática y autoritaria, decidió ignorar a sus más fieles consejeros nombrando como su director de estrategia y comunicación (voz, ojos y brazo derecho de un líder) a Seumas Milne, un aristócrata estalinista que ha dedicado su carrera como columnista a perpetrar un revisionismo histórico enfermizo y delirante, defendiendo con uñas y dientes la sagrada memoria de Stalin, arguyendo que la Unión Soviética fue un paraíso en la Tierra que cometió uno que otro error y justificando a tiranos de toda laya, del genocida Milosevic al nuevo zar Putin, con todo el arsenal de mentiras y dogmas antioccidentales a su disposición.

Es importante recordar que la elección de Corbyn ha provocado diferencias irreconciliables al interior del Laborismo pues nunca contó con el apoyo de sus compañeros de partido. Si pudo conseguir los votos necesarios para postularse como candidato fue gracias al apoyo que a manera de limosna le brindaron dieciséis miembros del parlamento con el pretexto idiota de enriquecer el debate durante la elección. Gracias a ello, su incomprensible triunfo provocó una división interna sin precedentes y un éxodo masivo de miembros y simpatizantes moderados. Pero el nombramiento de Milne fue la gota que derramó el vaso, un acto de autosabotaje tan cínico y disparatado que motivó la huida de muchos izquierdistas democráticos que, por lealtad al partido, habían decidido permanecer en el laborismo a pesar del malhadado ascenso del corbynismo.

Pero Corbyn, como Trump, es un político que detesta la política, y por eso ni a él ni a los suyos les interesa en lo más mínimo ser elegidos. Gobernar es una responsabilidad demasiado ardua y compleja, que requiere negociar, ceder y llegar a acuerdos con los rivales, conceptos que son anatema para el corbynista promedio, quien prefiere mantener su pureza ideológica y su  irrelevancia política, oponiéndose obcecadamente a todo, antes que ensuciarse las manos haciendo política y transformando para bien y aunque sea modestamente la vida de la gente.

Por eso el adversario más aborrecido por Corbyn y su gente no es Margaret Tatcher ni mucho menos David Cameron, sino Tony Blair. Y es que ante los ojos del corbynismo, Blair cometió un pecado inexcusable. No, no me refiero a la invasión de Irak, ese fue un error auténtico, y quizá de buena fe, que le costó su reputación y su alma. Pero lo que los corbynistas no pueden perdonarle a Blair es que haya sabido navegar en las aguas de la democracia liberal con tanto éxito.

Y es que Blair rompió la larguísima era Tatcher, que incluyó los seis años de John Mayor, ganando tres elecciones consecutivas para el laborismo y transformando para bien la vida de millones de personas. Mientras Corbyn miraba con amargura desde el fondo de la Cámara de los Comunes el éxito de su odiado líder, Blair sacaba de la pobreza y el desempleo a millones de personas, inyectaba fortunas inéditas en la seguridad social, la educación y la salud, imponía un salario mínimo nacional, avanzaba los derechos de la comunidad LGTB como nadie nunca antes, dotaba de autonomía a Escocia, sellaba un anhelado acuerdo de paz en Irlanda del Norte, volvía gratuita la entrada a los museos y encabezaba una economía sólida y próspera, por mencionar sólo algunos de los logros que, gracias al error de Irak, le son tan mezquinamente regateados por quienes más deberían de reconocérselos.

Apenas esta semana la Cámara de los Lores evitó un sádico recorte millonario de créditos fiscales en contra de las familias más pobres de Gran Bretaña y los corbynistas celebraron extasiados esa sensata decisión pues representa un revés durísimo para el gobierno conservador, pero  olvidaron que dichos créditos fueron diseñados e implementados por el aborrecido gobierno de Blair. Y es que el hecho incontrovertible de que el anticristo Tony Blair, “perro faldero” de Bush, traidor a la izquierda y consumidor empedernido de sangre infantil, haya hecho muchísimo más por su patria y por el bienestar de sus conciudadanos más vulnerables, que San Jeremy, santo patrono de la pureza mojigata y reaccionaria, es una verdad muy difícil de digerir para esa secta de iluminados furibundos.

Corbyn es un dinosaurio fosilizado, un anciano necio y dogmático que se quedó estancado en los bizantinos debates ideológicos del siglo XX. Un opositor profesional que desprecia el reformismo y es incapaz de rebajarse a hacer política en una democracia moderna. Un hombre que aborrece tanto la historia y los valores de su maravilloso país, que no solo es incapaz de cantar el himno nacional por respeto a unos muchachos, casi niños, que dieron la vida defendiendo a su isla de la barbarie, sino que cree sinceramente que una potencia como Reino Unido debe aspirar a emular a los neanderthales fascistoides que saquean a Venezuela desde hace tres lustros y aprender de su grotesca “revolución”.

Si David Cameron y los Tories resisten la tentación de abusar de su mayoría absoluta y no cometen el error garrafal de abandonar la posición centrista que tanto éxito les ha dado inclinándose demasiado a la derecha, tienen asegurada la elección de 2020 y gobernarán  sin problemas por lo menos diez años más. Mientras tanto, y a menos que algo inesperado suceda, la izquierda democrática y moderada deberá buscar un nuevo hogar ya sea entre los Lib Dems o entre estos Tories más o menos centristas. Pues el venerable Partido Laborista está en vías de convertirse en un cascarón habitado por la impresentable izquierda reaccionaria y su esperpéntica corte de chavistas, milosevicistas, estalinistas, putinistas, castristas y apologistas del islamofascismo. Qué vergüenza, qué tristeza y qué desgracia…

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