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Remember your song

Por Nerea Barón:

May you walk in beauty and remember your song.

Blessed we are, Peia.

Una mujer ante el cadáver de un niño es al mismo tiempo la mujer y el niño. Y cuando alguien cae de un edificio, no sólo se lacera la materia, se lacera también el tiempo y los ojos que lo miran y los miles de paisajes que le preceden. La fragilidad siempre es fronteriza, como la piel.

Cuando conecto con mi propio desconsuelo, siento en el fondo de mi pecho una agitación infantil, inoportuna. Entonces pienso: “Soy la mujer y soy el niño”. Aunque miento. Naturalmente miento. No tengo un niño muerto en los brazos y eso hay que tenerlo bien claro. Soy epidérmica –la fragilidad siempre es fronteriza– pero no soy todos, no soy todas, y aunque quisiera aliviar desde dentro un dolor ajeno, no dejo de estar afuera. Estoy fuera incluso de la niña que, dentro de mí, llora.

La adultez es ante todo una cicatriz, un relieve en la piel que la endurece para recordarle algo, aunque ya no recuerde qué. Soy la mujer que juzga, distante, a la niña que llora. Soy la mujer que se autocontiene –curiosa palabra– aunque para hacerlo requiera callar a la niña y quedarse con las manos trémulas, en medio de su escritorio, mirando a la nada. Y soy, ante todo, el vaivén entre una y otra, vaivén que hoy, por pura licencia poética, llamaré ansiedad; la inconexión entre los dos mundos.

No puedo evitar pensar, sin embargo, que si supiéramos abrazar la indefensión de ese niño, de esa niña, y reconstruir el puente entre estos y nosotros, la historia entera cambiaría. Remember your song, dice Peia. Remember why you came here. Somos el lazo que une el tiempo, y cada vez que volteamos al escuchar nuestro nombre, creamos con ese simple gesto una línea de continuidad desde la primera vez que nos nombraron hasta ahora.

Viene a mi mente aquella anécdota de una tribu africana que –según se cuenta– tiene un canto para cada niño, mismo que se le canta en su nacimiento y en cada etapa de su vida; cada vez que se cae, cada vez que tiene un triunfo se le canta, lo mismo que si comete un crimen o se encuentra sufriendo. Cuando uno reconoce su propia canción, cuando recuerda su origen –concluye la historia– no desea ni necesita hacer nada para dañarse a sí mismo o a los otros.

Que llore el niño, que llore la niña, si lo necesita. Que se pause el mundo si hace falta. Pero sobre todo, que el adulto con su taquicardia y su pelo engominado y su fondo de ahorro, se atreva por un momento a ver a los ojos a ese niño, a honrarlo, a cuidarlo y a fundirse con él. Entonces sabrá reconstruirse.

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