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Remedios contra la vorágine

Por Nerea Barón:

Silencio la tierra va a dar a luz un árbol

Altazor, Vicente Huidobro

No sé mucho de poesía pero sé que hay versos que repito desde mi más temprano asombro, versos que desobedecen horarios y pretensiones literarias, apareciéndose inoportunos y apremiantes mientras —según yo— me estoy olvidando de recordar entre pendientes y prisas y compulsiones de ciudad. Poco difieren estos versos, al menos en espíritu, del impulso elemental que hace a los taxistas cantar baladas en el semáforo en lo que se pone el verde. Porque te tengo y no, porque te pienso, porque la noche está de ojos abiertos…

De la misma manera, él guarda en un rincón de la nostalgia versos añejos que lo visitan de tanto en tanto. Él, que va a la oficina vestido de traje y que ha dejado atrás los años que pasó fumando marihuana en la facultad, recuerda. Recuerda a Machado, por ejemplo, tras gritarle al automovilista desconsiderado. Será el peor de los malos bribón que olvide su vocación de diablo…

Y cuando alguno de nosotros recita algún verso extraviado, no queda mucho más que decir. Perdonadme, guerras lejanas, por traer flores a casa… La literatura, a diferencia de la filosofía, no nació para ser reprochada. Podemos verle las hendiduras y los recovecos, podemos no resonar con ella, pero reprocharle los árboles moribundos de su paisaje o mandar a juicio al autor por su obra como le pasó a Flaubert cuando escribió Madame Bovary es francamente no entender nada, mucho menos si se trata de poesía, cuyo principio y final convergen en una sugerencia mínima que tiene más de latido que de tratado.

Se me ocurre que esa razón podría ser suficiente para escribir poemas. Versos, como mantras, que detengan la perorata incansable de la lógica para mostrar una imagen fantasma y una melodía que invita a reproducirse en voz baja sin mayor motivo que el de sentirla explotar en el propio paladar. Mi Lu, mi lubidulia, mi golocidalove, mi lu tan luz tan tú que me enlucielabisma y descentratelura y venusafrodea…

Flores brotando de la tierra, ojos verdes como lirios de estanque o cadáveres, no importa en realidad. Una vez suspendida la promesa de verdad todo es verdadero, como el suspiro de descanso después de una tarde de leer a Szymborska o el hueco en el pecho al final de una sesión de Sylvia Plath, entretejiendo su angustia de nada en nada y de mente en mente.

Mantras. Hay que tener más mantras; cantos, unidades de sentido. Hay que hablar más seguido en verso y cuando digo en verso no digo en rima, digo en verso. Permitir que haya palabras bordeadas por un aura impenetrable de silencio que no dé cabida a la contraargumentación inmediata y exija frenar la lengua por unos segundos. Y asentir. Y ver la nada. Porque hay cosas que no están diseñadas para la réplica sino para la contemplación.

No se me malentienda: no estoy hablando de formas de escribir, sino de formas de hacerle frente a la vorágine de la mente. Quizá sea un mal gremial, pero entre opinólogos y críticos sociales, cada vez quedan menos espacios para no saber y, con el juicio suspendido, tararear y perderse, allí donde flota [el] cuerpo entre los equilibrios contrarios…

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