Looking for Something?
Menu

Reflexiones sobre la cursilería

Por Nerea Barón:

I.

Agradezco al paso de los años por haber deslavado ciertos temas que antes me parecían más urgentes –la mujer y el hombre mirándose a los ojos, el llanto de una partida y el vuelco retórico de lo único, de lo imposible–; por permitirme hablar de otras cosas como, no sé, los grafittis de las calles, las calvas de la gente o simplemente todo lo que se tropieza así, sin mayor gloria. Le agradezco por haberme mostrado que soy una mujer cualquiera con una vida cualquiera y permitirme recuperar desde ahí, poco a poco, las palabras deícticas, las imágenes simples, el deleite privadísimo de lo propio.

Y le agradezco al tiempo, también, por dejarme filtrar en él mi sensibilidad y resistir al cinismo que cada vez más gente lleva como estandarte. La verdad es que me gusta que mi diccionario conserve palabras que ciertos círculos de desencantados prohíben, palabras como perdón, amor, magia, armonía. Eso no significa, no obstante, que cada tanto no trastabille y comience a dar tumbos, presa de un pudor inexplicable, ¿y si no logro romper la barrera de lo sobresignificado y si sueno como –oh ignominia– una cursi más?

Recuerdo que Ele decía que sólo podía ser cursi quien no tuviera una sensibilidad educada. Lo cursi –concluía– no es la palabra sino la falsa apropiación de la palabra, pues los teamos seguirán existiendo, necesitan seguir existiendo junto con los cuerpos y el impulso extraordinario que da la ilusión de saberse un sí-mismo, de nombrar y ser nombrado. ¿El ejercicio, entonces, es de autenticidad?

II.

En estas semanas he estado siguiendo, desde lejos, una muerte prematura. Peregrinaciones de gente mosqueando a la familia, ávidos por parchar el dolor con palabras

planas, porque el muerto ahora es un ángel que los cuida vestido de blanco y todo pasa por algo y eres fuerte y la vida sigue adelante.

Pareciera que darle un lugar a la incomprensión, a la rabia y a la impotencia fuera un agravio en sí mismo. Mejor encajar en el paradigma de lo soportable, mejor sonreír que tolerar lo indecible. Y ni hablemos de los memes de Piolín.

III.

Lagarde dice que en la cultura occidental al amor se le asigna una estética más que una ética: creemos que se trata de formas suaves más que de compromisos de consideración consciente. Una explicación más de la cursilería: compensamos nuestra incapacidad de posicionarnos frente al Otro hiperbolizando la ternura para que las formas se guarden, aunque la agresividad, la contradicción y la impulsividad sigan reinando por debajo.

Kant suena a lo lejos: las inclinaciones afectivas obstruyen los juicios éticos que –al menos para él– buscan ser universales e imparciales. Lo que no acabo de concebir es si podríamos sentirnos amados así, tratados como otredades dignas sin la dulzura que te acomoda el pelo y te llena de apelativos cariñosos y otros excesos.

IV.

¿Resulta tan amenazante acompañar con la mirada la caída de lo perfecto? Presiento que lo que nos falta es perdonarnos a nosotros mismos, a nuestra intimísima fealdad, a nuestra pulsión de muerte. Reunir la valentía para encarar la parcialidad de nuestros lazos y de nuestros afectos y abrazar su grieta. Quizá esa sea otra defición la cursilería: la negación apresurada y compensatoria de la grieta.

Puede interesarte

Fotografías de la belleza
Trimalción en Periscope
Antes que la unidad
Un minuto de silencio
Resistir
Lo profundo de lo rosa

Feedback

1
  • Alma cumbiera

    Si nombras a los mimos como una necesidad, lo puedes agregar a la agenda de la negociación (contigo misma o con la otredad) y puede colocarse por tanto en un compromiso de consideración consciente. O no. No importa. Beso.

Deja un comentario

Efemérides

uncached

Twitter