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Recuerdos del ayer

Por Deniss Villalobos:

Solo puedo notar que el pasado es hermoso porque uno nunca comprende una emoción en su momento. Se expande más tarde, y por lo tanto no tenemos emociones completas respecto del presente, solo respecto del pasado.
Virginia Woolf

Todos amamos las películas de Studio Ghibli. Bueno, exagero un poco, porque no todos han visto una película de Studio Ghibli, y quizá de aquellos quienes lo han hecho un pequeño porcentaje no quedó impresionado, pero en general creo que todos conocemos a alguien que puede ver El viaje de Chihiro o Mi vecino Totoro con una sonrisa en la cara  más de una vez. Varios de los personajes más famosos del estudio japonés son parte de nuestras vidas fuera de las películas; playeras, sudaderas, tazas, cuadernos, peluches, sábanas y un largo etcétera que, no sería raro, incluye algún objeto que los lectores de esta columna tienen en casa en este momento.

El mundo Ghibli no tiene edad, los fans aparecen en cualquier edad, tamaño y color, pero para muchas de esas personas, y me incluyo, Studio Ghibli es casi sinónimo de Hayao Miyazaki, director al que el mundo adora y a quien debemos varias de las más entrañables historias que podemos ver en el cine animado, aunque hay en Studio Ghibli otras joyas a las que no hay que dejar pasar porque brillan igual que aquellas dirigidas por Miyazaki, como el caso de Recuerdos del ayer (Omohide poro poro, 1991) de Isao Takahata.

Recuerdos del ayer cuenta la historia de Taeko Okajima, una chica de veintisiete años que, durante las vacaciones de verano, decide pasar un tiempo en el campo con la familia de su cuñado. Un plan bastante raro para una mujer de su edad, tomando en cuenta la época y lugar en la que la historia se desarrolla. Taeko es soltera y, como podemos ver en los primeros minutos de la película, también es poco sociable y prefiere hacer un viaje sola al campo en lugar de pasar tiempo con otras chicas de su edad. Cuando está esperando el tren que la llevará a Yamagata, Taeko comienza a recordar su infancia y es su yo de once años quien la acompaña durante esas vacaciones.

La cinta transcurre entre esas vacaciones de 1982 y los flash backs de Taeko a su vida en 1966. La trama parece simple, y quizá lo es en comparación a otras películas del estudio, pues no encontraremos aquí brujas, espantapájaros o animales que hablan, pero sí una historia que puede llevar a cualquiera al pasado y hacer que nos demos cuenta de cómo y cuánto nos marcó todo lo que vivimos a los once años y qué tan importante es en nuestra vida adulta. Desde el primer amor y la música de los Beatles, hasta un melancólico episodio que, incluso como adulta, perturba de manera profunda a Taeko, podremos seguir el viaje de este personaje y las relaciones que sus recuerdos de infancia le ayudan a entablar con las personas que conoce en Yamagata.

En ese viaje, Taeko conoce a Toshio, un chico que se dedica a la agricultura y con quien entablará una de esas amistades que llegan pocas veces en la vida. Su relación no es un insta love y crece lentamente como las flores en un jardín: poco a poco ambos ofrecen más de sí mismos al otro, comparten lo que piensan, lo que les gusta y lo que sienten, primero con cautela y después con la honestidad que solo es posible cuando encontramos a alguien con quien nos sentimos totalmente cómodos. Así, Taeko y Toshio compartirán la aventura que ella inició sola hasta que el pasado, el presente y la promesa de un futuro más brillante se mezclan, sin necesidad de un intenso romance o alguna aparatosa tragedia, simplemente con pláticas agradables en las que un atardecer y arrancar hierba fresca son el perfecto fondo para esta sencilla y encantadora historia.

Viendo esta película pasé dos horas en las que la expresión de alguien al comer piña, la memoria de amigos a los que no he vuelto a ver en años, el color de un suéter o la forma en que las cejas de un personaje se levantaban me hicieron sentir. Sentir muchísimo. Recuerdos del ayer no tiene fecha de caducidad, pues al parecer el tiempo parece volar de la misma forma sin importar la época, y ya sea en 1966, 1982, 1991 o 2016, siempre podremos mirar al pasado y pensar “parece que fue ayer…”.

 

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