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Reconstrucción del nosotros

Por Nerea Barón:

I.

Muchos son los voluntarios que desde el terremoto del pasado martes 19 de septiembre han estado en albergues, centros de acopio y zonas de desastre intentando ayudar. Muchos son también los que, en medio del caos, se han sentido incompetentes, sea porque no traen botas de casquillo ­­–requisito obligatorio para participar de la remoción de escombros–, sea porque se quedan esperando horas y horas en la fila de voluntarios para que al final les digan que en realidad no hace falta su ayuda, o simplemente porque andan extraviados, moviéndose de un sitio a otro, sin misión clara y con información siempre cambiante.

A ellos gracias. Gracias, gracias. No se dejen engañar: la disponibilidad es un bien en sí mismo. No hay tarea pequeña: ni la de preparar comida, ni la de distribuir información confiable en redes o hacer conexiones entre personas, ni la tarea de esperar, de ofrecer ayuda sea o no recibida, de cuidar a los que trabajan, de estar en las calles. No estamos tanto para salvar a alguien desde la verticalidad narrativa del superhéroe como para estar, así, simplemente, para ser esa sociedad que acoge, que amortigua, que decide quedarse, que se involucra.

II.

El sociólogo Christian Parenti acuña el término «socialismo de huracanes», refiriéndose al fenómeno social que ocurre tras un desastre natural (el nuestro sería «socialismo de terremotos»): la redistribución y la solidaridad emergen como valores universales. En esa ventana de conciencia es cuando se pueden hacer preguntas que replanteen la dinámica social, como: ¿Por qué sólo ahora? La gente necesita un refugio aun cuando no ha habido un sismo. Si el terremoto es un desastre natural, la estructura del capitalismo es un desastre social que mantiene en el desamparo a muchos permanentemente.

Pese a todo el sufrimiento, esta semana he sentido mucha esperanza. Es verdad que lo más difícil en este tipo de movimientos sociales es mantener la misma energía por largos periodos de tiempo, pero el mensaje está ahí y con él la invitación a integrarlo en nuestro día a día. No tenemos que estar tan solos. Podemos generar comunidad.

III.

El domingo pasé todo el día en la calle sin encontrar un rol que me hiciera sentir realmente útil. Pasé de estar en la brigada de psicología en la que poco pudimos ayudar, a separar dulces de chocolates en un lugar donde había más manos que necesidad, a cargar cubetas para los escombros. Sólo en esta última función sentí que estaba contribuyendo en la gran cadena. Estaba a pocos metros de un edificio derrumbado. No fue sino hasta que vi las grandes láminas de techo siendo levantadas por una grúa que entendí por qué estábamos ahí. Los rescatistas hicieron la señal: habían encontrado a una persona. Silencio absoluto. Éramos más de cien voluntarios viendo en angustiosa espera. Me puse a rezar lo primero que se me ocurrió: un mantra que gurmukhi. En medio de la quietud: un movimiento. Estaba con vida. Fue como ver a alguien nacer.

Ya no escuché los aplausos, ni el Himno Nacional ni el Cielito Lindo que sonaba a lo lejos, sólo tenía ganas de correr con David –que también estaba ahí– a abrazarlo, a soltarme a llorar y agradecerle por estar vivo. Pero él se quedó cargando piedras y no pude verlo hasta el día siguiente, porque el amor no toma la forma que uno quiere sino la que la situación amerita.

IV.

Ayer por la mañana descubrí que tenía liendres. Pese a que nunca había estado en una situación semejante, no fue del todo una sorpresa: el mismo sábado había estado espulgand o a una amiga infestada, quien a su vez había estado espulgando a su mamá y a su abuela. Mis otros amigos también empezaron a sentir comezón en la cabeza.

Mientras mi amiga hacía el trabajo removedor provista de un peine fino, una lámpara de interrogatorio y mucha paciencia, me contó que, según lo que le narró su abuela, en el pueblo los niños adquieren piojos cuando alguien de la familia muere y que, seguramente, si nosotros teníamos piojos ahora, era porque había muchos muertos sin familia. En medio de la tragedia, la comezón era un precio justo a pagar. La muerte de uno nos pertenece a todos.

Si hemos sido tan fuertes es porque nos hemos permitido recordar eso y dolernos juntos, reconstruirnos juntos. Que esa enseñanza quede impresa en cada una de nuestras células. No se me ocurre mejor manera de honrar a nuestros muertos.

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