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Rebelión en la oficina

Por Bernardo Esquinca:

La temible burocracia. Nadie se salva de ella, viva en el país que viva. Un mal que nació con las ciudades industrializadas, y que germinó en oficinas, en el papeleo, entre archiveros. Pocos la han retratado tan bien como Kafka. Sus absurdos desesperantes, donde uno ya no sabe si reír o llorar. Pase a la siguiente fila, el licenciado no está, vuelva la semana que entra…

En el cine quien llevó el delirio de la burocracia a su máxima expresión fue Terry Gilliam. En Brazil (1985) plasmó una sátira de tintes oníricos sobre un mundo donde los ciudadanos son poco menos que un papel. Tanto así, que la simple intrusión del cadáver de un insecto aplastado –homenaje a Kafka, por supuesto– en una máquina de escribir de una dependencia gubernamental, crea un enredo que pondrá de cabeza al sistema. La tecla cambia la T por la B, y expide un memorándum con el apellido Buttle en lugar de Tuttle. Las consecuencias son insospechadas, al grado de juntar los caminos de un peligroso terrorista y un insignificante y soñador burócrata.

En todas sus películas, Gilliam crea universos sumamente peculiares. Como en Las aventuras del Barón Munchausen o Doce monos, en Brazil queda claro desde un principio que no estamos ante el mundo de todos los días. Si en la primera un náufrago puede vivir en el interior de una ballena, y en la segunda la población medra en refugios subterráneos, en la última somos testigos de un insólito futuro retro. La sociedad está hipertecnologizada, pero a la vez sus integrantes visten como si fueran personajes de Casablanca. Los teléfonos y los carros parecen de juguete, y todo, absolutamente todo, está conectado por una serie de tubos que parecen salidos del laboratorio de Ciro Peraloca. ¿Qué época es? Todas y ninguna. Es la imaginación retorcidamente infantil de Gilliam en la que, por fortuna, podemos vivir de vez en cuando, durante un par de horas.

Pero Brazil es mucho más que una burla a la burocracia. Es también una distopía, con ecos de George Orwell, que a su manera anticipa –aunque en clave de humor– un filme tan potente como V de Venganza. Aquí también hay un gobierno totalitario, actos terroristas, y edificios gubernamentales que vuelan por los aires. Esta cinta es, además, una historia de amor. La de un hombre obsesionado con la mujer de sus sueños, por la que será capaz de traicionar y engañar a sus superiores.

Pero no hay final feliz, y la imagen última, tras atravesar grandes dosis de delirio y gozosa desfachatez es demoledora: a fin de cuentas, el mensaje que quiere trasmitirnos Gilliam con esta pesadilla futurista es que no se puede vencer al sistema. Y que todos, al igual que el personaje de Robert De Niro, podemos desvanecernos en medio de una avalancha de papeles.

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