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Quisiera ser solecito

Por Alejandra Eme Vázquez:

Tengo dos hipótesis: la primera es que si a cualquier persona le muestras un horóscopo, por muy educada o escéptica que sea pensará en buscar, aunque sea discretamente, qué dice ahí de su futuro; la segunda es que los signos zodiacales y sus conceptos derivados son una de las formas más cercanas que hemos construido para relacionarnos con esa inmensidad llamada “universo” y que de otro modo quizá no podríamos ni tolerar. Pensar en que esos astros se agrupan según referentes conocidos, que están ahí para determinar aspectos fundamentales del curso de la vida y que además se han tomado la molestia de conformar ciertos aspectos en nuestra personalidad, es una forma hermosa de conciliar eso que se nos escapa de las manos con la más cotidiana humanidad. Y qué alivio.

No importa si se ha demostrado que los signos zodiacales son en realidad trece, que se van reacomodando con el paso del tiempo (por lo que no estaríamos toda la vida regidos por el mismo), y que cálculos más exactos resultan en que hay algunos cuyo periodo dura sólo unos días, mientras que otros se extienden por más de cuarenta, contra el impecable equilibrio que figura en las secciones de horóscopos en las que cada signo dura un mes. En realidad, el Zodiaco y los posteriores derivados que de él han surgido (cartas astrales, horóscopos, “compatibilidades”, etc.) son un ingrediente más de esa identidad que luchamos por construir/reconstruir durante toda la vida.

Alguna vez hablé en este mismo espacio de nuestra compleja relación con la palabra que nos designa, nuestro “nombre propio”. Y aunque desmenuzar cada elemento que nos define en lo individual sería una tarea titánica y variaría en cada caso, sin duda que pertenecer de una u otra forma al mapa y al calendario es fundamental para sentirnos parte del mundo. Nos gusta pensar que en el preciso momento en que comenzamos a ser individuos, todo se detuvo para darnos la bienvenida; por eso imaginamos ese fragmento de espacio-tiempo como el punto de partida inamovible de nuestro trayecto, ni más ni menos. Y aunque ahora es de lo más normal conocerlo, verlo representado en nuestras identificaciones y hasta celebrarlo, antes de que los censos y registros funcionaran correctamente no había tal cosa como un cumpleaños exacto.

Mi abuela materna, por ejemplo, tuvo que indagar cuándo había nacido. Su mamá hizo un esfuerzo de memoria y recordó que justo estaba “haciendo los buñuelos para el día siguiente”: así supieron que fue un 24 de diciembre. Luego tuvo que hacer cálculos para reconstruir el año, porque no hubo acta que lo hiciera constar, y se decidió por el que consideró más probable. Si entonces no te ponían el nombre que correspondía en el santoral y nadie se preocupaba por avisar al gobierno que ya estabas en el mundo, debías ir mucho después al Registro Civil y ahí tomaban tu palabra como cierta, así que podías inventarte o calcular el cumpleaños que mejor te pareciera. Siempre tendrías la duda, por supuesto, pero al final lo que necesitamos es esa construcción de la fecha que cumple su función de fijarnos, individuarnos y explicarnos (mediante el conteo de la edad) el deterioro de nuestro cuerpo. Así que la marca en el calendario es más que suficiente.

En A través del espejo, la continuación de Lewis Carroll al viaje por el País de las Maravillas, el sabihondísimo Humpty Dumpty le explica a Alicia que la corbata que ella le ha halagado (aunque creyéndola un cinturón, dado que el personaje tiene forma de huevo) es un regalo de incumpleaños o no-cumpleaños que le dieron los monarcas de aquella región. Ante el asombro de Alicia por ese término que nunca había escuchado, Humpty Dumpty le explica lo poco práctico que es tener que esperar por un solo día de cumpleaños para recibir regalos cuando se pueden festejar ni más ni menos que 364, si en lugar de darle protagonismo al día de nacimiento hacemos la operación inversa. El disparate es bellísimo y en aquel lugar funciona a la perfección, pero quizá fuera del País de las Maravillas preferimos justamente celebrar lo excepcional: un solo día, entre casi cuatrocientos, que nos identifica ante los astros y ante los otros. Y que podemos esperar con ansias o no, pero “nos pertenece”.

Quizá nunca dejaremos de buscar nuestro signo zodiacal cada vez que veamos algo parecido a un horóscopo, incluso si éste ya ha caducado; y tal vez tampoco dejaremos de creer que cada vuelta al sol, a partir de lo que se ha consignado como el día en que nacimos, representa realmente un ciclo nuevo y agrega una unidad de medida al tiempo que llevamos vivos. A fin de cuentas, nuestra estancia en el mundo necesita eso para poder comprender un poco, al menos, de lo que sucede dentro y fuera de nosotros. Y si ya sabemos que todo es una construcción, ¿por qué no disfrutarla cada vez que se pueda? De modo que, muy estimados lectores: tengan felices cumpleaños y no cumpleaños: que el horóscopo común nos sea favorable, siempre.

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