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Querido Juanga

Por Alejandra Eme Vázquez:

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Juan Gabriel

No. No. No. Yo no me resignaré, no. Ni nadie en este país. Se nos murió Alberto Aguilera, el divo de Juárez, el infaltable, el de todos. Ya no tenemos nadanadanadanadanadanadanadanada, que no. Qué difícil aceptar que nos tengamos que quedar desde este día sin Juan Gabriel. Quién nos va a escribir del desamor, de la resignación, del despecho, de este orgullo que tenemos y que no vamos a mirar en el suelo tirado como una basura, quién. Cierto que su obra queda y que ya nadie nos la quita, pero la diferencia tal vez sería, corazón, que desde este momento la producción juangabrielesca es obra terminada, definitiva, estática: la siguiente vez que lo invoquemos en el karaoke, sabremos que ya no hay alguien en este mundo de los vivos a quién ofrendar nuestra coreografía familiar del Noa Noa.

Juan Gabriel tenía un talento casi sobrenatural para el ritmo. Sus sílabas caían, perfectas, en melodías pegajosas que solían armarse con muy pocos elementos pero qué bien acomodados, muchas veces entre cambios explosivos de velocidad que sólo él podía colocar y respirar. Y era todavía más un torbellino cantando en vivo. Yo tuve la dicha de verlo en el zócalo de la ciudad de México, en el año 2000, el día que no se acabó el mundo pero a cambio, el estruendo de los cohetes de fin de siglo lastimó para siempre mis oídos. Qué importa, si era Juanga y todos amamos a Juanga, y todos nos sabemos las canciones de Juanga, y todos bailamos con Juanga, ídolo en un país de machos cuyo máximo poder estaba en una identidad líquida, fascinante, entregada desde el cuerpo, la voz y la palabra a una libertad escandalosa, que lo mismo reafirmaba que desafiaba al estereotipo. Lo que se ve no se pregunta.

Porque Juanga era provocación. No sólo con su apariencia, sus finanzas inverosímiles, su vida misteriosa y su voz irrepetible, sino con letras que contravenían la métrica, el sentido y la sintaxis. Cantar una canción suya es hacer caminar las palabras por senderos barrocos que van desde el extremo hipérbaton hasta el eterno retorno, en esa cuerda floja entre la genialidad y el absurdo: donde siempre alegremente bailarás toda la noche, ahí | pero estás de otra todito enamorado y que vuelvas no puede ser posible | tarde o temprano seré tuya y mío tú serás | una de esa tanta gente me amará | me dijo “hola, ¿por qué tan sola?” | siempre volverás una y otra vez, una y otra vez siempre volverás | por lo que quieras tú más, ven; más compasión de mí, tú ten | y tantos otros que no es que le perdonemos, sino que ni permiso nos pidió de explorar. La lengua de Juan Gabriel es flexible y poderosa porque sirve a sus propios amos. Caray.

Nunca me gustó “Amor eterno”: me parecía lentísima, larguísima, aburridísima. Pero fue cosa de enterarme de la oscura soledad que estábamos viviendo para ponerla a todo volumen y dejarme llorar, a sabiendas de que no era la única porque no es que no lo valoráramos antes, sino sólo que la muerte viene a asentar lo que en vida no es posible tener tan claro. Cómo quisiéramos, ay, que él viviera, que siguiera sorprendiendo con sus excentricidades, sus conciertos, sus nuevas ocurrencias, si todo le festejábamos. Qué privilegio, haber tenido un ídolo que nos hiciera reír y se riera tanto, que nos hablara de tú y nos saludara de beso en el cachete, porque sabía que con él nos estaríamos toda la vida. Y aunque en lo personal tengo tranquila mi conciencia porque nunca dejé de reconocer su grandeza, sé que pude haber yo hecho más ridículos entrañables dedicando sus canciones o bailándolas sin descanso. Pero queda esa deuda y la he de pagar, con más rigor que si fuera ante Hacienda.

Me quedo con la alegría de haber vivido para escuchar su versión de “Have you ever seen the rain”. Cada vez que la oigo, me derrito al guiño de cantar el coro difuminando los límites entre el español y el inglés (aaaoranou), porque nadie como Juan Gabriel para ser sensible a las esquinitas del sonido, de la palabra, del significado y sus fronteras, sus fronteras, sus fronteras. Pero va a ser difícil no pensar en que no le tocaba irse. No nos tocaba, tampoco, buscar las palabras para despedirlo. No estábamos preparados, por mucho que ya hubiéramos enfrentado simulacros en los que se filtraba la nota de que ahora así había sucedido la tragedia y luego resultaba que siempre no, y por mucho que cada vez que moría una figura icónica en alguna otra parte, nosotros remojáramos nuestras barbas repitiendo, risita nerviosa mediante: “Por favor, congelen a Juan Gabriel”.

No nos tocaba. Todavía estaríamos a tiempo de que nos dijeran que otra vez fue una salida en falso, de que esta columna se tratara de los duendes regañones de los cuentos, como estaba previsto, y de que el fatídico 28 de agosto de 2016 retomara su naturaleza de domingo rutinario. Pero no, ya lo ven, la suerte nos traiciona sin razón y sin motivo. Ahora hay que apurar los adioses que nos nacen del corazón, para intentar hacernos a la idea cuanto antes. Adiós, amor, goodbye, muchas gracias, te agradezco los momentos de felicidad. Y el único consuelo, si cabe, es constatar con cierta alegría que todos tenemos una vida en común con Juanga y que de una u otra manera, navegamos en la certeza de que el mundo no es mundo sin las referencias a sus canciones y a sus momentos. Por eso ni nos cuesta trabajo tenerlo tan cerquita de la puerta de entrada a la memoria y elevar al cielo, cada uno a su modo, nuestra plegaria aprendida:

Hasta siempre, tú, tú, tú, hasta siempre en mi mente.

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Feedback

1
  • Rulo Herrera

    ¿Cómo le vamos a decir adiós a Juan Ga? Era un genio al que se le va a extrañar muchisimo. Nos deja un vacío enorme. Excelente columna, felicidades!

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