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Quede en familia

Por Alejandra Eme Vázquez:

A las y los Vázquez

En cada familia hay, mínimo, una celebridad. Basta rascarle un poquito al árbol genealógico para encontrar los ejemplos que han alcanzado un éxito más o menos impresionante: el bisabuelo que peleó en la Revolución, la tía diputada, el primo lejano que inventó los portavasos adheribles, la hermana del primo de la abuela (¿te acuerdas, la de la tienda?) que se sacó la lotería y puso un negocio de ropa que ahora exporta a Taiwán. Siempre hay un parentesco para sacar a relucir cuando se habla de gente cercana a “la sangre” que ha gozado de fama, lo de menos es por qué.

Según datos cuya confiabilidad pondremos aquí en elegante pausa, en mi familia estamos emparentados en algún grado con Hugo Sánchez y Claudia Islas; también hubo una prima de mi mamá que fue edecán de En familia con Chabelo y una de mis tías abuelas aseguró hasta el final de sus días que Consuelito Velázquez le había robado a la mala una canción que ella había escrito y que decía algo así como: “Bésame, bésame mucho, como si fuera esta noche la última vez…”. Ni cómo saber la veracidad de estos dichos, pero lo cierto es que la tal tía sí había compuesto canciones y las interpretaba cual estrella a la menor provocación, en cada reunión familiar.

Hace poco mi abuela recibió una llamada que la urgía a prenderle a la tele en un canal específico, y así fue como captó el momento justo en que uno de sus sobrinos salía en uno de esos programas en los que se presentan casos escabrosos de familias disfuncionales que pelean escandalosamente, para beneplácito del auditorio. Sentado en un cómodo sillón, mi tío en segundo grado pegaba de gritos mientras la leyenda en la pantalla explicaba que su esposa se había declarado homosexual y ahora a él le preocupaba el bienestar de sus pequeños hijos. Todo bien, excepto que el tío tiene sólo una hija y su esposa no era esa mujer que le lloraba a la conductora, quejándose del macho asqueroso que estaba abandonando para formar otro hogar con una mujer de bien.

Ay, la familia. Por mucho que digamos detestarla, siempre hay algo que nos recuerda que la genética existe y que es una verdadera lotería en la que ni siquiera pudiste escoger los números. Pero no todo está perdido: yo, por ejemplo, acabo de ir a un concierto de Los Ovnis, banda de covers rocanroleros de los sesenta, al que fui convocada por una comitiva familiar que me hizo favor de informarme que Armando Vázquez, el vocalista y líder, es hijo del tío del papá de mi mamá y por lo tanto, viene a ser mi tío abuelo en segundo grado. Como en mi infancia me acostumbré a escuchar indistintamente las versiones del rock en inglés y en español, sin dudarlo me uní a la euforia de este singular grupo multigeneracional cuyos miembros de pronto tuvimos en el apellido Vázquez no sólo un elemento de identidad, sino de fraternidad y hasta de satisfacción por algo en lo que nosotros ni tuvimos injerencia.

Siempre me han gustado las canciones que hacen reír, y aunque por supuesto (y por herencia) soy fan del canon rockero de los sesenta y setenta, hay dos temas de esa época que me encantan justo por su vena ligerita: I’m Henry the 8th, I am de Herman’s Hermits y They’re coming to take me away, de Jerry Samuels alias “Napoleon XIV”. Por eso cuando gugleé un poco sobre Los Ovnis para saber qué podía esperar del dichoso concierto y encontré que mi recién descubierto tío no sólo había traducido a los Stones sino que se había encargado de adaptar estas dos canciones al español (Enrique VIII y Soy Napoléon, respectivamente), comencé a sentir que la sangre corría más caliente por mis venas y en mi rostro se dibujaba una sonrisa involuntaria que se amplió y se amplió cuando vi sobre el escenario a ese pariente pródigo, del que hace una semana no podía ni dar referencia pero ahora qué dueño del escenario y qué parecido a mi abuelo, igualita la boca a to-dos-los-Váz-quez, qué bárbaro. Tardé en reconocer esa extraña sensación, pero al final no hubo duda: era orgullo. Orgullo de estirpe, quién lo diría.

Y en una de ésas, para eso es la familia. Para guardar espacio a los referentes creados y compartidos. Para tener de qué enorgullecerte y de qué avergonzarte desde que tu historia es historia, sea en presente o en retrospectiva. Para aprender a decidir los grados de afecto que se entregarán y los lazos que es mejor cortar. Para acercarse al juego y al horror y a la risa incontrolable, simultáneamente. Para conocer cómo se siente que te escuchen y te ignoren, de primera mano. Para prever las tendencias a ciertas enfermedades y empezar a cuidarte de la artritis, la diabetes o la esquizofrenia de una vez, no vayas a terminar como aquel primo del que nadie puede hablar sin carraspear poquito. Para saber a quién evitar en redes sociales por sus comentarios fuera de lugar, para eso es la familia.

Familia, para que haya de qué hablar en terapia. Familia, para preservar la necesaria incomodidad de que siempre haya alguien que se quedó en el capítulo de tu tierna infancia y te trate como si no fueras capaz de hilar dos palabras. Familia, para contar con gente que se siente unida a ti, comprometida contigo, no importa qué. Familia, para alejarse. Familia, para no tomársela en serio. Familia, para deconstruirla. Familia, para apropiarse. Familia, para que los cachorritos humanos establezcan lazos con un mundo que sería absolutamente hostil si no fuera por una mínima protección de núcleo. Familia, como memoria externa que resguarda los datos de cuando aún no había conciencia. Familia, como escenario para roles que pueden interpretarse de formas tan diversas como personas existen. Familia, como jarrito en el que todo cabe sabiéndolo acomodar. Hasta los ovnis.

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