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Que si esto es el amor

Por Alejandra Eme Vázquez:

A mi amada COF, por los favores recibidos

Tengo un claro recuerdo de mi yo adolescente viendo la primera temporada de Beverly Hills 90210 y extrañándose por cómo sonaba en los labios de los personajes decir a sus familiares o amigos, a cada rato: “te amo”. Para mí era muy claro que en esas situaciones que no involucraban a una pareja heterosexual, el “I love you” del inglés debía traducirse en el doblaje más bien a un “te quiero”, “te estimo”, “me caes bien”, “te soporto”, porque en mi cabeza un Te Amo era intocable, exclusivo de ese otro amor que yo asumía que debía encontrar o esperar o anhelar cuando estuviera en edad casadera: el que iba a durar para toda la vida, cuyo portador sería un maravilloso y buen hombre, padre de mis hijos, porque ni siquiera es que hubiera tenido medios para incluir otras opciones en el panorama (lo que explica hoy día mi arrolladora Escala Cero en el test de Kinsey, por la que soy objeto de merecidas y cariñosas burlas).

Quizá por esas creencias construidas es que asusta tanto que nos nombren el amor. Conozco personas, y yo he sido también de ese club, a quienes les aterra que les pongan en palabras la simpatía, el cariño o el deseo que se siente por ellas, incluso más que la animadversión. Y esto se alimenta por el velo de innombrabilidad que le hemos impuesto a los afectos. El amor es indescriptible, nos dicen, inmensurable, inaprehensible: el amor va más allá del lenguaje. Comillas, comillas, comillas, ¿y si no? ¿Cómo podría ser imposible de verbalizar una construcción que si bien es preciosa disfrazada de divinidad, es sólo eso: una construcción, tan social como personal? Que no nos alcancen las palabras puede ser sólo un signo de que no las hemos ejercitado lo suficiente; y aunque los argumentos afectivos no se depositan necesariamente en el lenguaje, él es nuestro filtro por excelencia y resulta falaz asegurar que los así llamados “sentimientos” son inadaptables a un sistema lingüístico que de inicio los ha etiquetado. El miedo a nombrar al amor es como el miedo a las aguas profundas: todavía ni entramos cuando ya estamos pensando que moriremos ahogados.

Me siento ingenua, por supuesto, pero también orgullosa de aceptar que apenas desde hace unos meses estoy incorporando los “te amo” a mi universo lingüístico. Debo esto a mis amigas Y. y C., quienes un buen día comenzaron a decírmelo a mí y con eso, quizá sin saberlo, me abrieron esa puertita al Wonderland donde no se traba la lengua para subtitular los afectos hacia adentro y hacia afuera. Y me gusta mucho porque además, amar y ser amada es uno de mis loops favoritos, así que es un alivio ver que puedo ser como los personajes de Beverly Hills porque yo también amo en más de una forma a gente emocionante que muchas veces me ama de vuelta, aunque sea un ratito. Y no voy a dejar de ejercitar ese músculo verbal porque también mueve otros músculos emocionales, a pesar de que en este camino he visto claramente cómo hay quien puede soportar el amor siempre y cuando no se lo nombren, y me da tristeza. Porque nos han enseñado que el afecto puesto en palabras es una exigencia, más que una liberación.

Ya que estamos en la semana del amor y la amistad, con todo y sus bellas prácticas absorbidas por el capital a las que no vamos a renunciar al menos en varias generaciones, no está de más que les recomiende consumir amor en forma de teatro. Antes de que se sospeche cualquier doble intención, debo decir que esta obra fue escrita y dirigida por mi hermana, Jimena Eme Vázquez, que se llama Me sale bien estar triste y que se trata de tostar, moler y servir en una taza los conceptos de amor romántico en forma de historias individuales que saben al mejor café. La propuesta es, justamente, revisar qué sabemos del amor y cómo esto se contrasta con cómo lo vivimos: el amor de pareja y el poliamor, el amor desapegado y el apegado, el amor a uno mismo, el amor de amistad, el amor a lo que hacemos, el amor al amor. Y en este desmenuzamiento, que además se da desde una cercanía muy amorosa con los actores, llega un punto en el que podemos reconciliarnos con nuestras propias ideas y experiencias, que a veces no se sabe en qué orden van, para desembarcar en el alivio invaluable de reconocer que no importa qué pase, si algo nos sale bien en el amor es treparnos en él a ojos cerrados y salir todos embarrados de él como quienes bajan de una montaña rusa: piernas temblorosas, náuseas, vista borrosa y ganas de volver a sentir esa adrenalina inigualable que unas abdominales o un café-moca podrían darnos, sí, pero sin la luminosidad del desacomodo.

Alguna vez en Chapultepec, la guía del zoológico nos dijo que a los animales en cautiverio les ponen algún elemento distinto en su jaula cada tanto (un tronco que no deja correr el agua, un columpio nuevo, una enorme piedra que estorba su descanso…) para que tengan algo nuevo qué hacer, un problema qué resolver, y no se aburran. Parece que para la humanidad, especie en cautiverio por antonomasia, ese elemento distinto de la jaula-mundo tiene que ver con lo que de inicio se convino intocable, pero igual se toca siempre y siempre nos descoloca. Como el amor. Por eso es que cada que alguien dice que hay que salirse de las estructuras del amor romántico nace una nueva neurosis innecesaria, porque esta cultura de múltiples discursos sobre qué significa querer a otros es tan extensa, que ya le vemos las costuras: hay mecanismos que se repiten, hay perversión de sistemas, hay fórmulas vacías, hay goteras por todos lados, pero no sabemos salirnos, ¿a dónde nos iríamos? Y tal vez aún más: no queremos salirnos, o no del todo. Culpa automática, entonces, porque ya vimos de frente lo que está mal y de todos modos estamos hechos un nudo que queremos desenredar a como dé lugar, sin importar que sea un nudo interesante. Y bien visto, hasta hermoso.

Yo digo que aceptemos de una buena vez que muy seguramente no estamos destinados a ver el fin del amor romántico y sus interminables derivados, que tocan sin remedio todas las formas de los afectos. Que lo que sí podemos hacer es revisarnos en nuestras prácticas y hacernos responsables de ellas porque aunque vivamos muy adentro, ya no podemos ignorar que existe una estructura clara y apropiárnosla es también evitar que el mercado u otros intereses malsanos se la apropien primero, sin que metamos ni las manos. Tampoco es que andemos por ahí gritando teamos sin filtros, que eso sería banalizar las posibilidades inmensas de hacerse cargo, pero sí que podemos empezar por sorprendernos a nosotros mismos explicándonos qué nos significa las pulsiones que articulamos entre estereotipos, cuerpo y pensamiento; quizá no para aprender nada definitivo, sino sólo para ver cuáles son nuestros recursos, hasta dónde llegan, hasta dónde pueden llegar. Y si estamos aquí y ahora comunicándonos mediante un sistema lingüístico, quizá por ahí podemos acomodar y hacer crecer esos recursos, nombrando. Yo digo, pues, que hay que nombrarnos el amor. Nombrárnoslo hasta que sea.

Imagen: fragmento de “El triunfo de Galatea”, de Rafael Sanzio.

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