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Que se vaya

Por Frank Lozano:

Bajo la consiga “qué se vaya” un grupo de políticos y de ciudadanos mexicanos han propuesto aprovechar las elecciones del 7 de junio para hacer una consulta sobre la permanencia de Enrique Peña Nieto.

Este grupo es muy peculiar, ahí conviven el Padre Solalinde, Manuel Barlett, Javier Corral y Gerardo Fernández Noroña, entre otros. Personas y personajes disímbolos que surgieron de partidos antagónicos y que hoy caminan bajo la misma senda.

Peña Nieto se ha revelado como un presidente unificador: une el agua y el aceite en su contra, ha logrado unir a derechas e izquierdas en el hecho de repudiarlo y no sólo los partidos, más del sesenta por ciento de la población desaprueba su gestión.

Por sí misma, la idea es bella y perversa. El grupo promotor fundamenta la invitación en el artículo 8 de la constitución, para posteriormente cobijarse en otros del mismo y de distintos ordenamientos.

Esta iniciativa no tiene referentes. Se trata de una apuesta inteligente pero de incierto desenlace. Se trata de un paso más o, si se prefiere, de una escalda en cuanto al rechazo que inspira el PRI y el presidente Peña Nieto en la mayoría de los mexicanos. Dibuja un país diferente donde los liderazgos, independientemente de su origen y visión, se unen en torno a una causa que cada día se justifica más.

Ciertamente, la apuesta tiene un lado inocente, pero de esa inocencia puede brotar un germen de ofuscación. Es inocente creer que las autoridades electorales y el tribunal electoral validarán el ejercicio. El germen de la ofuscación puede provocar que, lo que hoy es una estrategia con componentes jurídicos, políticos y sociales, se torne en una suerte de rebelión abierta.

¿Hasta dónde se puede llevar la exigencia de un cambio de quien gobierna? Luego, ¿cuál sería el mecanismo de sustitución del hasta hoy presidente Enrique Peña Nieto? Sí quiero que se vaya Peña Nieto, pero sería horrible ver que en su lugar llegue alguien como Manuel Barlett o como Andrés Manuel López Obrador.

Esos detalles son la parte ingenua, la parte naif de una iniciativa que, al plantearse desde la fobia y el encono, no permite desahogar todas las aristas de un  tema que requiere algo más que una coyuntura, como lo es la elección del 7 de junio.

Estoy seguro que muchos queremos que termine ya este sexenio de pesadilla, pero estoy seguro también, de que queremos que termine por la misma vía que comenzó.

Insisto, la apuesta, tal y como hoy se presenta, sólo resuelve parcialmente un problema que es estructural y de fondo. Cambiar por cambiar, relvar a un hombre por otro hombre podría ser un despropósito si no se vislumbra un panorama más amplio, como por ejemplo lo intentan hacer quienes promueven un nuevo constituyente.

Mientras son peras o son manzanas, vale la pena observar lo que va a suceder con este ejercicio de ratificación de mandato. Vale la pena medir y observar la reacción de los mexicanos y ver cuántos de nosotros les tomamos la palabra y participamos. Aún quedan lagunas y vacíos que el grupo promotor debe resolver si quiere ofrecer una solución completa al problema nacional. Pero por lo pronto, el primer paso está dado.

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