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Que muero porque no muero

Por Alejandra Eme Vázquez:

 

Vivo sin vivir en mí

y tan alta vida espero,

que muero porque no muero.

Santa Teresa de Ávila

I

Todo lo que sube tiende a zombificarse. Sobre todo desde hace unos años, los muertos vivientes han sido recuperados por los discursos de ficción y tan bien recibidos por el público, que su trasfondo permite actualizar discusiones sobre el medioambientalismo, la bioética, el heroísmo de lo cotidiano, la naturaleza del discurso y la vida misma, lo que sea que esto quiera decir. Hay tesis académicas sobre los zombis como referente cultural, series y películas de ficción que van de lo terrorífico a lo absurdo, estudios serios acerca del sustento científico de estos seres y reescrituras del mundo a partir de la premisa, encantadora o terrible según se le vea, de qué pasaría si un factor en el ambiente hiciera que los que deberían estar descansando en paz vinieran a irrumpir en la rutina de los que están cien por ciento vivos, o eso dicen.

En la naturaleza hay casos de animales cuyas señales de vida se alteran y técnicamente deberían estar muertos, pero no lo están. Esto es causado por parásitos que se instalan en sus cerebros y los mantienen con vida para poder alimentarse, cuando en realidad ya no queda nada de voluntad ni autonomía en el organismo que los contiene. Es lo más cercano a un zombi que tenemos en la “vida real”, pero no son individuos que anden queriendo hacerles daño a sus semejantes sino todo lo contrario: la vitalidad en sí misma se les ha agotado y están a las completas órdenes de miles de pequeños amos que aprovechan y conservan, hasta donde sea posible, el cuerpo oxigenado que les dota de alimento. El mecanismo zombificador de estos parásitos es mucho más práctico que el de los no-muertos que presenta la ficción, voraces e insaciables como la cigarra que no piensa en ahorrar para las épocas de vacas flacas.

II

Justamente, el encanto de los zombis de ficción es que son implacables e irreflexivos; de ahí que hagan surgir universos tan extraordinarios y fascinantes: George A. Romero dictando el manual de supervivencia en sus noches de muertos vivientes; Michael Jackson persiguiendo a su chica con una de las coreografías más icónicas de todos los tiempos; Bill Murray caracterizándose para sobrevivir en Zombieland; las plantas versus los ídems; Juan de los Muertos haciendo negocio con la imposibilidad sentimental de matar a un ser querido, incluso si ya no es el que conocimos vivo; Brad Pitt descifrando la clave de la percepción  del muerto-vivo en World War Z; los pobres humanos huyendo todo el tiempo en el crudo apocalipsis de The Walking Dead. Y lo que nos falta.

Neil DeGrasse Tyson, quien gusta de señalar las imprecisiones científicas en la ficción cada vez que puede, ha asegurado que en el caso de que hubiera una epidemia zombi, es decir, que organismos clínicamente muertos volvieran a la vida, no habría causa alguna de pánico porque no poseerían un sistema circulatorio que irrigue oxígeno a los músculos y por tanto, sólo podrían estar ahí acostados, flácidos; tampoco tendrían hambre porque «sus tejidos grasos no producirían la hormona Leptin, responsable de la sensación de apetito». Pero por más divertido, dramático o aguafiestas que sea imaginar así de desvalidos a los muertos vivientes, en realidad la fascinación por ellos no viene de las probabilidades de su existencia, sino de cómo permiten ver la vida a través de lo que siempre consideramos como su final irremediable. Sin ser inmortales, los zombis subvierten la madre de todos los sistemas: la vida humana. Son los outsiders por antonomasia, libres de sentimientos e ideas, de cánones de belleza y prejuicios. En su imaginario (si cabe llamarlo así), todos somos igual de antojables sin importar para qué usemos el cerebro; entonces, la lucha contra ellos se vuelve una forma de reivindicar la vida por la vida, solamente, puesto que un zombi ni siquiera es un villano sino, en todo caso, un limbo ambulante en busca de permanecer. Un parásito interesante, pues.

III

«Marcharse en medio de un funeral sería, por supuesto, una descortesía. De modo que ausentarse durante el funeral de uno mismo era del todo inaceptable»: así comienza Orgullo y prejuicio: el amanecer de los zombis, primero de los libros donde se presenta la clásica historia de Jane Austen reescrita en código zombi por Steve Hockensmith y Seth Grahame-Smith, quienes exploran este mundo apocalíptico desde un muy grato sentido del humor y con toda razón, porque hablar de muertos vivientes es hablar también del sinsentido de la vida. Mientras otras ficciones basan su efectividad en presentar zombis que atacan al ser humano promedio, que es decir a cualquiera de nosotros, aquí se trata de poner a dialogar con este código a personajes que ya queremos desde hace mucho tiempo. Y entonces las posibilidades se amplían, y los zombis dan para mucho más.

Al leer a las hermanas Bennet aprendiendo a luchar cuerpo a cuerpo contra los “abominables”, sin que de ninguna manera eso signifique perder sus finos modales ni su agudeza de pensamiento, se antoja llevar la zombificación del mundo hasta sus últimas consecuencias, desde el búnker de la ficción, a ver qué más puede llevarnos a pensar. A ver qué se revitaliza, valga la paradoja. Escribamos Altazombi, Las muertas-vivientes, Piedra de zombi, La no-muerte de Artemio Cruz, Songoro Cozombi, Muerte (literalmente) sin fin, El ingenioso zombi Don Quijote de la Mancha: posibilidades sobran  y fundamentos para justificar el ejercicio de reescritura, también. Total, si nos critican de irrespetuosos o banales, siempre podremos defendernos diciendo que para qué tomarse las cosas tan en serio, que a fin de cuentas todos nos vamos a morir. O no.

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